Nýcolas
Poeta asiduo al portal
Es una niña de bucles infinitos
que ante la partida hacia atrás
sus ojos miran.
Un comienzo con aroma
a epílogo,
un final bañado
de principios.
Pupila, cristal y otoño,
fugaz reflejo de la estrella
que no existe.
Y allí parte la pequeña,
la bonita de mármol
y sonrisa de conejo;
su rostro nos habla
con la estampa del mañana
da vuelta su rostro ,
todo pasado es un ensueño.
Ayer creí, ayer lloré, ayer viví;
hoy camino solitario en el andén,
la noche está vacía y mi alma
tiene sueño.
La despedida es un destino.
Dos destinos se encuentran.
Matemática de lo Eterno:
Dos forman Uno.
Inefable añoranza de mil
corazones invisibles.
Entrando en las puertas
del nuevo día,
está el cielo oscuro
todavía.
¡Cuántas velas brillan allí arriba!
Cuán fresco es el viento
que me sopla:
gélido hálito de la vida.
Entro,
y con un volcán me encuentro,
en apacible vigilia medita
el vasto sabio, solo.
Un fuego del plexo me nace
y por el corazón pasa,
llega hasta la cúspide
del faro, derrite las ventanas.
Ya no saldrán sus luces
congeladas, me pienso;
y me alegro:
¡Gracias a los dioses que puedo
todavía llorar!
¿Qué serían de los barcos
que navegan perdidos
por las hondas aguas
del espíritu sin sus faros?
Hay que aprender
del murciélago, me dice
el navegante.
Hay que aprender
del mar, me dice
el capitán.
Miro el espejo que negro
se turba ante la noche,
y digo...
«hay que aprender de ella,
luego de comprender sus
grandiosas máscaras»,
señalando a la luna
que no está.
que ante la partida hacia atrás
sus ojos miran.
Un comienzo con aroma
a epílogo,
un final bañado
de principios.
Pupila, cristal y otoño,
fugaz reflejo de la estrella
que no existe.
Y allí parte la pequeña,
la bonita de mármol
y sonrisa de conejo;
su rostro nos habla
con la estampa del mañana
da vuelta su rostro ,
todo pasado es un ensueño.
Ayer creí, ayer lloré, ayer viví;
hoy camino solitario en el andén,
la noche está vacía y mi alma
tiene sueño.
La despedida es un destino.
Dos destinos se encuentran.
Matemática de lo Eterno:
Dos forman Uno.
Inefable añoranza de mil
corazones invisibles.
Entrando en las puertas
del nuevo día,
está el cielo oscuro
todavía.
¡Cuántas velas brillan allí arriba!
Cuán fresco es el viento
que me sopla:
gélido hálito de la vida.
Entro,
y con un volcán me encuentro,
en apacible vigilia medita
el vasto sabio, solo.
Un fuego del plexo me nace
y por el corazón pasa,
llega hasta la cúspide
del faro, derrite las ventanas.
Ya no saldrán sus luces
congeladas, me pienso;
y me alegro:
¡Gracias a los dioses que puedo
todavía llorar!
¿Qué serían de los barcos
que navegan perdidos
por las hondas aguas
del espíritu sin sus faros?
Hay que aprender
del murciélago, me dice
el navegante.
Hay que aprender
del mar, me dice
el capitán.
Miro el espejo que negro
se turba ante la noche,
y digo...
«hay que aprender de ella,
luego de comprender sus
grandiosas máscaras»,
señalando a la luna
que no está.
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