Lírico.
Exp..
La misiva de Whitman
Yo aquí,
dentro de casa,
frotando el verso,
a ver si sale el genio del poema
y me ilumina.
Y allí fuera la noche,
ese astuto trilero de las sombras,
haciendo lo que quiere con borrachos
y enamorados;
con sueños que no quieren acostarse
y salen a los bares,
sedientos y rijosos.
Y yo aquí, en casa,
haciendo malabares con mi vida;
jugándome el pellejo en cada verso;
pidiéndole a Walt Whitman
una limosna cósmica;
rogándole que envíe una misiva
hasta mi domicilio de la Tierra,
desde su eterna
morada sideral,
y conseguir así
que este fárrago pueda
parecer un poema.
Joder, me lo imagino
tocándose la barba
enorme de sapiencia,
en plan Gandalf el Gris
o el Blanco, que más da;
chasqueando la lengua y mascullando
la fútil vanidad de mi porfía;
este predicamento
en que me hundo.
Tal vez,
no estoy interpretando
al viejo Whitman
como debiera hacerlo.
Tal vez, se esté moviendo
sobre su linda estrella,
afanado en crear
la más prolija guía,
en pos de que mi intento
finalmente resulte
en algo similar
a algún poema.
Quizás me envíe hojas
de yerba de la buena
-ya empezamos de nuevo-,
de yerba lírica
se entiende,
y logre ser mi verso,
incluso, original,
qué duda cabe.
Quizás ahora se ríe,
me ha parecido oírle;
se está carcajeando el hijo puta.
No sé,
mi boli y mi cuaderno,
aquí dentro de casa,
allí fuera la noche,
ese trilero astuto que se pone
tibio de lo que os diga.
En fin,
la Eternidad;
Walt Whitman;
este poema.
Yo aquí,
dentro de casa,
frotando el verso,
a ver si sale el genio del poema
y me ilumina.
Y allí fuera la noche,
ese astuto trilero de las sombras,
haciendo lo que quiere con borrachos
y enamorados;
con sueños que no quieren acostarse
y salen a los bares,
sedientos y rijosos.
Y yo aquí, en casa,
haciendo malabares con mi vida;
jugándome el pellejo en cada verso;
pidiéndole a Walt Whitman
una limosna cósmica;
rogándole que envíe una misiva
hasta mi domicilio de la Tierra,
desde su eterna
morada sideral,
y conseguir así
que este fárrago pueda
parecer un poema.
Joder, me lo imagino
tocándose la barba
enorme de sapiencia,
en plan Gandalf el Gris
o el Blanco, que más da;
chasqueando la lengua y mascullando
la fútil vanidad de mi porfía;
este predicamento
en que me hundo.
Tal vez,
no estoy interpretando
al viejo Whitman
como debiera hacerlo.
Tal vez, se esté moviendo
sobre su linda estrella,
afanado en crear
la más prolija guía,
en pos de que mi intento
finalmente resulte
en algo similar
a algún poema.
Quizás me envíe hojas
de yerba de la buena
-ya empezamos de nuevo-,
de yerba lírica
se entiende,
y logre ser mi verso,
incluso, original,
qué duda cabe.
Quizás ahora se ríe,
me ha parecido oírle;
se está carcajeando el hijo puta.
No sé,
mi boli y mi cuaderno,
aquí dentro de casa,
allí fuera la noche,
ese trilero astuto que se pone
tibio de lo que os diga.
En fin,
la Eternidad;
Walt Whitman;
este poema.
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