mauricio aguirre
Poeta fiel al portal
De qué sirve mí voz, si no se callar a las miradas
Que vociferan con sigilo lo que llevo oculto
En las paredes blancas de mí firmamento.
Absueltas están de mi condena, más no del fuego
Ni del cielo rojo hambriento de miradas sucias e impías,
Que apacible espera devorarles sus pupilas dilatadas.
Así, la apatía y la indiscreción de las miradas insolentes
Que juzgan sin quitarse si quiera la espiga del ojo;
Consentidas permanecen revueltas en alcohol,
A la espera del juicio aniquilante de sus pérfidas visiones,
Balbuceando con tono etílico lo que dicen saber
De mis gastados huesos.
Por eso, en la infinidad de las miradas perdidas
Veo arder sus almas en el fuego que no se apaga,
Mientras sus ojos enrojecen hasta la caída
De un bello y febril atardecer calcinado.
Calcinado de caminar cegado de razón entre las brasas
Calcinado por no ver la verdad que hay en el corazón del universo,
Calcinado por haber abrazado y juzgado al sol con desnudas manos.
Por la prisa de miradas asesinas,
Por querer ver más allá de lo que corazón del cielo
Oculta a la ventana del alma,
Por no tener fe en lo que uno está viviendo,
Por todo ello acabamos como ánimas extintas.
Que vociferan con sigilo lo que llevo oculto
En las paredes blancas de mí firmamento.
Absueltas están de mi condena, más no del fuego
Ni del cielo rojo hambriento de miradas sucias e impías,
Que apacible espera devorarles sus pupilas dilatadas.
Así, la apatía y la indiscreción de las miradas insolentes
Que juzgan sin quitarse si quiera la espiga del ojo;
Consentidas permanecen revueltas en alcohol,
A la espera del juicio aniquilante de sus pérfidas visiones,
Balbuceando con tono etílico lo que dicen saber
De mis gastados huesos.
Por eso, en la infinidad de las miradas perdidas
Veo arder sus almas en el fuego que no se apaga,
Mientras sus ojos enrojecen hasta la caída
De un bello y febril atardecer calcinado.
Calcinado de caminar cegado de razón entre las brasas
Calcinado por no ver la verdad que hay en el corazón del universo,
Calcinado por haber abrazado y juzgado al sol con desnudas manos.
Por la prisa de miradas asesinas,
Por querer ver más allá de lo que corazón del cielo
Oculta a la ventana del alma,
Por no tener fe en lo que uno está viviendo,
Por todo ello acabamos como ánimas extintas.
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