Luz de habitación que pinta los ojos de la infancia.
Un marco de blancura y cristales. Los ajetreos
de un viernes hostil. Mis dedos de niño lloran
sobre la sábanas, mis manos son palomas
que acarician el orgullo de la edad.
Luego los serpenteos de las playas, los corazones
en círculos de nieve, el fútbol como una caracola
de laberinto sin raíl.
Quince años donde azulean la libertad y los hierros.
Tu bicicleta no es la mía-en la tuya el cromo vuelve
a su textura de piel como un relámpago-.
Al fin la traición dibujó forma de esqueleto. Disparé
hacia el armazón de los días infantiles y no comprendí
que los sueños conmemoran sus latidos en el hambre
del presente, diapasón nocturno.
En la quietud del faro, las olas mueren, de la negrura
a los mapas del orbe, una canción de albatros, un viento
de luz en la orilla fugaz.
Veinte años y la memoria de las ventanas, las alas
del esplendor son oscuras como el más oscuro
de los ejércitos.
Hoy vuelvo a ese alféizar de los bares sin nombre,
a la cadencia del frío que naufraga en la vejez
de los sábados, ya exhausto de este alud que atesora
el brillo de los relojes sin patria, eternas crisálidas
del sudor y los convites.
Un marco de blancura y cristales. Los ajetreos
de un viernes hostil. Mis dedos de niño lloran
sobre la sábanas, mis manos son palomas
que acarician el orgullo de la edad.
Luego los serpenteos de las playas, los corazones
en círculos de nieve, el fútbol como una caracola
de laberinto sin raíl.
Quince años donde azulean la libertad y los hierros.
Tu bicicleta no es la mía-en la tuya el cromo vuelve
a su textura de piel como un relámpago-.
Al fin la traición dibujó forma de esqueleto. Disparé
hacia el armazón de los días infantiles y no comprendí
que los sueños conmemoran sus latidos en el hambre
del presente, diapasón nocturno.
En la quietud del faro, las olas mueren, de la negrura
a los mapas del orbe, una canción de albatros, un viento
de luz en la orilla fugaz.
Veinte años y la memoria de las ventanas, las alas
del esplendor son oscuras como el más oscuro
de los ejércitos.
Hoy vuelvo a ese alféizar de los bares sin nombre,
a la cadencia del frío que naufraga en la vejez
de los sábados, ya exhausto de este alud que atesora
el brillo de los relojes sin patria, eternas crisálidas
del sudor y los convites.