Littera
Poeta asiduo al portal
Tan ligera como el viento
cuando consagra los días
a correr las praderías
del difuso firmamento,
hiende el líquido elemento
una nave castellana
a la que tiñe de grana
la luz generosa y bella
que de la mayor estrella
suave y dulcemente mana.
Sobre su convexa prora,
dos conspicuos caballeros
escuchan a los gavieros
advertir con voz sonora
que a escasas leguas aflora
una isla circundada
por cerros de piel vetada
y escabrosas formaciones
cuyos groseros mentones
hacen daño a la mirada.
“Si ciertas son las historias
que cuentan de este paraje
los orfebres del lenguaje,
lo es el fin de nuestras glorias,”
con ansias harto notorias
afirma uno de ellos
mientras mueren los destellos
en las aguas danzarinas
porque nubes viperinas
muerden al Sol los cabellos.
“Dícese que está maldito
desque un pirata oranés
tan grave como un pavés,
robusto como el granito
y salvaje como un grito
se hundiera en el frío cieno
que se extiende por su seno
con cuantas piezas de oro
componían el tesoro
de un príncipe damasceno.”
“Los hombres de nuestra cuna
no le tienen miedo a nada,
ni tan siquiera a la espada
que blande la Muerte bruna,”
sin perplejidad alguna
y prendido de pasión
sentencia el otro varón
en tanto ordena a un marino
de semblante leonino
tomar al punto el timón.
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