Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Una lágrima nace,
como un susurro ahogado
en la esquina de mi ojo,
cargando el peso de un adiós,
de esos que nunca se despiden.
Se desprende,
lenta y torpe,
como quien no quiere irse
de lo que alguna vez fue hogar.
Va rodando por mi mejilla
y en su caída
me cuenta su historia,
me recuerda su herida.
Me recorre la piel,
marcando un sendero
que arde,
un camino que sabe
a todo lo que dejé de ser contigo.
Baja despacio,
arrastrando en su trayecto
tus caricias que aún duelen,
las noches que me queman,
y el eco de tu risa
que nunca se apaga.
Es un hilo de agua y sal
que en su caída
se convierte en memoria,
en cada pedazo de amor perdido,
en las promesas que murieron
sin haber nacido.
Cuando al fin se despide de mi rostro
y cae al vacío,
se rompe en mil pedazos,
como mi alma,
como este amor inútil
que aún sigue llorando
aunque tú ya no estés.
como un susurro ahogado
en la esquina de mi ojo,
cargando el peso de un adiós,
de esos que nunca se despiden.
Se desprende,
lenta y torpe,
como quien no quiere irse
de lo que alguna vez fue hogar.
Va rodando por mi mejilla
y en su caída
me cuenta su historia,
me recuerda su herida.
Me recorre la piel,
marcando un sendero
que arde,
un camino que sabe
a todo lo que dejé de ser contigo.
Baja despacio,
arrastrando en su trayecto
tus caricias que aún duelen,
las noches que me queman,
y el eco de tu risa
que nunca se apaga.
Es un hilo de agua y sal
que en su caída
se convierte en memoria,
en cada pedazo de amor perdido,
en las promesas que murieron
sin haber nacido.
Cuando al fin se despide de mi rostro
y cae al vacío,
se rompe en mil pedazos,
como mi alma,
como este amor inútil
que aún sigue llorando
aunque tú ya no estés.