Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
La luna dejó de ser mi espejo en la órbita de los desvelos.
Sus fases son ahora costras de luz en mi almohada, me observa con la indiferencia de un reloj
descompuesto en la torre del cráneo.
Ya no responde a mis saludos lunambularios: mi sombra se hace fósil de humo cada vez que intento saludarla.
Sin su latido plateado, la noche es una ceniza de grito.
Mi nombre se erosiona en las esquinas, y el tiempo, ese vidrio roto, me corta al caminar.
Los astros me escupen reflejos oxidados, y ella, la ingrávida, es una moneda que no compra ninguna noche.
Trepo por las escaleras del insomnio
hacia su cicatriz que se aleja en el atlas de la náusea.
El cosmos, un laberinto de huesos secos, mientras mi cuerpo se deshilacha como un verso sin ritmo.
Sólo me queda morder el eclipse hasta sangrar astros falsos,
sabiendo que su olvido es una pupila invertida borrando mis pasos de tiza en el vacío.
Sus fases son ahora costras de luz en mi almohada, me observa con la indiferencia de un reloj
descompuesto en la torre del cráneo.
Ya no responde a mis saludos lunambularios: mi sombra se hace fósil de humo cada vez que intento saludarla.
Sin su latido plateado, la noche es una ceniza de grito.
Mi nombre se erosiona en las esquinas, y el tiempo, ese vidrio roto, me corta al caminar.
Los astros me escupen reflejos oxidados, y ella, la ingrávida, es una moneda que no compra ninguna noche.
Trepo por las escaleras del insomnio
hacia su cicatriz que se aleja en el atlas de la náusea.
El cosmos, un laberinto de huesos secos, mientras mi cuerpo se deshilacha como un verso sin ritmo.
Sólo me queda morder el eclipse hasta sangrar astros falsos,
sabiendo que su olvido es una pupila invertida borrando mis pasos de tiza en el vacío.