La estación.

ojicafes

Poeta que considera el portal su segunda casa
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La estación.

La mañana prometía un día soleado. Magdalena era metódica y a veces exigente con ella misma. Se levantó muy temprano, habitual en ella, en esos casos llevaba consigo sus gafas obscuras. Era un motivo de peso para llevarlos. Se cubriría de los dañinos rayos del sol y ocultaría con ellos sus hermosos ojos. Nadie sabría hacia donde iría su mirada, ni el color de sus ojos, mucho menos su expresión, si denotaban alegría, admiración o tristeza.
Esperaba ese día con ansias, cada mañana, del calendario descontaba los días uno por uno. Llegada fecha, se encaminó rumbo la parada del tren. Su destino, era el lugar imaginado por tanto tiempo. La felicidad no estaba lejos, a unos pasos la parada del autobús, y no muy lejos, la estación del tren, lo sabía.
Su rostro jovial reflejaba la ilusión de encontrase con él. Por el amor que siempre soñó. Dejaba atrás la soledad, ya no existiría la ausencia del ser amado ni voces sin ser escuchadas.
Se apresuró a la estación, de inmediato a comprar su boleto, era la llave a su felicidad. Se acercaba la hora de partir, el ruido característico que provoca el tren a lo lejos se escuchaba, no disimilaba su sonrisa, se estremecía su cuerpo y su corazón latía con fuerza, sus manos sudaban, soñaba abrazarlo y estar entre sus brazos. Se acercaba lentamente, cada segundo se le hacía eterno, la paciencia no estaba de su lado. Ella quería subir y lo más pronto partir.
Los murmullos y el griterío interrumpieron el ambiente. La multitud se apresuró a bajar, perturbando un poco más su impaciencia. Hasta que por fin se despejó logró subir, no sin antes responder tímidamente al checador, que noto su nerviosismo. Con extrañeza éste le dijo: ¿lleva prisa señorita?, ¿olvida usted algo? A lo que tímidamente respondió: no, todo está bien.
El número de asiento designado buscaba con insistencia, hasta que al final lo encontró.
La distribución de los asientos estaba de dos en dos, el del lado suyo ya ocupado con otra persona joven, apuesto. Llevaba sombrero, con la cabeza agachada. Un tanto adormitado su acompañante, de reojo lo miró, pensó en que no tendría con quien platicar, pero le daba igual. De todas maneras no quería platicar con nadie. En lo único que pensaba era en encontrar al ser amado. En un momento el tren se sacudió intempestivamente, provocando con ello una reacción inmediata al joven a su lado. En ese momento se despertó, se quitó el sombrero y miro de repente a su costado, para entonces ella no traía puesto sus gafas oscuras. En ese instante se cruzaron sus miradas se miraron fijamente a los ojos, la admiración y la sonrisa se dibujó en ellos. Ambos se reconocieron, no sabían si reír o llorar. Para sorpresa de ambos, era su sueño hecho realidad. Los dos habían encontrado lo que tanto anhelaban, su verdadero amor.se estrecharon sus manos, se dieron abrazos, se dieron un beso tan largo como si viaje. Daba gusto ver esa pareja de enamorados. Juntos habían tomado la ruta del tren que los llevaría al amor eterno. Al bajar del tren, lo vieron partir con alegría, en el último vagón estaba escrito entre corazones había una leyenda que decía: “La felicidad está en ti mismo y en la capacidad de dar amor, la recompensa está en encontrar al verdadero amor al final del camino”. Gracias por viajar en “El tren del amor”.

Geber Humberto Pérez Ulín.
 
Mary C. López;4672878 dijo:
Y q número de tren era? Yo quiero subir a ese tren...
me conmovió tu prosa,
abrazos, kisses
Hola , pues es la estación de sueños e ilusiones.. abrazos.
 
Hayyyyyyyyyyyy que pase por mí ese tren. Ahí va mi amor jajajaja. Hermoso relato que me atrapó y me hizo viajar. Felicidades querido amigo. Te dejo estrellas y abrazos...
 

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