La ida a la escuela (Patagonia - 1958 - Invierno)

edelabarra

Mod. Enseñante. Mod. foro: Una imagen, un poema
La ida a la escuela

(Patagonia - 1958 - Invierno)

Me llamo Federico, tengo 10 años recién cumplidos y vivo en la isla de Choele Choel, en plena Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Lamarque, a unos mil kilómetros al sur de la capital, que es la ciudad de Buenos Aires.
Mis hermanos mayores, van al colegio secundario, pero nosotros vamos a la escuela Rincón de Cruz, que queda a cinco kilómetros de aquí.

Caballos.jpg

Papá me ha asignado algunas tareas antes de ir a la escuela; tengo que levantarme temprano todos los días, para agarrar los caballos, ensillarlos, darles agua y tenerlos listos antes de salir. De noche los caballos comen un poco de forraje seco, de unos fardos de alfalfa que guardamos del verano, pero el agua es imposible porque está toda la noche congelada. Entonces hay que subir agua del pozo con la soga y el balde y darles de beber. Agarrarlos es fácil, porque con el frío, están algo entumecidos y no se escapan, además a mi ya me conocen y les llevo un poco de pasto en la mano y casi vienen solos. Cuando les pongo el freno, ellos bajan la cabeza para que yo alcance a las orejas sin tener que subirme a la tranquera.
La mejor es la Colorada, una yegua muy mansa y que salió muy buena para galopar, con un galope cortito pero muy cómodo, tiene un pelo colorado brillante y su lomo es bien redondeado, ideal para andar.
También está la Potranca, una yegua joven de pelaje zaino, que es un poco más arisca, pero nosotros la sabemos manejar, con una varita de álamo como fusta. Tenemos otra yegua, que se llama Fanática, pero con dos caballos nos arreglamos. Para ensillarlos, no tenemos monturas de cuero, pero tenemos unas colchonetas de lona con goma espuma dentro y con un cuero de oveja improvisamos una especie de recado muy bueno.
A la escuela, voy todos los días, con mis hermanas mellizas María y Dolores, que tienen un año más que yo.
Lo peor es el frío, asi que nos abrigamos bien y media hora antes salimos con mis hermanas, que cabalgan las dos juntas en la Colorada y yo en la Potranca; llevamos los libros y algunos cuadernos, que nunca están muy al día y hacemos el camino hasta la tranquera al trote, para que los caballos entren en calor. Detrás de nosotros vienen nuestros tres perros, que nos acompañan hasta la escuela, corriendo a la par. Una vez en el camino, que es de tierra, salimos al galope para no llegar tarde y los caballos enfilan hacia la escuela como todos los días, sin que sea necesario más que rozarlos con la varita para que mantengan el galope bastante apurado hasta llegar.
A mitad de camino de la escuela, vive Morenito; en realidad se llama Moreno de apellido y es hijo de un criollo del lugar que trabaja en un campo vecino, pero nosotros le decimos Morenito. Tiene unos años menos que yo y antes iba a pie a la escuela, pero como nos queda de paso, lo llevamos en ancas. Para no perder tiempo, él nos espera todas las mañanas subido al poste de la tranquera, haciendo equilibrio muy derechito. Cuando yo llego a la tranquera, aminoro la marcha casi al paso y él salta sobre las ancas de la Potranca, montando detrás de mí; enseguida retomamos el galope y continuamos nuestro viaje de todos los días.
Cuando llegamos a la escuela, todavía está el suelo congelado, los pocos charcos de agua son de hielo y de las narices de los caballos, por sus ollares bien abiertos salen columnas de vapor, mientras tratan de recuperar el aliento por el cansancio de la carrera.

Maria-Choele-1958.JPG

Atamos los caballos en el palenque y entramos a clase generalmente unos minutos tarde y detrás de nosotros, entran los perros también, que se quedan quietitos toda la clase hasta que nos volvemos, formando parte de nuestra vida escolar, durante todos los años que asistimos a esa humilde escuela rural, de la que nunca me olvidaré y donde terminamos el ciclo primario, junto con las mellizas.

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Ciudad de Buenos Aires, 2004 –

Iba yo caminando por la marea humana de la calle Florida, tratando de llegar a tiempo al banco, donde tenía que hacer unos trámites por mi actividad como martillero público y un individuo mas o menos de mi edad, que venía en sentido contrario, se me para delante y me dice:
– Disculpe, ¿Usted no es Federico? –
Tuve una reacción inicial de desconfianza y le dije con tono interrogatorio:
- ¿Si? –
Y me contestó:
- Yo soy Morenito, si me permitís, te quiero dar un abrazo… -


Eduardo León de la Barra
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Última edición:
Me encantó. Perfecta hilación de los momentos con fina y precisa descripción, tal, que se vive mientras se lee...Y me gusta que me atrape la lectura, no todos logran eso en mí...Volviendo a tus letras, tienen un gusto a tierra y el calor que se propicia en invierno, tanto, que se percibe tan cerca, llevando al lector al sitio..Y el cierre...puro sentimiento Eduardo, marca al pasar del tiempo la inolvidable experiencia y los afectos que no mueren, muy en especial ese abrazo..y es que me emocioné!!!! Te quedó de impecable factura....

Un disfrute en toda su extensión....

Besitos todiiiiiiiiiiiiiiiiiiitos...

Camelia....
 
Última edición por un moderador:
Me encantó. Perfecta hilación de los momentos con fina y precisa descripción, tal, que se vive mientras se lee...Y me gusta que me atrape la lectura, no todos logran eso en mí...Volviendo a tus letras, tienen un gusto a tierra y el calor que se propicia en invierno, tanto, que se percibe tan cerca, llevando al lector al sitio..Y el cierre...puro sentimiento Eduardo, marca al pasar del tiempo la inolvidable experiencia y los afectos que no mueren, muy en especial ese abrazo..y es que me emocioné!!!! Te quedó de impecable factura....

Un disfrute en toda su extensión....

Besitos todiiiiiiiiiiiiiiiiiiitos...

Camelia....

Muchas gracias, querida Camelia, despues de casi 50 años de no verse,
fue como casi un milagro ese encuentro entre miles de personas
y como tú dices, los afectos cimentados en una infancia en común,
nunca mueren;
Un beso guapa,
Eduardo.
 
La ida a la escuela

(Patagonia - 1958 - Invierno)

Me llamo Federico, tengo 10 años recién cumplidos y vivo en la isla de Choele Choel, en plena Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Lamarque, a unos mil kilómetros al sur de la capital, que es la ciudad de Buenos Aires.
Mis hermanos mayores, van al colegio secundario, pero nosotros vamos a la escuela Rincón de Cruz, que queda a cinco kilómetros de aquí.

Ver el archivos adjunto 372

Papá me ha asignado algunas tareas antes de ir a la escuela; tengo que levantarme temprano todos los días, para agarrar los caballos, ensillarlos, darles agua y tenerlos listos para ir a la escuela. De noche los caballos comen un poco de forraje seco, de unos fardos de alfalfa que guardamos del verano, pero el agua es imposible porque está toda la noche congelada. Entonces hay que subir agua del pozo con la soga y el balde y darles de beber. Agarrarlos es fácil, porque con el frío, están algo entumecidos y no se escapan, además a mi ya me conocen y les llevo un poco de pasto en la mano y casi vienen solos. Cuando les pongo el freno, ellos bajan la cabeza para que yo alcance a las orejas sin tener que subirme a la tranquera.
La mejor es la Colorada, una yegua muy mansa y que salió muy buena para galopar, con un galope cortito pero muy cómodo, tiene un pelo colorado brillante y su lomo es bien redondeado, ideal para andar.
También está la Potranca, una yegua joven de pelaje zaino, que es un poco más arisca, pero nosotros la sabemos manejar, con una varita de álamo como fusta. Tenemos otra yegua, que se llama Fanática, pero con dos caballos nos arreglamos. Para ensillarlos, no tenemos monturas de cuero, pero tenemos unas colchonetas de lona con goma espuma dentro y con un cuero de oveja improvisamos una especie de recado muy bueno.
A la escuela, vamos todos los días, con mis hermanas mellizas María y Dolores, que tienen un año más que yo.
Lo peor es el frío, asi que nos abrigamos bien y media hora antes salimos con mis hermanas, que cabalgan las dos juntas en la Colorada y yo en la Potranca; llevamos los libros y algunos cuadernos, que nunca están muy al día y hacemos el camino hasta la tranquera al trote, para que los caballos entren en calor. Detrás nuestro vienen nuestros tres perros, que nos acompaña hasta la escuela, corriendo a la par. Una vez en el camino, que es de tierra, salimos al galope para no llegar tarde y los caballos enfilan hacia la escuela como todos los días, sin que sea necesario más que rozarlos con la varita para que mantenga el galope bastante apurado hasta llegar.
A mitad de camino de la escuela, vive Morenito; en realidad se llama Moreno de apellido y es hijo de un criollo del lugar que trabaja en un campo vecino, pero nosotros le decimos Morenito. Tiene unos años menos que yo y antes iba a pie a la escuela, pero como nos queda de paso, lo llevamos en ancas. Para no perder tiempo, él nos espera todas las mañanas subido al poste de la tranquera, haciendo equilibrio muy derechito. Cuando yo llego a la tranquera, aminoro la marcha casi al paso y él salta sobre las ancas de la Potranca, montando detrás de mí; enseguida retomamos el galope y continuamos nuestro viaje de todos los días.
Cuando llegamos a la escuela, todavía está el suelo congelado, los pocos charcos de agua son de hielo y de las narices de los caballos, por sus ollares bien abiertos salen columnas de vapor, mientras tratan de recuperar el aliento por el cansancio de la carrera.


Atamos los caballos en el palenque y entramos a clase generalmente unos minutos tarde y detrás nuestro, entran los perros también, que se quedan quietitos toda la clase hasta que nos volvemos, formando parte de nuestra vida escolar, durante todos los años que asistimos a esa humilde escuela rural, de la que nunca me olvidaré y donde terminamos el ciclo primario, junto con las mellizas.

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Ciudad de Buenos Aires, 2004 –

Iba yo caminando por la marea humana de la calle Florida, tratando de llegar a tiempo al banco, donde tenía que hacer unos trámites por mi actividad como martillero público y un individuo mas o menos de mi edad, que venía en sentido contrario, se me para delante y me dice:
– Disculpe, ¿Usted no es Federico? –
Tuve una reacción inicial de desconfianza y le dije con tono interrogatorio:
- ¿Si? –
Y me contestó:
- Yo soy Morenito, si me permitís, te quiero dar un abrazo… -


Eduardo León de la Barra
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Eso susede muy a menudo en el lugar donde vivo, los nenes tienen esa fortaleza de levantarse para ir a la escuela aun en invierno. Es tal el esfuerzo que es admirrable. El final muy emotivo.
Muy lindo fue leerlo Señor.
 
Edeeeeeeeeeeeee... tremendo relato!!!

Verídica, o no, es un magnifico ejemplo de que el timepo no borra los buenos momentos de nuetros años!
Dicen que la distancia no hace el olvido, que el olvido hace la distancia, y qué mejor palabra que la tuya para demostrarlo!!, he aquí un manifiesto de una transparecia en los sentimientos y ese Gracias qu eno se olvida nunca.

Felicitacione smi querido Ede!!!.. una Joya!

Besototes...
 
Edeeeeeeeeeeeee... tremendo relato!!!

Verídica, o no, es un magnifico ejemplo de que el tiempo no borra los buenos momentos de nuetros años!
Dicen que la distancia no hace el olvido, que el olvido hace la distancia,
y qué mejor palabra que la tuya para demostrarlo!!,
he aquí un manifiesto de una transparecia en los sentimientos
y ese Gracias que no se olvida nunca.

Felicitacione smi querido Ede!!!.. una Joya!

Besototes...

Es verídico, querida Anabelle, sólamente que esta vez el protagonista es mi hermano Federico,
que iba todos los días a caballo a esa escuelita con mis hermanas menores;
Muchas gracias por pasar y por tu lindo mensaje;
un abrazo,
Eduardo.
 
La ida a la escuela

(Patagonia - 1958 - Invierno)

Me llamo Federico, tengo 10 años recién cumplidos y vivo en la isla de Choele Choel, en plena Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Lamarque, a unos mil kilómetros al sur de la capital, que es la ciudad de Buenos Aires.
Mis hermanos mayores, van al colegio secundario, pero nosotros vamos a la escuela Rincón de Cruz, que queda a cinco kilómetros de aquí.

Ver el archivos adjunto 372

Papá me ha asignado algunas tareas antes de ir a la escuela; tengo que levantarme temprano todos los días, para agarrar los caballos, ensillarlos, darles agua y tenerlos listos para ir a la escuela. De noche los caballos comen un poco de forraje seco, de unos fardos de alfalfa que guardamos del verano, pero el agua es imposible porque está toda la noche congelada. Entonces hay que subir agua del pozo con la soga y el balde y darles de beber. Agarrarlos es fácil, porque con el frío, están algo entumecidos y no se escapan, además a mi ya me conocen y les llevo un poco de pasto en la mano y casi vienen solos. Cuando les pongo el freno, ellos bajan la cabeza para que yo alcance a las orejas sin tener que subirme a la tranquera.
La mejor es la Colorada, una yegua muy mansa y que salió muy buena para galopar, con un galope cortito pero muy cómodo, tiene un pelo colorado brillante y su lomo es bien redondeado, ideal para andar.
También está la Potranca, una yegua joven de pelaje zaino, que es un poco más arisca, pero nosotros la sabemos manejar, con una varita de álamo como fusta. Tenemos otra yegua, que se llama Fanática, pero con dos caballos nos arreglamos. Para ensillarlos, no tenemos monturas de cuero, pero tenemos unas colchonetas de lona con goma espuma dentro y con un cuero de oveja improvisamos una especie de recado muy bueno.
A la escuela, vamos todos los días, con mis hermanas mellizas María y Dolores, que tienen un año más que yo.
Lo peor es el frío, asi que nos abrigamos bien y media hora antes salimos con mis hermanas, que cabalgan las dos juntas en la Colorada y yo en la Potranca; llevamos los libros y algunos cuadernos, que nunca están muy al día y hacemos el camino hasta la tranquera al trote, para que los caballos entren en calor. Detrás nuestro vienen nuestros tres perros, que nos acompaña hasta la escuela, corriendo a la par. Una vez en el camino, que es de tierra, salimos al galope para no llegar tarde y los caballos enfilan hacia la escuela como todos los días, sin que sea necesario más que rozarlos con la varita para que mantenga el galope bastante apurado hasta llegar.
A mitad de camino de la escuela, vive Morenito; en realidad se llama Moreno de apellido y es hijo de un criollo del lugar que trabaja en un campo vecino, pero nosotros le decimos Morenito. Tiene unos años menos que yo y antes iba a pie a la escuela, pero como nos queda de paso, lo llevamos en ancas. Para no perder tiempo, él nos espera todas las mañanas subido al poste de la tranquera, haciendo equilibrio muy derechito. Cuando yo llego a la tranquera, aminoro la marcha casi al paso y él salta sobre las ancas de la Potranca, montando detrás de mí; enseguida retomamos el galope y continuamos nuestro viaje de todos los días.
Cuando llegamos a la escuela, todavía está el suelo congelado, los pocos charcos de agua son de hielo y de las narices de los caballos, por sus ollares bien abiertos salen columnas de vapor, mientras tratan de recuperar el aliento por el cansancio de la carrera.


Atamos los caballos en el palenque y entramos a clase generalmente unos minutos tarde y detrás nuestro, entran los perros también, que se quedan quietitos toda la clase hasta que nos volvemos, formando parte de nuestra vida escolar, durante todos los años que asistimos a esa humilde escuela rural, de la que nunca me olvidaré y donde terminamos el ciclo primario, junto con las mellizas.

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Ciudad de Buenos Aires, 2004 –

Iba yo caminando por la marea humana de la calle Florida, tratando de llegar a tiempo al banco, donde tenía que hacer unos trámites por mi actividad como martillero público y un individuo mas o menos de mi edad, que venía en sentido contrario, se me para delante y me dice:
– Disculpe, ¿Usted no es Federico? –
Tuve una reacción inicial de desconfianza y le dije con tono interrogatorio:
- ¿Si? –
Y me contestó:
- Yo soy Morenito, si me permitís, te quiero dar un abrazo… -


Eduardo León de la Barra
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Gran relato, Eduardo. Se lee con una sonrisa dibujada en los labios, muy
cálido, muy fresco...
En fin, un estupendo relato con final bien meditado desde el principio.
(Repasa lo que marqué en rojo)
Un fuerte abrazo, Eduardo, lleno de estrellas.
 
Antes que nada compañero, agradezco su amabilidad al querer intercambiar comentarios conmigo, y más allá de eso, agradezco también lo acá leído, que revuelve tantas cosas en mi cabeza, y hace hasta cosquillear mi estómago, como si pudiese ser yo uno de esos personajes borrados con el infausto paso del tiempo en esto que es como una biografía autorizada de su gran hermano Federico. Pero lo bueno es que existen los recuerdos, y lo bueno también es que existe la magia muchos años después de la magia, y existen también las coincidencias, detalles que hacen detonar bombas que fueron construídas hace mucho tiempo atrás.

Será que a veces suelo además de ser frío y sentimental (vaya bipolaridad), un entrometido de la vida de otros, y puedo calzarme las gafas tanto así, que viajo a donde me llevan las letras tan vividas (algo así como lo que hacen los lectores comunes, nada del otro mundo pues), que ese viajar a esa zona tan azotadora y fría, me supo tan cálido en las manos de Federico, las mellizas, El morenito y las dos yeguas más la otra que se quedó en casa.

Y carámba, nada mejor que ser testigo de la cronología de un buen hombre como lo es su hermano.

Muchas gracias por compartirnos esto Eduardo.

Le mando un abrazo.
Hasta pronto.
 
Ya te habia leido este relato,pero nunca me cansare de leerte amigo, contigo se aprende mucho.Un abrazo fuerte
 
Gran relato, Eduardo. Se lee con una sonrisa dibujada en los labios, muy
cálido, muy fresco...
En fin, un estupendo relato con final bien meditado desde el principio.
(Repasa lo que marqué en rojo)
Un fuerte abrazo, Eduardo, lleno de estrellas.

Muchas gracias, estimado Piteira por tu elogioso comentario,
en realidad no sé si el final estaba pensado desde el principio,
pero me pareció un buen remate para este nostálgico relato...

Tienes mucha razón en tus correcciones,
es rigurosamente correcto lo que observas y lo he corregido, con espíritu de purista,
aunque te debo decir que aquí en la Argentina, utilizamos a diario (en forma incorrecta),
las expresiones,"detrás mío", "delante nuestro", etc.
Trataré de corregir mi forma de hablar,
pienso que quizás es una forma que se ha impuesto, como tántas,
para ahorrar sílabas en el discurso.


Un abrazo cordial,
Eduardo.
 
que bella historia eduardo, el mundo es un pañuelo...
la paz y la descripción de esa vida rural de un pequeño en neustra patagonia es emocionante, y el encuentro en pleno micro-centro, con ese niño le da un final exquisito.
Una be-lle-za!!!
besos, estrellas
 
que bella historia eduardo, el mundo es un pañuelo...
la paz y la descripción de esa vida rural de un pequeño en neustra patagonia es emocionante, y el encuentro en pleno micro-centro, con ese niño le da un final exquisito.
Una be-lle-za!!!
besos, estrellas


Muchas gracias qerida Almita, por haber leído esta prosa y por tu amable comentario;
Un abrazo,
Eduardo.
 
Profe... Hermoso relato , es como, si el pasdo nos estuviese espernado detrás de la puerta para recordar y vivenciar nuevamente esas hermosass experiencias.
Magestuoso relato digno de ud .
querido profe....
Besos
Marce
 
La ida a la escuela

(Patagonia - 1958 - Invierno)

Me llamo Federico, tengo 10 años recién cumplidos y vivo en la isla de Choele Choel, en plena Patagonia argentina, cerca de un pueblo llamado Lamarque, a unos mil kilómetros al sur de la capital, que es la ciudad de Buenos Aires.
Mis hermanos mayores, van al colegio secundario, pero nosotros vamos a la escuela Rincón de Cruz, que queda a cinco kilómetros de aquí.

Ver el archivos adjunto 372

Papá me ha asignado algunas tareas antes de ir a la escuela; tengo que levantarme temprano todos los días, para agarrar los caballos, ensillarlos, darles agua y tenerlos listos antes de salir. De noche los caballos comen un poco de forraje seco, de unos fardos de alfalfa que guardamos del verano, pero el agua es imposible porque está toda la noche congelada. Entonces hay que subir agua del pozo con la soga y el balde y darles de beber. Agarrarlos es fácil, porque con el frío, están algo entumecidos y no se escapan, además a mi ya me conocen y les llevo un poco de pasto en la mano y casi vienen solos. Cuando les pongo el freno, ellos bajan la cabeza para que yo alcance a las orejas sin tener que subirme a la tranquera.
La mejor es la Colorada, una yegua muy mansa y que salió muy buena para galopar, con un galope cortito pero muy cómodo, tiene un pelo colorado brillante y su lomo es bien redondeado, ideal para andar.
También está la Potranca, una yegua joven de pelaje zaino, que es un poco más arisca, pero nosotros la sabemos manejar, con una varita de álamo como fusta. Tenemos otra yegua, que se llama Fanática, pero con dos caballos nos arreglamos. Para ensillarlos, no tenemos monturas de cuero, pero tenemos unas colchonetas de lona con goma espuma dentro y con un cuero de oveja improvisamos una especie de recado muy bueno.
A la escuela, voy todos los días, con mis hermanas mellizas María y Dolores, que tienen un año más que yo.
Lo peor es el frío, asi que nos abrigamos bien y media hora antes salimos con mis hermanas, que cabalgan las dos juntas en la Colorada y yo en la Potranca; llevamos los libros y algunos cuadernos, que nunca están muy al día y hacemos el camino hasta la tranquera al trote, para que los caballos entren en calor. Detrás de nosotros vienen nuestros tres perros, que nos acompañan hasta la escuela, corriendo a la par. Una vez en el camino, que es de tierra, salimos al galope para no llegar tarde y los caballos enfilan hacia la escuela como todos los días, sin que sea necesario más que rozarlos con la varita para que mantengan el galope bastante apurado hasta llegar.
A mitad de camino de la escuela, vive Morenito; en realidad se llama Moreno de apellido y es hijo de un criollo del lugar que trabaja en un campo vecino, pero nosotros le decimos Morenito. Tiene unos años menos que yo y antes iba a pie a la escuela, pero como nos queda de paso, lo llevamos en ancas. Para no perder tiempo, él nos espera todas las mañanas subido al poste de la tranquera, haciendo equilibrio muy derechito. Cuando yo llego a la tranquera, aminoro la marcha casi al paso y él salta sobre las ancas de la Potranca, montando detrás de mí; enseguida retomamos el galope y continuamos nuestro viaje de todos los días.
Cuando llegamos a la escuela, todavía está el suelo congelado, los pocos charcos de agua son de hielo y de las narices de los caballos, por sus ollares bien abiertos salen columnas de vapor, mientras tratan de recuperar el aliento por el cansancio de la carrera.


Atamos los caballos en el palenque y entramos a clase generalmente unos minutos tarde y detrás de nosotros, entran los perros también, que se quedan quietitos toda la clase hasta que nos volvemos, formando parte de nuestra vida escolar, durante todos los años que asistimos a esa humilde escuela rural, de la que nunca me olvidaré y donde terminamos el ciclo primario, junto con las mellizas.

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Ciudad de Buenos Aires, 2004 –

Iba yo caminando por la marea humana de la calle Florida, tratando de llegar a tiempo al banco, donde tenía que hacer unos trámites por mi actividad como martillero público y un individuo mas o menos de mi edad, que venía en sentido contrario, se me para delante y me dice:
– Disculpe, ¿Usted no es Federico? –
Tuve una reacción inicial de desconfianza y le dije con tono interrogatorio:
- ¿Si? –
Y me contestó:
- Yo soy Morenito, si me permitís, te quiero dar un abrazo… -


Eduardo León de la Barra
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AAAAAAAAAAAayyyyyyyyyy Eduardoooooooooooooo..,. otra vez me hiciste llorar. Que barbaridaad... que bellooooo ... verdaderamente bellooo. Gracias por compartirlo, cuanta nobleza, cuanto bondad... cuanto amor al projimo. Dale a tu hermano un beso muy tierno de mi parte. Te quiero primo... Un beso muy tierno para ti tambien, Marie,
 
David Valdés Estrada;2181143 dijo:
Antes que nada compañero, agradezco su amabilidad al querer intercambiar comentarios conmigo, y más allá de eso, agradezco también lo acá leído, que revuelve tantas cosas en mi cabeza, y hace hasta cosquillear mi estómago, como si pudiese ser yo uno de esos personajes borrados con el infausto paso del tiempo en esto que es como una biografía autorizada de su gran hermano Federico. Pero lo bueno es que existen los recuerdos, y lo bueno también es que existe la magia muchos años después de la magia, y existen también las coincidencias, detalles que hacen detonar bombas que fueron construídas hace mucho tiempo atrás.

Será que a veces suelo además de ser frío y sentimental (vaya bipolaridad), un entrometido de la vida de otros, y puedo calzarme las gafas tanto así, que viajo a donde me llevan las letras tan vividas (algo así como lo que hacen los lectores comunes, nada del otro mundo pues), que ese viajar a esa zona tan azotadora y fría, me supo tan cálido en las manos de Federico, las mellizas, El morenito y las dos yeguas más la otra que se quedó en casa.

Y carámba, nada mejor que ser testigo de la cronología de un buen hombre como lo es su hermano.

Muchas gracias por compartirnos esto Eduardo.

Le mando un abrazo.
Hasta pronto.

Muchas gracias, estimado David, con mis disculpas por haber demorado en contestar este bellísimo comentario a mi escrito; Has sabido extractar con certeza, los componentes de esta historia de la infancia, que definen ese recuerdo, demostrando tu sensibilidad de buen lector;
un abrazo cordial,
edelabarra
 
Profe... Hermoso relato , es como, si el pasdo nos estuviese espernado detrás de la puerta para recordar y vivenciar nuevamente esas hermosass experiencias.
Magestuoso relato digno de ud .
querido profe....
Besos
Marce

Mil gracias, querida Piel,
tu paso por esta pequeña prosa,
es un regalo para mí;
un beso,
Eduardo
 
AAAAAAAAAAAayyyyyyyyyy Eduardoooooooooooooo..,. otra vez me hiciste llorar. Que barbaridaad... que bellooooo ... verdaderamente bellooo. Gracias por compartirlo, cuanta nobleza, cuanto bondad... cuanto amor al projimo. Dale a tu hermano un beso muy tierno de mi parte. Te quiero primo... Un beso muy tierno para ti tambien, Marie,

Muchas gracias, querida Marie, es que la vida de campo es así,
y cuando uno es niño, todos somos iguales,
al menos, estamos menos contaminados que cuando somos mayores...
Un gran abrazo,
Eduardo.
 
Eduardo, excelente descripción que sitúa al lector en el lugar; y el contenido refiriéndose a la niñez, un alivio en el trajín diario de lo acelerado de la vida. Un gusto leerte.
 
Una belleza!!... haces que uno se meta en el relato.

Petonets mi querido amigo y mis estrelas

Libra *M*
 
gran relato poeta ,del primer momento se viaja y se vive a plenitud ,saludos cecisole.
 

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