La muerte del otoño viviente

jorge marecos

Poeta recién llegado
Por las tardes de los días de abril,caminaba monótonamente Francisco Silvero por las calles empapadas de miseria.Eran tardes donde el horizonte mostraba cadavérico su rostro de flor encarnada, decaída y malhumorada que en jardines encestrales se había regocijado desde lo alto ante la marchita e indecorosa tierra de desterrados que formaron parte alguna vez de un mundo fantástico,y que ahora,sin embargo,se rehusaban a creer en él.

En uno de esos caminares diarios,Francisco Silvero sintió que la vida se le acababa.Entonces a su ajado cuerpo y a su icertidumbre existencial,insaciada por cual sea de las religiones,los empezó a hacer de lado.La vida se le terminaba de una u otra manera, y eso era su único consuelo.

El atardecer era grisáceo, y los árboles,sumidos en un profundo pesar y una tierna compasión falsificada,meneaban su acanada cabellera al son de la presumida brisa de otoño.

Al llegar al final de la calzada que había tomado minutos antes,Francisco Silvero se encontró ante el portón de un viejo cementerio.Ese encuentro no fue extraño para él,que estaba ansioso por cruzarlo y encontrarse con su gente querida.

-Alguien como yo sólo debe aguardar la muerte del otoño viviente-se dijo.

El anochecer se extendía sobre toda una naturaleza semimuerta, y Francisco,absorto en ello,observaba su lóbrego y solo nicho a lo lejos.


20/06/10
 

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