the.jester
Poeta recién llegado
LA LEYENDA DEL ERMITAÑO
(romance)
Así dice la leyenda
de los monjes tibetanos,
que las más solemnes luchas
se libraron hace años.
Así cuenta la leyenda
que guerreros afamados
se acercaban a las tierras
de un poético ermitaño,
para algunos un profeta
o tan solo un tonto anciano,
o tal vez sólo un poeta,
o el más docto de los sabios.
No importando ya quien era,
se decía de este sabio
que guardaba una reliquia
con poder ilimitado,
que sería conferida
al que a juicio del anciano
demostrara fuerza y celo
para optar por gloria y mando,
y así cientos de guerreros
emprendían cada año
los más arduos de los viajes
de los sitios más lejanos,
de la jungla de Indochina,
o del puerto de Qingdao,
de las dunas del gran Gobi
o los montes frente al Caspio.
Congregábanse en el Tíbet
y ante el templo del anciano
combatían cuerpo a cuerpo
esperando ser nombrados,
mas pasaban los decenios
y jamás el ermitaño
entregaba la medalla
a ninguno de los tantos.
Pero un día, bajo un árbol,
un cerezo milenario,
de la isla de Formosa
un viajero solitario
encontró por coincidencia
al anciano meditando
y parado frente a éste
conversaron por un rato.
Ignoraba el caminante
la leyenda de aquel sabio,
mas partió de aquel paraje
con la joya entre sus manos.
No llegó a ser poderoso
el viajero desarmado
y jamás a aquellas tierras
los guerreros regresaron,
y ya el viejo octogenario,
su tesoro habiendo dado,
se sentó bajo el cerezo
esperando al solitario,
mas fue vana tanta espera
pues jamás volvió a avistarlo
y murió desvanecido
a la sombra de aquel árbol.
Presenciaron esta historia
los ancianos tibetanos
y se hizo una leyenda
de la joya y de aquel sabio,
desde entonces entre ellos
el tesoro fue nombrado
con el nombre del viajero:
La medalla de Shuijiao,
gris alhaja escasa en gemas,
galardón ya despreciado,
un tesoro sin valía,
corazón de un pobre anciano.
(romance)
Así dice la leyenda
de los monjes tibetanos,
que las más solemnes luchas
se libraron hace años.
Así cuenta la leyenda
que guerreros afamados
se acercaban a las tierras
de un poético ermitaño,
para algunos un profeta
o tan solo un tonto anciano,
o tal vez sólo un poeta,
o el más docto de los sabios.
No importando ya quien era,
se decía de este sabio
que guardaba una reliquia
con poder ilimitado,
que sería conferida
al que a juicio del anciano
demostrara fuerza y celo
para optar por gloria y mando,
y así cientos de guerreros
emprendían cada año
los más arduos de los viajes
de los sitios más lejanos,
de la jungla de Indochina,
o del puerto de Qingdao,
de las dunas del gran Gobi
o los montes frente al Caspio.
Congregábanse en el Tíbet
y ante el templo del anciano
combatían cuerpo a cuerpo
esperando ser nombrados,
mas pasaban los decenios
y jamás el ermitaño
entregaba la medalla
a ninguno de los tantos.
Pero un día, bajo un árbol,
un cerezo milenario,
de la isla de Formosa
un viajero solitario
encontró por coincidencia
al anciano meditando
y parado frente a éste
conversaron por un rato.
Ignoraba el caminante
la leyenda de aquel sabio,
mas partió de aquel paraje
con la joya entre sus manos.
No llegó a ser poderoso
el viajero desarmado
y jamás a aquellas tierras
los guerreros regresaron,
y ya el viejo octogenario,
su tesoro habiendo dado,
se sentó bajo el cerezo
esperando al solitario,
mas fue vana tanta espera
pues jamás volvió a avistarlo
y murió desvanecido
a la sombra de aquel árbol.
Presenciaron esta historia
los ancianos tibetanos
y se hizo una leyenda
de la joya y de aquel sabio,
desde entonces entre ellos
el tesoro fue nombrado
con el nombre del viajero:
La medalla de Shuijiao,
gris alhaja escasa en gemas,
galardón ya despreciado,
un tesoro sin valía,
corazón de un pobre anciano.
The Jester (01/09/2012)
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