Sólo tiene doce años
y la cara llena de carbón.Nunca ha sabido lo que era una pelota,
ni un amigo, ni un plato caliente.
Ya no quedan lágrimas en sus ojos,
tan negros como el pozo
en el que se entierra catorce horas
todos los días... para traer unas
pocas monedas que sus padres
cambian por aguardiente.
Antes de marcharse siempre acaricia
con esos muñones que tiene por manos
el pelo sucio y estropajoso de su hermana.
También le da un beso.
Esa mañana iba a ser el último:
La mina había decidido que ya había sufrido bastante.
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Churrete
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