Con una tristeza vaga y tenue,aquella mujer dibuja en su pálido semblante el rumor de cientos de espíritus condenados a lamentarse en las profundidades abismales de un trascendental tártaro:donde el azufre y la cal hieren sin cesar al son monótono de un violín chirriante que el demonio toca con furibunda ira de dios enrojecido e hinchado por las cuitas que propaga hacia su esencia su doble fantasmal:ni más ni menos que el alma de la naturaleza.En el frontispicio trágico de aquella hembra se propaga la sinuosa remembranza de una tristeza cuyas gotas de sangre van a caer al vertedero obscuro de su propio corazón desgarrado por un punzante dolor que proviene,como un eco calamitoso,de los abismos abiertos de la monocorde locura en silencio ya rota y desgarrada:como un oropel manchado de vino blanco y que se niega a ser lavado en los rayos áureos de una mañana de abril.Prefiriendo la noche invernal de un diciembre donde la Santa Compaña,con su pompa y marcha triunfal va seguida de miles de cadáveres que aquella espectacular mujer de ojos de zafiro no deja de contemplar mientras la luna macilenta en fase creciente ilumina los campos vastos de la traicionera sinrazón.