carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
Haya llovido o no, llegaron a la orgía.
Y llueve a campo abierto y, en las calles,
la gente está llenando sus calderos.
Desde los cielos
una dulzura, cándida y jugosa, se vacía.
Casi todo corazón,
como si fuera excéntrico,
la intuición de las cosas intenta,
la persigue y, como por leche santa,
a todo adjunta su fuerza y vida.
Ninguno está seguro
¡pero la intuición basta!
La lógica, por argumentativa,
es tarro de clamores.
Está lloviendo a cántaros.
Las garrafas se rebosan caprichosamente,
llenas de desagravios y empirismos.
La libertad es la sustancia acuosa
tan fresca como pezones pubescentes
y labios y lirios.
La mente funciona esta mañana
sin acierto, sin pegar una,
yendo a las batuecas,
cuando intenta entender la duración,
la experiencia vital en madrugada.
La inducción lógica se ha cimentado
en nada, en vacío.
Mala es la generalidad que se valida
sin su raíz en los particulares,
sin estos avatares de agua cristalina.
Acá abajo
el terco como mula
tiene en la mano una jarra
y el más feliz, el bueno,
su vaso de contento.
Desde las cancelas, las niñas averiguan
si el placer las hará conejillos de Indias
yendose al desagüadero de sus calles
(las cuitas informuladas, silenciosas),
río abajo, sin señales...
¿Cuál es la naturaleza de esta lluvia
que reparte viejo amor, con nueva democracia,
por qué azota un dulce trueno,
su ánimo de luz y desaparece, en puntillas,
eyaculándose al parecer sobre el gran cántaro
de los cielos abiertos como muslos?
¡Está lloviendo a cántaros!
El grandioso evento, la lluvia misma,
es nueva hoy, ¿será nueva mañana?
11-9-97 / De mi libro «La casa»
Y llueve a campo abierto y, en las calles,
la gente está llenando sus calderos.
Desde los cielos
una dulzura, cándida y jugosa, se vacía.
Casi todo corazón,
como si fuera excéntrico,
la intuición de las cosas intenta,
la persigue y, como por leche santa,
a todo adjunta su fuerza y vida.
Ninguno está seguro
¡pero la intuición basta!
La lógica, por argumentativa,
es tarro de clamores.
Está lloviendo a cántaros.
Las garrafas se rebosan caprichosamente,
llenas de desagravios y empirismos.
La libertad es la sustancia acuosa
tan fresca como pezones pubescentes
y labios y lirios.
La mente funciona esta mañana
sin acierto, sin pegar una,
yendo a las batuecas,
cuando intenta entender la duración,
la experiencia vital en madrugada.
La inducción lógica se ha cimentado
en nada, en vacío.
Mala es la generalidad que se valida
sin su raíz en los particulares,
sin estos avatares de agua cristalina.
Acá abajo
el terco como mula
tiene en la mano una jarra
y el más feliz, el bueno,
su vaso de contento.
Desde las cancelas, las niñas averiguan
si el placer las hará conejillos de Indias
yendose al desagüadero de sus calles
(las cuitas informuladas, silenciosas),
río abajo, sin señales...
¿Cuál es la naturaleza de esta lluvia
que reparte viejo amor, con nueva democracia,
por qué azota un dulce trueno,
su ánimo de luz y desaparece, en puntillas,
eyaculándose al parecer sobre el gran cántaro
de los cielos abiertos como muslos?
¡Está lloviendo a cántaros!
El grandioso evento, la lluvia misma,
es nueva hoy, ¿será nueva mañana?
11-9-97 / De mi libro «La casa»