Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No se amaron: se desarmaron lentamente.
Ella —la gitana de ojos verdes— no miraba, interpretaba.
En cada gesto ajeno leía lo que no había sido dicho,
y en cada silencio encontraba una verdad que nadie había pronunciado.
Sus ojos no eran color: eran argumento.
Un verde que no remitía a la naturaleza,
sino a la sospecha de que toda belleza es, en esencia, una forma elegante de la trampa.
Él —el vagabundo azul— no caminaba, se desplazaba en fuga.
Traía el cielo en la mirada, pero no por amplitud,
sino por lejanía.
Nunca estaba donde su cuerpo parecía estar.
Su azul no era calma: era distancia organizada,
una forma precisa de no pertenecer.
Se encontraron, como se encuentran dos errores en la misma frase,
creyendo corregirse mutuamente.
Ella pensó que en su errancia había una pausa posible.
Él creyó que en su intensidad habitaba una forma de quedarse.
Ambos confundieron la excepción con destino.
El amor —si así puede llamarse a esa arquitectura de malentendidos—
no nació: se fue armando con restos.
Con miradas que llegaban tarde,
con palabras que nunca coincidían con el momento en que debían existir.
Se hablaban, pero no en el mismo idioma del tiempo.
Ella decía “ahora”
cuando él ya estaba en el “después”.
Él ofrecía “siempre”
como quien promete lo que sabe que no va a habitar.
Y sin embargo, persistieron.
Porque hay relaciones que no buscan sentido,
sino confirmación:
la certeza de que incluso el desencuentro puede sentirse como destino
si se sostiene el tiempo suficiente.
Se tocaron poco.
No por falta de deseo,
sino por exceso de interpretación.
Cada gesto era analizado hasta perder su espontaneidad,
como si el amor necesitara justificar su propia existencia en cada instante.
Y así, sin ruptura, se fueron rompiendo.
No hubo final, porque nunca hubo inicio.
Solo una sucesión de intentos por coincidir en una historia
que ya venía escrita en direcciones opuestas.
La gitana, con sus ojos verdes, terminó por ver demasiado.
El vagabundo, con su azul intacto, decidió no ver nada.
Y en ese punto exacto —
donde uno lo entiende todo
y el otro lo evita todo—
el amor deja de ser posible
y se convierte en lenguaje:
una forma de decir lo que no pudo ser
sin tener que admitir que nunca fue.
Ella —la gitana de ojos verdes— no miraba, interpretaba.
En cada gesto ajeno leía lo que no había sido dicho,
y en cada silencio encontraba una verdad que nadie había pronunciado.
Sus ojos no eran color: eran argumento.
Un verde que no remitía a la naturaleza,
sino a la sospecha de que toda belleza es, en esencia, una forma elegante de la trampa.
Él —el vagabundo azul— no caminaba, se desplazaba en fuga.
Traía el cielo en la mirada, pero no por amplitud,
sino por lejanía.
Nunca estaba donde su cuerpo parecía estar.
Su azul no era calma: era distancia organizada,
una forma precisa de no pertenecer.
Se encontraron, como se encuentran dos errores en la misma frase,
creyendo corregirse mutuamente.
Ella pensó que en su errancia había una pausa posible.
Él creyó que en su intensidad habitaba una forma de quedarse.
Ambos confundieron la excepción con destino.
El amor —si así puede llamarse a esa arquitectura de malentendidos—
no nació: se fue armando con restos.
Con miradas que llegaban tarde,
con palabras que nunca coincidían con el momento en que debían existir.
Se hablaban, pero no en el mismo idioma del tiempo.
Ella decía “ahora”
cuando él ya estaba en el “después”.
Él ofrecía “siempre”
como quien promete lo que sabe que no va a habitar.
Y sin embargo, persistieron.
Porque hay relaciones que no buscan sentido,
sino confirmación:
la certeza de que incluso el desencuentro puede sentirse como destino
si se sostiene el tiempo suficiente.
Se tocaron poco.
No por falta de deseo,
sino por exceso de interpretación.
Cada gesto era analizado hasta perder su espontaneidad,
como si el amor necesitara justificar su propia existencia en cada instante.
Y así, sin ruptura, se fueron rompiendo.
No hubo final, porque nunca hubo inicio.
Solo una sucesión de intentos por coincidir en una historia
que ya venía escrita en direcciones opuestas.
La gitana, con sus ojos verdes, terminó por ver demasiado.
El vagabundo, con su azul intacto, decidió no ver nada.
Y en ese punto exacto —
donde uno lo entiende todo
y el otro lo evita todo—
el amor deja de ser posible
y se convierte en lenguaje:
una forma de decir lo que no pudo ser
sin tener que admitir que nunca fue.