Solo tengo catorce años y escribo poesias aveces.
Pero hoy subo a esta pagina algo que no es un poema, es una historia, el prefacio y el primer capítulo de una novela que escribo desde los doce años...
Pero hoy subo a esta pagina algo que no es un poema, es una historia, el prefacio y el primer capítulo de una novela que escribo desde los doce años...
Prefacio
Era el fin. Ella y los otros estaban atrapados entre morir o
morir. No había muchas alternativas. Observó el rostro de quienes la habían acompañado y de a quien habían ido a rescatar, pensando en su error, en el error de haber conducido a aquellas maravillosas personas a su final; a un final poco agradable
La risa fría de quien había acabado con su familia y que ahora acabaría con ella y sus amigos le hizo estremecer, sin embargo lucharía, lucharía hasta caer.
Y cuando las esperanzas ya no tenían de donde alimentarse apareció esa luz que los encegueció y que, por otro lado, fue la que los salvó de morir.
La risa fría de quien había acabado con su familia y que ahora acabaría con ella y sus amigos le hizo estremecer, sin embargo lucharía, lucharía hasta caer.
Y cuando las esperanzas ya no tenían de donde alimentarse apareció esa luz que los encegueció y que, por otro lado, fue la que los salvó de morir.
1
La destrucción
En Ayade
Los ejércitos hacían retumbar el suelo con sus pisadas fuera de las murallas del castillo, los habitantes estaban atemorizados. Muchos habían muerto y pocos quedaban ahora. En la sala del trono aguardaban lo inevitable, la muerte, la destrucción.
El Rey y la Reina, altos y hermosos, estaban sentados en sus tronos, sabiendo que su reino sería finalmente destruido esa misma noche, o bien al amanecer siguiente.
De pie, junto a la Reina, se hallaba una agraciada joven con un bebé en brazos. El bebé miraba con sus perfectos ojos todo a su alrededor, sin entender lo que acontecía tras las fortalezas. Sin entender porqué tantas personas sentían un terror que le era indiferente.
Habían sido engañados.
El Enemigo había llegado por mar, había destruido los puertos, las ciudades y luego había avanzando sin ser advertido, destruyendo las ciudades y evitando que alguien lograra dar la alarma a los soberanos, o a los reinos que eran amigos.
El Rey no había enviado ejércitos para defender a su pueblo porque no sabía de los ataques. Falsas cartas le llegaban a la bella Reina en las que los duques y condes le escribían que todo estaba bien; pero mano maligna había escrito aquellas cartas, engañándolos, pues los Altos Señores estaban muertos y sus familias y el pueblo o bien habían sido esclavizados o asesinados.
En el cuello de la Reina, un collar de plata y zafiro con la forma de una flor estrellada de cinco pétalos. Eso buscaban los enemigos, y los Reyes lo sabían, y sabían para qué lo querían, y por esto no podían dejar que aquella joya cayera en manos oscuras.
Los ejércitos avanzaban más y más hacia las murallas del castillo. Ya habían podido con las murallas de la ciudad, con éstas no sería diferente. Y aún así, contra toda esperanza, les presentarían batalla.
El capitán de la guardia se acercó al Rey, con intenciones de despedirse, pero le interrumpieron.
-Aún no termina, Neiklot- le dijo la Reina, sin quitar la vista de la puerta que se hallaba del otro lado del enorme y bello salón, en el que alguna vez fueran festejados grandes bailes y banquetes.
Neiklot se inclinó y se retiró para sentarse con sus hombres.
No eran Hombres, en realidad, aquellos eran Elfos, Elfos hermosos y valientes, y todos acabarían allí con sus vidas, aunque estuvieran destinados a la inmortalidad.
La Reina y algunas de las mujeres no eran tales, eran Hadas. Otras eran Mujeres Elfo. Todas estaban atemorizadas, con sus bellos rostros surcados de angustia y desesperación.
Todos a la espera de lo inevitable, acuartelados en el Gran Salón, aunque no por mucho.
Para el amanecer, el ejército enemigo ya había derrocado las murallas, y estaban tratando de derribar la gran puerta que los separaba del pueblo y los Reyes, y del objetivo, el collar.
Ellos, los enemigos, no eran Elfos, ni Hombres, ni Enanos, ni Ninfas ni Duendes, eran Orcos, feos y enormes Orcos que hacían lo que sus Amos les ordenaban.
Y eran aquellos Amos quienes querían el collar de la Reina...
Entraron.
Una gran masacre se desató. La joven que llevaba al bebé, de ojos hermosos, corrió tras la Reina que debía escapar y proteger el poderoso collar.
El Rey la dejó ir, y peleó con su ejército contra los Orcos. Lejos de donde él mismo se hallaba, vio una hueste de enemigos que perseguía a la Reina, que se dirigía a los corredores subterráneos, por dónde escaparía con la joven, el bebé y el collar.
El Rey dio muerte a aquellos Orcos, pero fue asesinado por los Amos, que habían entrado en la sala con un único objetivo, sacarle a la Reina el collar. Lo último que el Rey vio fue como la joven le entregaba el bebé a la Reina.
Pero, luego, la joven corrió por otro corredor, sola.
Los Amos, como oscuras figuras, persiguieron a la Reina y al bebé por los corredores subterráneos.
-¿A dónde va, mi Señora?- preguntó, en tono burlón, uno de los Amos, que tenía la voz de una mujer.
-Entréganos el collar, Mirash- le gritó con furia el otro Amo a la Reina, que los ignoraba y solo corría, corría a una salida.
Mirash, la Reina, llegó donde quería y, con alivio, logró escapar junto a su bebé, aunque dolorida al tener dejar atrás y a merced del Enemigo todo lo que más amaba.
El Rey y la Reina, altos y hermosos, estaban sentados en sus tronos, sabiendo que su reino sería finalmente destruido esa misma noche, o bien al amanecer siguiente.
De pie, junto a la Reina, se hallaba una agraciada joven con un bebé en brazos. El bebé miraba con sus perfectos ojos todo a su alrededor, sin entender lo que acontecía tras las fortalezas. Sin entender porqué tantas personas sentían un terror que le era indiferente.
Habían sido engañados.
El Enemigo había llegado por mar, había destruido los puertos, las ciudades y luego había avanzando sin ser advertido, destruyendo las ciudades y evitando que alguien lograra dar la alarma a los soberanos, o a los reinos que eran amigos.
El Rey no había enviado ejércitos para defender a su pueblo porque no sabía de los ataques. Falsas cartas le llegaban a la bella Reina en las que los duques y condes le escribían que todo estaba bien; pero mano maligna había escrito aquellas cartas, engañándolos, pues los Altos Señores estaban muertos y sus familias y el pueblo o bien habían sido esclavizados o asesinados.
En el cuello de la Reina, un collar de plata y zafiro con la forma de una flor estrellada de cinco pétalos. Eso buscaban los enemigos, y los Reyes lo sabían, y sabían para qué lo querían, y por esto no podían dejar que aquella joya cayera en manos oscuras.
Los ejércitos avanzaban más y más hacia las murallas del castillo. Ya habían podido con las murallas de la ciudad, con éstas no sería diferente. Y aún así, contra toda esperanza, les presentarían batalla.
El capitán de la guardia se acercó al Rey, con intenciones de despedirse, pero le interrumpieron.
-Aún no termina, Neiklot- le dijo la Reina, sin quitar la vista de la puerta que se hallaba del otro lado del enorme y bello salón, en el que alguna vez fueran festejados grandes bailes y banquetes.
Neiklot se inclinó y se retiró para sentarse con sus hombres.
No eran Hombres, en realidad, aquellos eran Elfos, Elfos hermosos y valientes, y todos acabarían allí con sus vidas, aunque estuvieran destinados a la inmortalidad.
La Reina y algunas de las mujeres no eran tales, eran Hadas. Otras eran Mujeres Elfo. Todas estaban atemorizadas, con sus bellos rostros surcados de angustia y desesperación.
Todos a la espera de lo inevitable, acuartelados en el Gran Salón, aunque no por mucho.
Para el amanecer, el ejército enemigo ya había derrocado las murallas, y estaban tratando de derribar la gran puerta que los separaba del pueblo y los Reyes, y del objetivo, el collar.
Ellos, los enemigos, no eran Elfos, ni Hombres, ni Enanos, ni Ninfas ni Duendes, eran Orcos, feos y enormes Orcos que hacían lo que sus Amos les ordenaban.
Y eran aquellos Amos quienes querían el collar de la Reina...
Entraron.
Una gran masacre se desató. La joven que llevaba al bebé, de ojos hermosos, corrió tras la Reina que debía escapar y proteger el poderoso collar.
El Rey la dejó ir, y peleó con su ejército contra los Orcos. Lejos de donde él mismo se hallaba, vio una hueste de enemigos que perseguía a la Reina, que se dirigía a los corredores subterráneos, por dónde escaparía con la joven, el bebé y el collar.
El Rey dio muerte a aquellos Orcos, pero fue asesinado por los Amos, que habían entrado en la sala con un único objetivo, sacarle a la Reina el collar. Lo último que el Rey vio fue como la joven le entregaba el bebé a la Reina.
Pero, luego, la joven corrió por otro corredor, sola.
Los Amos, como oscuras figuras, persiguieron a la Reina y al bebé por los corredores subterráneos.
-¿A dónde va, mi Señora?- preguntó, en tono burlón, uno de los Amos, que tenía la voz de una mujer.
-Entréganos el collar, Mirash- le gritó con furia el otro Amo a la Reina, que los ignoraba y solo corría, corría a una salida.
Mirash, la Reina, llegó donde quería y, con alivio, logró escapar junto a su bebé, aunque dolorida al tener dejar atrás y a merced del Enemigo todo lo que más amaba.