En un aluvión de risas festivas,el mar salitroso despliega toda su magia de alquimista diurno;dispuesto a hacer la competencia con la gloriosa radiación del astro rey que,alfombrado en ardiente llamarada dorada,se posa sobre las testas lúgubres de los Eternales.Estos sueñan ríos de arena que penetran en sus pechos fornidos.Y con encanto tocan las cuerdas radiales de sus corazones de picas,subiendo la música melódica hacia el firmamento azulado:donde ninguna melancólica nube se avista ya.Pero cuando cae el crepúsculo y la reina de la noche asoma ya por encima del sacro acantilado,un mudo silencio lo invade todo.Los dioses cierran compungidos sus párpados de carmín y gimen de dolor ante la espectral luna bochornosa.¡Oh!seres del averno,es hora ya de salir de las cavernosas grietas del eterno tiempo y sembrar la cizaña que ha de impedir cortar el trigo.Pero el jornalero,en sus mientes,despejará dudas cuando ambos hallan nacido en todo su diáfano esplendor y así,sepa separar con la mortuoria guadaña una y otro,para la congratulación divina de los que moran en lo insondable.