La conciencia, henchida de imágenes lujuriosas y asesinas, es un fiel reflejo de la potestad del Mal radical. Aquella, enturbiada en un lodazal de estiércol bravucón, echa la culpa ingrata al inconsciente. Pero, es un hecho consumado, que nuestro sexto sentido, que rige a ambas, en sus círculos misteriosos, intuye que sólo cuando el fondo obscuro y colectivo del espíritu se enerva en una densa nube de genocidios, el plato claro y transparente de nuestro inocente yo personal se ensucia. Es entonces, cuando el gurú o chamán, médico o psiquiatra, mira con diferente óptica el desajuste anímico. Y cada uno, a su modo, intenta frenar la malévola polución. A esta enfermedad milenaria y expandida soberanamente por todo occidente la combaten los idiotas fantasmas de bata blanca. Mediante fármacos que adormecen la libido y, por tanto, anulan la posibilidad de despertar en el enfermo la fuerza renovadora; que yace en la base esotérica de la espina dorsal. En cambio, las tradiciones antiguas denuncian tal estupidez. Y al enajenado lo contemplan con ojos piadosos. Realizando con calma chica rituales de magnetismo. Para que el aura del posible ser a punto de enloquecer, sea limpia en un mágico pase de manos. Ingiriendo además plantas medicinales; bien fermentadas. Para que así, el equilibrio espiritual vuelva a sus dignos cauces y, así, se libre de las sacudidas ignominiosas de quien fue un posible poseído del diablo.