La siembra de la ladera
parece en la distancia,
que ha afeitado un pedazo
de su cabellera verde,
la majestuosa montaña;
pequeña y tonta
bajo la nubes,
alta y oronda
sobre las palmas.
Vértebra fina y hermosa
que rutila al mediodía,
eslabón de la columna,
que inerte y arrogante,
adormecida y silenciosa,
recorre mi isla
de punta a cabo.
¿Qué ojos al mirarte
no descorchan presurosos
una felíz sonrisa
de anhelos y esperanzas?
¿Qué alma frente a tí
no percibe un embeleso
en la magia inexplicable
de tu fuerza maternal?
Dulce señora
con tu vestidito verde,
dueña del ocaso y la aurora,
¡Ojalá que vivas
mientras yo exista!
Y aunque no exista,
¡Qué reposes tranquila
sobre mi tierra siempre!
parece en la distancia,
que ha afeitado un pedazo
de su cabellera verde,
la majestuosa montaña;
pequeña y tonta
bajo la nubes,
alta y oronda
sobre las palmas.
Vértebra fina y hermosa
que rutila al mediodía,
eslabón de la columna,
que inerte y arrogante,
adormecida y silenciosa,
recorre mi isla
de punta a cabo.
¿Qué ojos al mirarte
no descorchan presurosos
una felíz sonrisa
de anhelos y esperanzas?
¿Qué alma frente a tí
no percibe un embeleso
en la magia inexplicable
de tu fuerza maternal?
Dulce señora
con tu vestidito verde,
dueña del ocaso y la aurora,
¡Ojalá que vivas
mientras yo exista!
Y aunque no exista,
¡Qué reposes tranquila
sobre mi tierra siempre!