Évano
Libre, sin dioses.
Un paso adelante. Eso era todo. El último de una existencia. Tanto camino y se acababa en un abismo. Tan solo un paso más y...
El inmenso acantilado mareaba. Las rocas en el fondo, recibiendo un oleaje devastador y continuo, espumoso, como de perro rabioso, aterrorizaba.
Un paso adelante y ya está, se repetía.
Saltó.
El aire frío cortaba el rostro en la caída. El cuerpo se compactaba hasta doler en los huesos. Un zapato se desprendió del pie a causa de recogerse ante el pánico de fallecer. El cerebro resumió su vida en imágenes más rápidas que la luz; nada más veloz, salvo el pensamiento, se dijo. El instinto de supervivencia las resguardó como un tesoro en la caja negra de Juan, en su disco duro. Pareciera que debiera ser conservada como carta de presentación en el más allá de la vida, o salvaguardarla por si a caso, por algún milagro, sobrevivía al terrible impacto. Trescientos metros de caída sobre las rocas harían imposible la esperanza del cuerpo autómata.
La muerte fue instantánea.
Juan había leído que el cerebro tardaba siete minutos en dejar de funcionar, el tiempo que puede aguantar sin oxígeno.
Ahora era demasiado tarde para comprender que en la muerte no interviene el tiempo, que el tiempo es algo vinculado a la vida, a los latidos del corazón, a la rotación y traslación de la Tierra, a las vueltas dadas al Sol, al girar de las espirales de nuestra Vía Láctea, a la expansión de los astros por el cosmos... La muerte te extraía de todo ello. No hay cuatro dimensiones, ni tan siquiera tres ni dos ni una. La muerte es estar en la antimateria. Pero ya era demasiado tarde para comprender que no era el fin de algo, sino el comienzo del infinito.
De su cuerpo se separó el espíritu, dejando la carne y los huesos al vaivén de las olas que lo arrastraría para saciar el hambre de los peces. Nada se desaprovecha en esta Tierra: Una parte para el alimento del estómago de los animales, otra para la del espíritu.
No hay color donde no hay materia. El alma es incolora. No hay pensamiento. No hay olor, tacto, gusto, vista ni sabor. Es energía que vaga en la antimateria: positiva o negativa; como luz negra o blanca que busca, para adherirse a ellos, a los seres que conoció en la vida.
El aura de María tenía ahora un halo poderosamente malicioso, un agujero negro atrayendo a su mundo. Se lo había ganado a pulso, había decidido abortar, lo cual, en la mente de Juan, significaba que jamás lo amó, que nunca pasó por su mente el construir una vida juntos, que no contaba con él.
Nada dio, nada creó, nada tendría, salvo la soledad eterna.
Para Juan era incoherencia hablar de amor y matar su fruto a la misma vez.
El inmenso acantilado mareaba. Las rocas en el fondo, recibiendo un oleaje devastador y continuo, espumoso, como de perro rabioso, aterrorizaba.
Un paso adelante y ya está, se repetía.
Saltó.
El aire frío cortaba el rostro en la caída. El cuerpo se compactaba hasta doler en los huesos. Un zapato se desprendió del pie a causa de recogerse ante el pánico de fallecer. El cerebro resumió su vida en imágenes más rápidas que la luz; nada más veloz, salvo el pensamiento, se dijo. El instinto de supervivencia las resguardó como un tesoro en la caja negra de Juan, en su disco duro. Pareciera que debiera ser conservada como carta de presentación en el más allá de la vida, o salvaguardarla por si a caso, por algún milagro, sobrevivía al terrible impacto. Trescientos metros de caída sobre las rocas harían imposible la esperanza del cuerpo autómata.
La muerte fue instantánea.
Juan había leído que el cerebro tardaba siete minutos en dejar de funcionar, el tiempo que puede aguantar sin oxígeno.
Ahora era demasiado tarde para comprender que en la muerte no interviene el tiempo, que el tiempo es algo vinculado a la vida, a los latidos del corazón, a la rotación y traslación de la Tierra, a las vueltas dadas al Sol, al girar de las espirales de nuestra Vía Láctea, a la expansión de los astros por el cosmos... La muerte te extraía de todo ello. No hay cuatro dimensiones, ni tan siquiera tres ni dos ni una. La muerte es estar en la antimateria. Pero ya era demasiado tarde para comprender que no era el fin de algo, sino el comienzo del infinito.
De su cuerpo se separó el espíritu, dejando la carne y los huesos al vaivén de las olas que lo arrastraría para saciar el hambre de los peces. Nada se desaprovecha en esta Tierra: Una parte para el alimento del estómago de los animales, otra para la del espíritu.
No hay color donde no hay materia. El alma es incolora. No hay pensamiento. No hay olor, tacto, gusto, vista ni sabor. Es energía que vaga en la antimateria: positiva o negativa; como luz negra o blanca que busca, para adherirse a ellos, a los seres que conoció en la vida.
El aura de María tenía ahora un halo poderosamente malicioso, un agujero negro atrayendo a su mundo. Se lo había ganado a pulso, había decidido abortar, lo cual, en la mente de Juan, significaba que jamás lo amó, que nunca pasó por su mente el construir una vida juntos, que no contaba con él.
Nada dio, nada creó, nada tendría, salvo la soledad eterna.
Para Juan era incoherencia hablar de amor y matar su fruto a la misma vez.
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