Évano
Libre, sin dioses.
A veces, cuando llueve, pienso
que los ángeles usan, otra vez,
el wáter de la sala de la Tierra.
Quizás otra fiesta donde se parten
de risa con lo que ocurre en este planeta.
Los imagino meando, sonriendo
con lo que alguno de ellos ha dicho en la sala;
o mientras vomitan, porque hay días de barro,
días que caen ranas, y peces.
Algunas veces, cuando por el cristal resbala
la luz de agua
y el golpeo de las gotas me llevan
a inhalar el olor de la tierra, pienso
en un universo deshecho
al contemplar tanto martirio
y tanta belleza y esfuerzo
por no ser una mota más
de polvo inútil e inerte pululando
por el inocuo cosmos de la nada.
Pero siempre, cuando llueve, recuerdo
al niño de libros que cubre su cabeza
mientras corre y cruza y salta
las rieras y calles del barrio.
Y cuando soy tristeza y llueve, reproduzco
las tormentas, las noches
entre mantas, fiebres y temblores,
y rayos y relámpagos, y el amor
de la mano de la madre aposentada en mi frente.
La mano, dedos trazando caminos
dibujados por la lluvia en los cristales
de una ventana que resiste al mundo
y a un tiempo que ya no importa ni existe.
Luego, desnudo en el balcón,
lanzo a la pluvia
las hojas de mis poemas y veo
cómo millones de agualuces besan
y blanden como lanzas diminutas
de los ángeles borrachos de la sala de la Tierra.
Acaban en las cuencas de los ojos
de los esqueletos moribundos,
de los casi muertos.
Aunque quisiera que penetraran los áridos poros de la tierra
y germinara la polvorienta memoria reseca.
que los ángeles usan, otra vez,
el wáter de la sala de la Tierra.
Quizás otra fiesta donde se parten
de risa con lo que ocurre en este planeta.
Los imagino meando, sonriendo
con lo que alguno de ellos ha dicho en la sala;
o mientras vomitan, porque hay días de barro,
días que caen ranas, y peces.
Algunas veces, cuando por el cristal resbala
la luz de agua
y el golpeo de las gotas me llevan
a inhalar el olor de la tierra, pienso
en un universo deshecho
al contemplar tanto martirio
y tanta belleza y esfuerzo
por no ser una mota más
de polvo inútil e inerte pululando
por el inocuo cosmos de la nada.
Pero siempre, cuando llueve, recuerdo
al niño de libros que cubre su cabeza
mientras corre y cruza y salta
las rieras y calles del barrio.
Y cuando soy tristeza y llueve, reproduzco
las tormentas, las noches
entre mantas, fiebres y temblores,
y rayos y relámpagos, y el amor
de la mano de la madre aposentada en mi frente.
La mano, dedos trazando caminos
dibujados por la lluvia en los cristales
de una ventana que resiste al mundo
y a un tiempo que ya no importa ni existe.
Luego, desnudo en el balcón,
lanzo a la pluvia
las hojas de mis poemas y veo
cómo millones de agualuces besan
y blanden como lanzas diminutas
de los ángeles borrachos de la sala de la Tierra.
Acaban en las cuencas de los ojos
de los esqueletos moribundos,
de los casi muertos.
Aunque quisiera que penetraran los áridos poros de la tierra
y germinara la polvorienta memoria reseca.
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