Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Una fuente silenciosa de agua fría, en el abrazo de una tierra parca, a la sombra protectora de unos árboles y la luz que se refleja en rayos de oro, destellos cristalinos que te hacen cerrar los ojos.
Leve rumor de la corriente, alguna hoja que navega perdida entre las orillas, los cantos rodados del fondo, los juncos que se miran presumidos en mi espejo. Las aguas que recojo de algún arroyo cercano que me ensanchan, me recrecen entre los prados verdes, me visto de mansiegas y algún chopo centinela vigila mi camino.
Más adelante entre rocas las prisas me hacen romper contra las piedras y las truchas me recorren en brillos de arco iris. En algún remanso un martín pescador aguarda paciente su momento. Paso luego la pequeña presa del molino a fin de mover las muelas y sobre el puente una zagala se contempla, mientras me llevo río abajo su hermosura lozana.
Al pasar junto a la aldea, las canciones de las mujeres me acompañan mientras lavan en mis aguas las blancas ropas, las largas sábanas. Y reflejo el azul del cielo y el sol de mediodía y me recorren los lavancos que han criado en el rebollar cercano.
La noche me trae penumbras y el rielar de la luna en mis zonas en calma. Y me abraza en la oscuridad con el canto de los grillos y el croar de ranas.
Me he unido a otros ríos, mayores y más pequeños y he ido perdiendo parte de mi esencia mientras se afianzan los recuerdos. Ahora son las orillas poderosas, pero siento que no me pertenecen, que, de algún modo, me son ajenas. Cruzo bajo grandes puentes, paso al lado de ciudades grandes y me voy cambiando, me diluyo en un ser que no soy yo. Cada vez más fuerte llega hasta mí el olor del salitre y casi escucho el romper de las olas sobre la última bocana… Y vuelvo mi pensamiento a aquella fuente silenciosa de agua fría.
Leve rumor de la corriente, alguna hoja que navega perdida entre las orillas, los cantos rodados del fondo, los juncos que se miran presumidos en mi espejo. Las aguas que recojo de algún arroyo cercano que me ensanchan, me recrecen entre los prados verdes, me visto de mansiegas y algún chopo centinela vigila mi camino.
Más adelante entre rocas las prisas me hacen romper contra las piedras y las truchas me recorren en brillos de arco iris. En algún remanso un martín pescador aguarda paciente su momento. Paso luego la pequeña presa del molino a fin de mover las muelas y sobre el puente una zagala se contempla, mientras me llevo río abajo su hermosura lozana.
Al pasar junto a la aldea, las canciones de las mujeres me acompañan mientras lavan en mis aguas las blancas ropas, las largas sábanas. Y reflejo el azul del cielo y el sol de mediodía y me recorren los lavancos que han criado en el rebollar cercano.
La noche me trae penumbras y el rielar de la luna en mis zonas en calma. Y me abraza en la oscuridad con el canto de los grillos y el croar de ranas.
Me he unido a otros ríos, mayores y más pequeños y he ido perdiendo parte de mi esencia mientras se afianzan los recuerdos. Ahora son las orillas poderosas, pero siento que no me pertenecen, que, de algún modo, me son ajenas. Cruzo bajo grandes puentes, paso al lado de ciudades grandes y me voy cambiando, me diluyo en un ser que no soy yo. Cada vez más fuerte llega hasta mí el olor del salitre y casi escucho el romper de las olas sobre la última bocana… Y vuelvo mi pensamiento a aquella fuente silenciosa de agua fría.