Cuando el sol atiende
dividido sobre tu ropa,
me quedaría mirándote
aquí sentada.
Tu libro se cuaja de sus lunares blancos
saltando en las páginas
para distraerte,
pero tú, ajeno, le cambias las hojas
la tarde entera
y los lunares blancos, persiguiéndote,
se suben a tu cara para cogerte el alma.
La noche llega,
los lunares se esconden
tras las paredes.
La farola se alegra
candorosa al verte,
su cara se pone roja
cuando a ella te vuelves.
Sentado en su regazo
con su luz te adormeces
hasta que mi voz, lejana y en el tono de siempre
te mete en el salón,
despacio, ausente.
Yo cierro la puerta
y la farola
en silencio y huidiza
quiere meterse
enredada en mi falda
y en mi frente,
pero le corto el paso
con un cerrojo fuerte.
Llora la noche entera
en la ventana,
hasta que al día siguiente
el sol trepe por las paredes
y la deje muy débil,
casi yacente.
Yo, por pena,
le corto su hilito de vida
hasta la noche que llegue.
dividido sobre tu ropa,
me quedaría mirándote
aquí sentada.
Tu libro se cuaja de sus lunares blancos
saltando en las páginas
para distraerte,
pero tú, ajeno, le cambias las hojas
la tarde entera
y los lunares blancos, persiguiéndote,
se suben a tu cara para cogerte el alma.
La noche llega,
los lunares se esconden
tras las paredes.
La farola se alegra
candorosa al verte,
su cara se pone roja
cuando a ella te vuelves.
Sentado en su regazo
con su luz te adormeces
hasta que mi voz, lejana y en el tono de siempre
te mete en el salón,
despacio, ausente.
Yo cierro la puerta
y la farola
en silencio y huidiza
quiere meterse
enredada en mi falda
y en mi frente,
pero le corto el paso
con un cerrojo fuerte.
Llora la noche entera
en la ventana,
hasta que al día siguiente
el sol trepe por las paredes
y la deje muy débil,
casi yacente.
Yo, por pena,
le corto su hilito de vida
hasta la noche que llegue.