BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
No hay cántaro
que nunca se estropee.
Cuyo interior no guarde
la frágil huella del hombre,
su arena o arcilla destrozada.
Veo mosaicos de pulida arenilla
mezclada; en su anverso, la multitud
de gritos que fueron proyectados
por sus inventores, hacia ninguna parte.
Y fue el hombre quien hizo de todo,
para sobrevivir.
Quien izó de manera regular sus manos
e imploró por un desbarajuste de los dioses.
Metió pie con brazo en todas las
crisálidas del porvenir y en todas las marmitas
del presente.
No hay cántaro que nunca se estropee.
Que no conserve la presión de una oruga
por sus bordes intermitentes, o el peso
de un abrazo y un manotazo al aire.
Que no lleve al hombre
empecinado en lo suyo.
No hay caño que no dé su agua
una y mil veces.
©
que nunca se estropee.
Cuyo interior no guarde
la frágil huella del hombre,
su arena o arcilla destrozada.
Veo mosaicos de pulida arenilla
mezclada; en su anverso, la multitud
de gritos que fueron proyectados
por sus inventores, hacia ninguna parte.
Y fue el hombre quien hizo de todo,
para sobrevivir.
Quien izó de manera regular sus manos
e imploró por un desbarajuste de los dioses.
Metió pie con brazo en todas las
crisálidas del porvenir y en todas las marmitas
del presente.
No hay cántaro que nunca se estropee.
Que no conserve la presión de una oruga
por sus bordes intermitentes, o el peso
de un abrazo y un manotazo al aire.
Que no lleve al hombre
empecinado en lo suyo.
No hay caño que no dé su agua
una y mil veces.
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