cesar salamanca rodriguez
Poeta asiduo al portal
Estoy esperando en este sitio a Francisca, - mi novia- a la que le dicen; Pancha, la enaguas blancas, ques´que porque siempre andaba enseñando sus partes íntimas. Así nos lo dijo el señor cura cuando nos vio; ¡Francisca, por amor de Dios cierra esas piernas, siéntate como las demás muchachas, no como los hombres, enseñando las partes intimas!, yo veía como se sonrojaba todita, igual que los jitomates que venden en el mercado, asi le brillaban los cachetes, de pura vergüenza.
El apodo se lo pusieron sus primas, aquellas andrajosas que no más nos andaban siguiendo, y que a cada rato nos hacían burla con una cancioncilla tonta:
- ¡eeeeh los novios!
-Nos decían con sus vocecillas agudas, que mas bien parecían silbidos de arriero. Pero ni a Francisca ni a mí, nos importaba que nos dijeran de cosas. Me acuerdo que mi mama me decía:
-ya me contaron que andas de novio con la Pancha ¿es cierto?
-¡no, madre!
Contestaba con tono cortante, molesto. ¿Y es qué para qué decirle a mi madre que andaba con Francisca? no lo entendería.
A Francisca la conozco desde que tenía seis años, ella tenía cinco. A los dos nos llevaban al rió, en donde nuestras madres se ponían a lavar la ropa de manta que cubría nuestros cuerpos. El rió crecía en la época de aguas, a mi me gustaba andar dentro de él, por que así podía agarrar sanguijuelas y después echárselas en la espalda a mis primos. El tiempo en el pueblo se pasa distinto al de la ciudad, aquí todo es diferente y más sano, sobre todo en las mañanas, en que los gallos cantan y su gorgoreo indica que el Sol se ha levantado de su sueño.
Por eso me gusta el rió y más por el tiempo que pasaba junto con Francisca. Ella ha cambiado un poco desde niña. Antes, usaba las faldas hasta los tobillos, pero al sentarse, le gustaba arremangársela hasta arriba, de ahí que le pusieran la enaguas blancas. Y es que usaba puras enaguas blancas, llenas de olanes y de espinas por andar entre las huizacheras.
Francisca tiene el mismo color que yo. Ese color a tierra, a lodo de sembradío, que entre las milpas se torna negro y que no permite que se distingan los pinacates de las piedras.
Ahora usa un colorete, que con el sudor que le sale de la cara por andar bajo el sol, se le hace color de piel. Tiene los ojos negros, igual que el huitlacoche que nace junto con la mazorca, sus labios son rojos oscuros y su nariz respingada y brillosa.
En tiempo de pitayas, nos vamos juntos al cerro para cortarlas. Siempre usando el carrizo que mi abuela me dio precisamente para cortar pitayas. Todavía vienen a mi mente sus enseñanzas:
-fíjate en la forma que se cortan, una a una y despacito. Alzas el carrizo y con el trinchito de adelante encajas la pitaya y la arrancas. Pero ¡fíjate chamaco! que todo este cerro lleno de nopales y de órganos, algún día va a ser tuyo.
Me decía con su voz entrecortada y vieja, con sus labios pachichis y sus encías vacías de dientes. El cerro ahora es mío, pero ha dejado de ser divertido ir a cortar pitayas o tunas sin la abuela, aunque voy con Francisca no es lo mismo. Y es que mi abuela me hacía que esperara a comerlas y yo impaciente me robaba una de la caja de madera y me iba a comérmela a los chiqueros, con los puercos. Ahora nadie me dice nada si me la como antes de la merienda...nadie.
El papa de Francisca es un ranchero alto, fornido, de bigotes tipo zapata y mirada dura, curtida por las horas bajo el sol en los sembradíos. Su voz era como el trueno que inicia las tormentas, una garganta acostumbrada a beber grandes cantidades de tequila y charanda, de sentir el frío de la mañana y el calor endiablado del mediodía. Ahora se ha hecho viejo, sus piernas ya no cruzan las milpas sembradas, ni suben barrancas ni cerros. Y ni a mi me corretea más con el machete. Antes no´mas me veía a lo lejos y me daban tremendas corretizas por los huizaches, se oponía con toda su alma a que yo quisiera a Francisca. Él quería para yerno a Rufino, aquel hijo del dueño de la hacienda; Los Tres Milagros. Le decía a Francisca con voz de mando:
-Hija, ¿no te gusta Rufino? ¡Mira como te ve! se le van los ojos y el corazón. ¡Pero no te fijas!.
Es que no me gusta, apá. Además no me quiere pa´casorio. No´más me quiere manosear y dormir un rato caliente.
Le decía Francisca con tono nerviosos y tajante.
A lo que su papá respondía con muecas de disgusto.
Francisca y yo, decidimos matrimoniarnos de aquí a un año. Aún no la he pedido, pero lo voy a hacer en cuanto entren las calores. Es en este tiempo en el que Francisca no se pinta la cara, ni se echa colorete. Sus besos me saben a sal y creo que los míos le saben igual a ella. Nos gusta ir caminando descalzos por el rió, sentir las piedras boludas, cubiertas de musgo y de sanguijuelas hambrientas, el agua fría y los piquetes de los zancudos que nos hacen ronchas que arden. Las noches se ponen bonitas. La luna se hace brillosa y se refleja en el rió y en las piedras que se asoman a que les dé su luz. Francisca se acurruca entre mis brazos y a mi me da más calor que el que ya traía. Me besa en los cachetes y me quita el sombrero de palma que me compré en la feria que se hace por el cumpleaños del santo patrono. Me vuelve a besar, pero ahora en la boca. Su beso me vuelve a saber salado, pero me gusta, porque en lo acalorado del momento es lo más fresco que llego a sentir.
Ya tengo hecha la casa para Francisca. La hice de adobes y la cocina de pura cantera, que es lo que se usa aca en mi pueblo, le puse las puertas con madera de encino y el piso parejo de cemento con grava.
Por eso estoy aquí, esperando a Francisca a que llegue. Este sitio siempre nos gusto pa,la palabrera, aquí en el rió nadie nos molesta ni nos dice nada. Hoy quiero arreglar con ella lo del casorio, por eso vine y por eso la estoy esperando.
Me quiero casar con ella porque la quiero pa´mi mujer y pa,qué ya nadie le diga:
-¡ahí va Pancha la enaguas blancas, y si aún así alguien le dice de nuevo, yo les rompo la cara, sea hombre o sea mujer, no me importa...me importa ella y nadie más.
Soñador
El apodo se lo pusieron sus primas, aquellas andrajosas que no más nos andaban siguiendo, y que a cada rato nos hacían burla con una cancioncilla tonta:
- ¡eeeeh los novios!
-Nos decían con sus vocecillas agudas, que mas bien parecían silbidos de arriero. Pero ni a Francisca ni a mí, nos importaba que nos dijeran de cosas. Me acuerdo que mi mama me decía:
-ya me contaron que andas de novio con la Pancha ¿es cierto?
-¡no, madre!
Contestaba con tono cortante, molesto. ¿Y es qué para qué decirle a mi madre que andaba con Francisca? no lo entendería.
A Francisca la conozco desde que tenía seis años, ella tenía cinco. A los dos nos llevaban al rió, en donde nuestras madres se ponían a lavar la ropa de manta que cubría nuestros cuerpos. El rió crecía en la época de aguas, a mi me gustaba andar dentro de él, por que así podía agarrar sanguijuelas y después echárselas en la espalda a mis primos. El tiempo en el pueblo se pasa distinto al de la ciudad, aquí todo es diferente y más sano, sobre todo en las mañanas, en que los gallos cantan y su gorgoreo indica que el Sol se ha levantado de su sueño.
Por eso me gusta el rió y más por el tiempo que pasaba junto con Francisca. Ella ha cambiado un poco desde niña. Antes, usaba las faldas hasta los tobillos, pero al sentarse, le gustaba arremangársela hasta arriba, de ahí que le pusieran la enaguas blancas. Y es que usaba puras enaguas blancas, llenas de olanes y de espinas por andar entre las huizacheras.
Francisca tiene el mismo color que yo. Ese color a tierra, a lodo de sembradío, que entre las milpas se torna negro y que no permite que se distingan los pinacates de las piedras.
Ahora usa un colorete, que con el sudor que le sale de la cara por andar bajo el sol, se le hace color de piel. Tiene los ojos negros, igual que el huitlacoche que nace junto con la mazorca, sus labios son rojos oscuros y su nariz respingada y brillosa.
En tiempo de pitayas, nos vamos juntos al cerro para cortarlas. Siempre usando el carrizo que mi abuela me dio precisamente para cortar pitayas. Todavía vienen a mi mente sus enseñanzas:
-fíjate en la forma que se cortan, una a una y despacito. Alzas el carrizo y con el trinchito de adelante encajas la pitaya y la arrancas. Pero ¡fíjate chamaco! que todo este cerro lleno de nopales y de órganos, algún día va a ser tuyo.
Me decía con su voz entrecortada y vieja, con sus labios pachichis y sus encías vacías de dientes. El cerro ahora es mío, pero ha dejado de ser divertido ir a cortar pitayas o tunas sin la abuela, aunque voy con Francisca no es lo mismo. Y es que mi abuela me hacía que esperara a comerlas y yo impaciente me robaba una de la caja de madera y me iba a comérmela a los chiqueros, con los puercos. Ahora nadie me dice nada si me la como antes de la merienda...nadie.
El papa de Francisca es un ranchero alto, fornido, de bigotes tipo zapata y mirada dura, curtida por las horas bajo el sol en los sembradíos. Su voz era como el trueno que inicia las tormentas, una garganta acostumbrada a beber grandes cantidades de tequila y charanda, de sentir el frío de la mañana y el calor endiablado del mediodía. Ahora se ha hecho viejo, sus piernas ya no cruzan las milpas sembradas, ni suben barrancas ni cerros. Y ni a mi me corretea más con el machete. Antes no´mas me veía a lo lejos y me daban tremendas corretizas por los huizaches, se oponía con toda su alma a que yo quisiera a Francisca. Él quería para yerno a Rufino, aquel hijo del dueño de la hacienda; Los Tres Milagros. Le decía a Francisca con voz de mando:
-Hija, ¿no te gusta Rufino? ¡Mira como te ve! se le van los ojos y el corazón. ¡Pero no te fijas!.
Es que no me gusta, apá. Además no me quiere pa´casorio. No´más me quiere manosear y dormir un rato caliente.
Le decía Francisca con tono nerviosos y tajante.
A lo que su papá respondía con muecas de disgusto.
Francisca y yo, decidimos matrimoniarnos de aquí a un año. Aún no la he pedido, pero lo voy a hacer en cuanto entren las calores. Es en este tiempo en el que Francisca no se pinta la cara, ni se echa colorete. Sus besos me saben a sal y creo que los míos le saben igual a ella. Nos gusta ir caminando descalzos por el rió, sentir las piedras boludas, cubiertas de musgo y de sanguijuelas hambrientas, el agua fría y los piquetes de los zancudos que nos hacen ronchas que arden. Las noches se ponen bonitas. La luna se hace brillosa y se refleja en el rió y en las piedras que se asoman a que les dé su luz. Francisca se acurruca entre mis brazos y a mi me da más calor que el que ya traía. Me besa en los cachetes y me quita el sombrero de palma que me compré en la feria que se hace por el cumpleaños del santo patrono. Me vuelve a besar, pero ahora en la boca. Su beso me vuelve a saber salado, pero me gusta, porque en lo acalorado del momento es lo más fresco que llego a sentir.
Ya tengo hecha la casa para Francisca. La hice de adobes y la cocina de pura cantera, que es lo que se usa aca en mi pueblo, le puse las puertas con madera de encino y el piso parejo de cemento con grava.
Por eso estoy aquí, esperando a Francisca a que llegue. Este sitio siempre nos gusto pa,la palabrera, aquí en el rió nadie nos molesta ni nos dice nada. Hoy quiero arreglar con ella lo del casorio, por eso vine y por eso la estoy esperando.
Me quiero casar con ella porque la quiero pa´mi mujer y pa,qué ya nadie le diga:
-¡ahí va Pancha la enaguas blancas, y si aún así alguien le dice de nuevo, yo les rompo la cara, sea hombre o sea mujer, no me importa...me importa ella y nadie más.
Soñador