kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA GENTE
Cómo olvidar la brutal adrenalina de las primeras travesuras
con los amigos de la infancia
y los juramentos de sangre que quedaron en los cerezos.
De aquellas amistades de pantalón corto y patio de colegio
tan solo aguantaron unas pocas.
Yo diría que más que amigos
fueron hermanos que guardarán, para siempre,
ese regusto fraternal de quien te conoció
antes de que empezara el carnaval.
Al poco viví la primera decepción con el amigo inquebrantable
y, con ella, uno fue asumiendo la cruda realidad
de lo jodidamente solos que estamos en este mundo.
Conocí puertos nuevos que se abrieron ante la boca insaciable de mi nave,
amigos de la juventud de cuando uno se comía literalmente la vida sin esfuerzo.
Mientras tanto el cordón umbilical se fue tensando
hasta romperse.
De aquella época uno recuerda hasta la poesía de las borracheras
y todas las personas fragmentadas
en las barras de las tabernas que sigo amando como el primer día.
No tardó en llegar ese tercer o cuarto beso,
me refiero a ese beso que, regado con la cicuta del amor caduco,
a uno le convirtió en un famélico perro con la vista echada hacia atrás
y la cola bien encajada entre las patas.
Algo de mí se quedó entre las ruinas de aquella casa
demolida a golpe de gritos y besos,
precintada por la nota escrita que me dejó
sobre las sábanas desordenadas de lo que fue nuestra cama.
Llegó el primer trabajo y una nueva tanda de amigos;
de aquella siembra, ya se sabe: mucha paja y poco grano.
Y entonces apareciste tú, mi querida compañera.
En un despiste de la noche nos agarramos de la mano
con la naturalidad propia de los hallazgos.
Fuimos protagonistas de la colisión de dos motas de polvo
en la faja de luz que la vida tenía, de algún modo,
reservada para nosotros.
Qué suerte habernos encontrado...
Después, los hijos,
y los padres de los amigos de los hijos.
Y, por último, ya solo queda recordar a la familia
devorándose a sí misma por las banderas
que enarbolan los adultos con su resentimiento
quedando reducida a cuatro gatos lamiéndose las heridas.
Dicho sea de paso
que tengo la suerte de haber nacido gato
y no me veo formando parte de una de esas familias
que hacen quedadas de cien personas en una casa rural con piscina.
A donde pretendo llegar es que a esta edad
se hace presente una poderosa inercia endogámica.
La propia vida se convierte en un crematorio,
en una especie de pereza de la que se corre el riesgo de amanecer
el día en que los amigos arrojen al mar nuestras cenizas
y se emborrachen a nuestra costa recordando
lo que fuimos hace cincuenta años,
si es que para entonces alguien recuerda algo.
A todo lo que queda fuera de aquel conjunto de amistades
gestado por el azar del coño que nos parió,
lo llamamos
gente.
A esa masa humana anónima que aparece en los telediarios
o en la cola del metro cada mañana,
la llamamos
gente.
Una vez llegado al meridiano vital
a la gente no le suele gustar tanto la gente
porque les incomodan los ingredientes desconocidos
que cocinan sus miradas.
Pero es ahora, precisamente ahora,
cuando los padres se nos hacen viejos
y uno siente que la vida clava los colmillos en el cuello de nuestra existencia,
cuando tenemos que agarrar con firmeza el timón de la nave
dirigiendo su proa hacia la tormenta
que se avista más allá de las fronteras
y poner en marcha todo aquello que no esperamos (ni esperan) ya de nosotros
dando esquinazo a esa especie de destino prematuro
y así ofrecernos al descubrimiento de lo no heredado...,
quizá de ese amigo que espera paciente tu palabra
entre la gente.
Kalkbadan
Madrid, a 25 de marzo de 2018
Cómo olvidar la brutal adrenalina de las primeras travesuras
con los amigos de la infancia
y los juramentos de sangre que quedaron en los cerezos.
De aquellas amistades de pantalón corto y patio de colegio
tan solo aguantaron unas pocas.
Yo diría que más que amigos
fueron hermanos que guardarán, para siempre,
ese regusto fraternal de quien te conoció
antes de que empezara el carnaval.
Al poco viví la primera decepción con el amigo inquebrantable
y, con ella, uno fue asumiendo la cruda realidad
de lo jodidamente solos que estamos en este mundo.
Conocí puertos nuevos que se abrieron ante la boca insaciable de mi nave,
amigos de la juventud de cuando uno se comía literalmente la vida sin esfuerzo.
Mientras tanto el cordón umbilical se fue tensando
hasta romperse.
De aquella época uno recuerda hasta la poesía de las borracheras
y todas las personas fragmentadas
en las barras de las tabernas que sigo amando como el primer día.
No tardó en llegar ese tercer o cuarto beso,
me refiero a ese beso que, regado con la cicuta del amor caduco,
a uno le convirtió en un famélico perro con la vista echada hacia atrás
y la cola bien encajada entre las patas.
Algo de mí se quedó entre las ruinas de aquella casa
demolida a golpe de gritos y besos,
precintada por la nota escrita que me dejó
sobre las sábanas desordenadas de lo que fue nuestra cama.
Llegó el primer trabajo y una nueva tanda de amigos;
de aquella siembra, ya se sabe: mucha paja y poco grano.
Y entonces apareciste tú, mi querida compañera.
En un despiste de la noche nos agarramos de la mano
con la naturalidad propia de los hallazgos.
Fuimos protagonistas de la colisión de dos motas de polvo
en la faja de luz que la vida tenía, de algún modo,
reservada para nosotros.
Qué suerte habernos encontrado...
Después, los hijos,
y los padres de los amigos de los hijos.
Y, por último, ya solo queda recordar a la familia
devorándose a sí misma por las banderas
que enarbolan los adultos con su resentimiento
quedando reducida a cuatro gatos lamiéndose las heridas.
Dicho sea de paso
que tengo la suerte de haber nacido gato
y no me veo formando parte de una de esas familias
que hacen quedadas de cien personas en una casa rural con piscina.
A donde pretendo llegar es que a esta edad
se hace presente una poderosa inercia endogámica.
La propia vida se convierte en un crematorio,
en una especie de pereza de la que se corre el riesgo de amanecer
el día en que los amigos arrojen al mar nuestras cenizas
y se emborrachen a nuestra costa recordando
lo que fuimos hace cincuenta años,
si es que para entonces alguien recuerda algo.
A todo lo que queda fuera de aquel conjunto de amistades
gestado por el azar del coño que nos parió,
lo llamamos
gente.
A esa masa humana anónima que aparece en los telediarios
o en la cola del metro cada mañana,
la llamamos
gente.
Una vez llegado al meridiano vital
a la gente no le suele gustar tanto la gente
porque les incomodan los ingredientes desconocidos
que cocinan sus miradas.
Pero es ahora, precisamente ahora,
cuando los padres se nos hacen viejos
y uno siente que la vida clava los colmillos en el cuello de nuestra existencia,
cuando tenemos que agarrar con firmeza el timón de la nave
dirigiendo su proa hacia la tormenta
que se avista más allá de las fronteras
y poner en marcha todo aquello que no esperamos (ni esperan) ya de nosotros
dando esquinazo a esa especie de destino prematuro
y así ofrecernos al descubrimiento de lo no heredado...,
quizá de ese amigo que espera paciente tu palabra
entre la gente.
Kalkbadan
Madrid, a 25 de marzo de 2018
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