La ley de Lavoisier

Kwisatz

Poeta asiduo al portal
La ley de Lavoisier


«En una reacción química ordinaria, la masa permanece constante, es decir, la masa consumida de los reactivos es igual a la masa obtenida de los productos»

Antoine Lavoisier, 1785


Al compás del vals Danubio Azul en una sala de blancura aséptica contemplaba impotente como su ataúd se dirigía a las llamas mientras mis ojos se anegaban de lágrimas en un último adiós a sus restos mortales.

Imágenes y recuerdos de ella acudían a mi mente en tropel y sentía como se intensificaba el vacío de la despedida. Cuando el féretro hubo traspasado completamente el umbral al interior del horno se cerraron unas portezuelas culminando el trance.

Ya está me dije, ya está.

Mucho tiempo después, una vez recobrada la serenidad de espíritu, sentado en el banco de un parque reviví de nuevo aquel momento en mis pensamientos.

La imaginé ardiendo en el interior del sarcófago. Transformándose en vapor de agua, dióxido de carbono y cenizas. Y entonces me vino a la cabeza un lejano recuerdo de una clase de química en el instituto cuando nos explicaron la Ley de Lavoisier.

Atendiendo a esta Ley, de algún modo ella seguía existiendo en este mundo, al menos la materia que la hizo posible. Ahora mismo un parte, quizá un solitario átomo entre infinitos de ellos, podía estar en el aire que respiraba o formar parte de las ramas del árbol que me cobijaba. Y así igual pasaba con todos aquellos que algún día fallecieron.

Nunca me había sentido panteísta o había reflexionado sobre la naturaleza del Om budista, pero en aquel momento esos conceptos adquirieron una nueva dimensión en mi percepción del mundo. Una cantidad inmensa, pero al fin y al cabo finita, de materia y energía atrapada en esa matriz inabarcable llamada Universo, seguía mutando, cambiando, transformándose, como las llamas en el fuego.

Y uno de esos destellos fugaces permitió que ella tomara forma y que a su vez hiciera posible que yo estuviese allí, en ese mismo momento, recordándola, recordando cómo me amó sin medida hasta su último aliento.

Saqué la del bolsillo mi cartera y contemplé una vez más su fotografía.

Sí, las piezas todavía seguían allí, pero ella fue una combinación única e irrepetible que no volvería jamás. No son los componentes, sino su efímero, y quizá azaroso, orden lo que permitió que ella sucediera.

Me consuela pensar que, a pesar de todo, seguimos y seguiremos juntos en esta comunión de materia y energía a la que nos debemos.
 

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