Pantematico
Amargo el ron y mi antipática simpatía.
Tengo pastillas de colores repartidas por todos lados
pero en un cajón las que tienen fechas de caducidad y permisos para bailar;
en la pantalla del televisor Netflix, pero pocas ganas de seguir,
un pescado en el plato, creo que se está pudriendo
y una pinche mosca culera, que no quiere ser recuerdo.
Soy un enorme pervertido confinado a la castidad propia de la vejez
y escribo en mi diario digital la ilusión de bailar nuevamente
con pasos horizontales o verticales, que ya no importa
cuando la lluvia llega, es forzoso mojarse
para solo escribir pendejadas y combatir suspiros.
Es que ya no importa acariciar pieles ajenas
cuando mi sábana esta llena de agujeros.
Y si la mosca sigue chingando sobre el pescado,
prendiendo luces de emergencia para ahuyentar milagros
expropiando putrefacción que se ha quedado retenida
el poco tiempo que falte
en esa cama que nunca volverá a ser llenada.
Tengo pastillas de colores repartidas entre espacios de hierba
y un humo alucinante que calma el desespero
para no volver a escribir un diario que rara vez leo
y esperar el momento en que la la mosca y yo
decidamos ser recuerdo.
pero en un cajón las que tienen fechas de caducidad y permisos para bailar;
en la pantalla del televisor Netflix, pero pocas ganas de seguir,
un pescado en el plato, creo que se está pudriendo
y una pinche mosca culera, que no quiere ser recuerdo.
Soy un enorme pervertido confinado a la castidad propia de la vejez
y escribo en mi diario digital la ilusión de bailar nuevamente
con pasos horizontales o verticales, que ya no importa
cuando la lluvia llega, es forzoso mojarse
para solo escribir pendejadas y combatir suspiros.
Es que ya no importa acariciar pieles ajenas
cuando mi sábana esta llena de agujeros.
Y si la mosca sigue chingando sobre el pescado,
prendiendo luces de emergencia para ahuyentar milagros
expropiando putrefacción que se ha quedado retenida
el poco tiempo que falte
en esa cama que nunca volverá a ser llenada.
Tengo pastillas de colores repartidas entre espacios de hierba
y un humo alucinante que calma el desespero
para no volver a escribir un diario que rara vez leo
y esperar el momento en que la la mosca y yo
decidamos ser recuerdo.