CIBELES
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se enfundó su falda de tubo,
de las que ni suben ni bajan,
medias negras,
camiseta escotada,
saliendo a un local de moda
con el íntimo deseo
de encontrar unas manos diestras
que dieran con el secreto
de la escondida cremallera.
Atrás, por una noche, dejaba el hastío,
rutina, sinsabores y penas,
olvidadas hace tiempo
las enseñanzas de las monjas.
Llegó sola,
cabeza alta,
corazón bajo,
bebió whisky de un trago
para nublar la vista
y confundir el estómago.
No buscaba amor
¡qué más hubiera querido!
ni tan siquiera ternura,
sólo unas caricias,
un abrazo en la espalda,
allí, donde sus dedos no llegaban.
Tropezó con una mirada,
respondió con una sonrisa
y al pasar a su lado
le puso la zancadilla.
Se hablaron con los ojos,
se comunicaron con ese lenguaje
que sólo entienden las aves en celo.
No recuerda su nombre
ni sabe si el que dijo es cierto,
pero sí rememora el encuentro,
los roces en su espalda,
el contacto de los besos,
y como él descubrió el secreto
de la escondida cremallera.
de las que ni suben ni bajan,
medias negras,
camiseta escotada,
saliendo a un local de moda
con el íntimo deseo
de encontrar unas manos diestras
que dieran con el secreto
de la escondida cremallera.
Atrás, por una noche, dejaba el hastío,
rutina, sinsabores y penas,
olvidadas hace tiempo
las enseñanzas de las monjas.
Llegó sola,
cabeza alta,
corazón bajo,
bebió whisky de un trago
para nublar la vista
y confundir el estómago.
No buscaba amor
¡qué más hubiera querido!
ni tan siquiera ternura,
sólo unas caricias,
un abrazo en la espalda,
allí, donde sus dedos no llegaban.
Tropezó con una mirada,
respondió con una sonrisa
y al pasar a su lado
le puso la zancadilla.
Se hablaron con los ojos,
se comunicaron con ese lenguaje
que sólo entienden las aves en celo.
No recuerda su nombre
ni sabe si el que dijo es cierto,
pero sí rememora el encuentro,
los roces en su espalda,
el contacto de los besos,
y como él descubrió el secreto
de la escondida cremallera.
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