Josimar Moran
Poeta fiel al portal
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Ahí estaba ella, con sus grandes y hermosos ojos color aceituna, trémula, asustada, mirándome inerte, paralizada sin siquiera respirar; mientras yo me abalanzaba sobre ella con la abrupta agilidad de un tigre que tiene al alcance su escurridiza presa que desfallece de temor y cansancio después de una larga e imposible huída.
Sentí su miedo, respiré su miedo, su piel exhalaba ese embriagante perfume de feromonas entremezclado con aroma de virginidad y pureza, y desató en mi ser un incontenible torrente de adrenalina que se convirtió en mi mayor adicción desde ese inolvidable instante que marcó mi vida para siempre.
Todo sucedió en un segundo, le vi, me atrajo su inocencia, sus mejillas rosadas y su rostro angelical fueron como un imán que redujeron mi voluntad a un manojo de instintos animales y sin dominio de mi propia conciencia me dejé llevar por mis deseos febriles y pasionales y sucumbí ante la más fuerte de las tentaciones que jamás, desde ese instante, he podido resistir. . .
No pude más, fuera de mí, inerme ante la fuerza de su belleza, como poseso por una fuerza superior e invisible me dejé llevar y en un arrebato casi infantil robé de sus labios aquello que era causa de mi turbación y de mi perdición.
¡Ah su boca! Tierna boca de hermosos y carnosos labios de un natural color rojo sangre, labios que jamás volvería a probar y de los cuales robé la primera caricia y a los cuales ofrendé mi primer beso de amor.
Sin decir nada, sin saber nada, llegué al paraíso de su boca, robé el remanente de helado que había quedado olvidado en las comillas de su boca que se formaban cuando ella estaba feliz y sin imaginar, ese delicioso sabor a crema de vainilla sería el sabor de mi maldición. . . Robé sin pensar ese hermoso beso y entregué ahí mismo en sublime pacto de amor mi vida entera que hoy, después de treinta y cinco años, sin ella aún saberlo, sigo buscando en todas partes su aroma, su sabor, sus besos y mi alma que quedó prisionera de su belleza y candidez desde aquella silente mañana que sacrifiqué a mi pobre corazón al exilio del amor por causa de un bendito helado de vainilla que en mi debilidad me dio el coraje para acercarme a ella y sorber de sus mejillas esa deliciosa mezcla de dulzura e indiferencia que marcaron mi vida y mi muerte.
No dijo nada, se fue como si nada importante hubiese pasado y yo ahí quedé envuelto en una marea de sentimientos encontrados imaginando una y mil formas de escapar de aquello que acababa de hacer cuando en realidad únicamente me hundía más y más en la desesperación y el desasosiego por pensar tan solo en ella y en ese extraño sabor de helado sorbí de sus labios tiritantes y ardientes como jamás en mis desventuras he vuelto a probar. . .
¡No debí haberlo hecho nunca!
A los tres días me arrepentiría porque me contagió la gripa más horrenda que pude imaginar y hasta ahora (Y LO DIGO EN SERIO) hasta ahora comprendo que ese extraño sabor de su beso entre salado y dulce era por el helado que colgaba de su boca y las secreciones nasales aun frescas que ella descuidadamente no limpió de sus mejillas y que yo he buscado azarosamente toda mi vida, confundiéndolas con el sabor del verdadero y más puro amor que jamás pude encontrar en mi camino. . .
(Agosto 26, 2014)
::Ahí estaba ella, con sus grandes y hermosos ojos color aceituna, trémula, asustada, mirándome inerte, paralizada sin siquiera respirar; mientras yo me abalanzaba sobre ella con la abrupta agilidad de un tigre que tiene al alcance su escurridiza presa que desfallece de temor y cansancio después de una larga e imposible huída.
Sentí su miedo, respiré su miedo, su piel exhalaba ese embriagante perfume de feromonas entremezclado con aroma de virginidad y pureza, y desató en mi ser un incontenible torrente de adrenalina que se convirtió en mi mayor adicción desde ese inolvidable instante que marcó mi vida para siempre.
Todo sucedió en un segundo, le vi, me atrajo su inocencia, sus mejillas rosadas y su rostro angelical fueron como un imán que redujeron mi voluntad a un manojo de instintos animales y sin dominio de mi propia conciencia me dejé llevar por mis deseos febriles y pasionales y sucumbí ante la más fuerte de las tentaciones que jamás, desde ese instante, he podido resistir. . .
No pude más, fuera de mí, inerme ante la fuerza de su belleza, como poseso por una fuerza superior e invisible me dejé llevar y en un arrebato casi infantil robé de sus labios aquello que era causa de mi turbación y de mi perdición.
¡Ah su boca! Tierna boca de hermosos y carnosos labios de un natural color rojo sangre, labios que jamás volvería a probar y de los cuales robé la primera caricia y a los cuales ofrendé mi primer beso de amor.
Sin decir nada, sin saber nada, llegué al paraíso de su boca, robé el remanente de helado que había quedado olvidado en las comillas de su boca que se formaban cuando ella estaba feliz y sin imaginar, ese delicioso sabor a crema de vainilla sería el sabor de mi maldición. . . Robé sin pensar ese hermoso beso y entregué ahí mismo en sublime pacto de amor mi vida entera que hoy, después de treinta y cinco años, sin ella aún saberlo, sigo buscando en todas partes su aroma, su sabor, sus besos y mi alma que quedó prisionera de su belleza y candidez desde aquella silente mañana que sacrifiqué a mi pobre corazón al exilio del amor por causa de un bendito helado de vainilla que en mi debilidad me dio el coraje para acercarme a ella y sorber de sus mejillas esa deliciosa mezcla de dulzura e indiferencia que marcaron mi vida y mi muerte.
No dijo nada, se fue como si nada importante hubiese pasado y yo ahí quedé envuelto en una marea de sentimientos encontrados imaginando una y mil formas de escapar de aquello que acababa de hacer cuando en realidad únicamente me hundía más y más en la desesperación y el desasosiego por pensar tan solo en ella y en ese extraño sabor de helado sorbí de sus labios tiritantes y ardientes como jamás en mis desventuras he vuelto a probar. . .
¡No debí haberlo hecho nunca!
A los tres días me arrepentiría porque me contagió la gripa más horrenda que pude imaginar y hasta ahora (Y LO DIGO EN SERIO) hasta ahora comprendo que ese extraño sabor de su beso entre salado y dulce era por el helado que colgaba de su boca y las secreciones nasales aun frescas que ella descuidadamente no limpió de sus mejillas y que yo he buscado azarosamente toda mi vida, confundiéndolas con el sabor del verdadero y más puro amor que jamás pude encontrar en mi camino. . .
(Agosto 26, 2014)