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La fotografía

Tema en 'Prosa: Melancólicos' comenzado por penabad57, 30 de Noviembre de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 43

  1. penabad57

    penabad57 Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Era un hombre orgulloso. Al parecer empezó a manifestar ese orgullo cuando cumplió los noventa años.

    -A algunos les pasa, al cumplir los noventa es como si se revistieran de una dignidad que antes no tenían -sentenció el cura, un joven sesentón-.

    Vicente no aparentaba noventa y cinco años o digamos que los aparentaba a medias. Si uno se fijaba en su cara sembrada de surcos o en sus dedos ganados por la artrosis diría que era muy mayor, pero si lo que valoraba era su agilidad o su lucidez mental había que convenir en que gotas de eterna juventud circulaban por sus venas. Cuando yo lo conocí acababa de morir su esposa que era tía-abuela mía. Me llegó la noticia por un telegrama que recibí de mi hermano Roberto: “Tía Generosa muerta. Entierro mañana en Lobios a las cinco”. Por un momento me quedé en blanco. Me rescató de la inopia la imagen de una muchacha de piernas delgadas y pelo ondulado que sujetaba con la mano una pamela que se quería llevar el viento. El fotógrafo captó con impertinencia aquella instantánea de tía Generosa en apuros, la falda subida como si fuera una paracaidista a punto de tomar tierra, la expresión de timidez furiosa y la palma de la otra mano suplicando un “no lo hagas” impotente. Seguramente era injusto que ese fuera el recuerdo que guardaba de ella, cuando podría haberla recordado por su generosidad, por su bondad , por su alegría- cualidades que poseía- o por una imagen seductora de exultante juventud; y no por haber sido sorprendida en aquella situación ridícula que era objeto de mofa cuando repasábamos las viejas fotos de familia. Debido a ello, yo siempre le tuve una simpatía distante, aunque otros, por lo mismo, la juzgaran de tonta; es más, hice un dibujo basándome en esa fotografía que debe estar guardado, olvidado en algún cajón, donde alteraba ligeramente los hechos, poniéndola, a mi juicio, y con espíritu reivindicativo, en posición más respetable que en el original. Roberto, que la había visitado hacia dos años con motivo de la venta de unas tierras, le mencionó de pasada la existencia de aquel retrato como una anécdota sin importancia, ignorante de si al hacerlo reabría una herida del pasado; no fue así, ella habló con cariño y hasta con nostalgia de aquel suceso. Recordaba perfectamente ese día ventoso, el vestido de lunares rojos que llevaba con falda de vuelo, los zapatos blancos de tacón de aguja, el collar de perlas y la pamela que había utilizado un mes antes su prima Juana en la boda de una amiga. A sus dieciocho años nunca se había puesto tan guapa, se sentía como una estrella de cine o una dama de la alta burguesía en un picnic. Aquella mañana había amanecido con una neblina que encapotaba el aire, fue más tarde, al mediodía, cuando al calentar el sol y despejar la bruma lechosa el viento llegó del mar como un soplido inacabable. Ni tía Generosa ni los demás invitados al bautizo de Ramirin lo habían previsto y al salir de la iglesia de San jorge, expuestos, sin protección, en lo alto de una colina desnuda, les sorprendió el amago de huracán con su incómodo fuelle, el caso es que el incidente desbarató el cuadro armónico y en vez de preocuparse de pinceladas artísticas como colocar el sombrero en la posición que mejor le cuadraba a cada cual, tuvieron que afanarse en conservar intacta la vestimenta. Tía Generosa fue una de las más afectadas por las circunstancias propias y ajenas. El fotógrafo, con la capacidad de observación consustancial a su oficio, la tomó como modelo y ejemplo de las desdichas presentes y se cebó en ella más que en ningún otro invitado. Dicen que hasta quince fotografías le hizo y para colmo no se le ocurrió mejor idea que escoger de entre estas, una-la más ridícula-, para exponerla en el escaparate de su tienda. Tía Generosa pensó en demandarlo, consultó con un abogado, pero al final las cosas se arreglaron por las buenas y el fotógrafo accedió a retirar la fotografía insidiosa que acabó circulando por el pueblo como auténtico objeto de contrabando; los cuentos y los chismes aún los tuvo que padecer la pobre tía Generosa durante algún tiempo. Le costó recuperarse, se volvió retraída, poco dada al contacto social, cuando salía a la calle creía que se burlaban a su paso, pero logró superarlo porque tía Generosa también tenía su orgullo. ¿Fue eso lo que les unió cuando él acababa de cumplir los noventa y ella era una mujer que no aparentaba los ochenta? Sin duda. Ambos se reconocieron en lo que no se dice, sus miradas se encontraron y sus cuerpos se atrajeron como dos imanes poderosos. Bajo la férula del orgullo nació el amor, una pasión que compartieron hasta la muerte de tía Generosa. Fue Vicente quien le enseñó a valorarse a si misma, por encima de los rumores y la mala fe de la gente. De común acuerdo, decidieron, que si tía Generosa era la primera en morir, Vicente pondría en una urna acristalada, entre dos candiles siempre encendidos, la fotografía comprometedora, como un símbolo de que su amor, su orgullo, siempre vencería a la murmuración malintencionada. Estoy contemplando su entierro en esta tarde desapacible y lluviosa de invierno, el silencio solo es roto por el borbotear de los caños del cementerio, tía Generosa esta allí luchando contra el viento en una imagen sin tiempo y nosotros la miramos con respeto, como se mira a una Virgen.
     
    #1
    A Vidas en prosa y Grace les gusta esto.

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