El Arbol
Poeta recién llegado
LA MUERTE PEQUEÑA
Yo pretendo dejar una huella en tu mente,
arrancarnos a ambos del sueño.
¿Cómo traer a la tierra todo aquello que descubro en ti?
No voy a negar tu rostro en la luna creciente,
quiero dibujarlo en el amanecer.
No encontrarás en estos versos
el cuerpo vacío de las flores,
ni sus pétalos bailando, ni la brisa veraniega.
Hallarás
mis poros abiertos tratando de respirar
tu tacto imaginado en un escalofrío.
“Eres la imagen soñada de la cual despertó un ciego;
el vaso donde morimos,
la luz refractada en un prisma,
la oscuridad donde nos unimos
y el abismo a donde descendemos.”
Llegamos a ser el lienzo de una pintura surrealista,
la realidad despojada de su prisión banal.
Una pincelada en el cielo
nos pinta durante el beso que explota en la atmósfera.
¿Donde han quedado tus ojos varados,
aquel espacio en que duermen, flotando,
las fantasías de tu pupila?
¿Se ha caído de tu mano,
aquel deseo enardecido de una espiga solitaria
buscando un sol inefable?
Tus soñolientas pestañas
se hunden bajo el antaño placer venusino.
Un ojo pardo va guiando al universo,
devorando cientos de años
contenidos en nefandos sueños imaginados.
¡Oh¡ ¡Imaginados y entretejidos!
Envueltos sobre sí mismos.
Escribo ahora, y soy otro:
Un hacedor haciéndose irreconocible.
Soy otro, porque yo soy la hoja que cae.
La tinta esculpe sobre mi pecho
una figura retórica distinta a mí;
es la escritura blanda de las notas musicales.
Vuelve al yugo manifiesto
el sabor de la caligrafía
escapando de la boca otrora de mi persona anterior:
Quien fui soy ahora,
seré quien mira detrás de la puerta.
La construcción de una realidad inventada
será la pluma que escriba mis pasos.
No quiero,
no quiero salir del abrazo eterno que irradia tu vientre,
no hay más a donde ir, a donde caminar.
Se ha borrado el sendero avistado una vez,
solo una vez contemplado
por miradas de ensoñaciones perfectas.
El paisaje mana de tu sexo
como un río de piedras filosas
solo una vez admirado,
solo una vez advertido.
Eres la muerte pequeña,
la eterna llanura perecedera,
eres la niña que ríe,
la hórridamente despierta.
La sábana intangible de tu tacto
lo cubre todo,
abarca el sueño evanescente.
Ya nada más importa,
la última gota ha caído
para absorberse a sí misma
sobre la tierra de nadie.
La arena
me ha desvanecido en este silencio inerte,
me he transformado en una quietud inamovible,
echando raíces en el barro endurecido,
buscando con mi apéndice las sobras
que algún poeta descuidado
haya dejado caer en el suelo arisco;
las migajas de su pan imaginario.
Sobre las dunas pintadas de hiel
tu templo movedizo se erige frente a mí,
me ahoga en su insomne presencia
estrujando mi garganta de papel.
El sol reza en una sala obelisca
donde tu voz se ofrece desnuda.
Observo tu rostro
cual mirada cóncava en un espejo.
Una curva en la crítica lógica, y vuelve,
vuelve a reflejarse entre tus piernas,
como una visión idílica,
aquella porción
de una llamarada ascendente.
La vida se funde con una realidad incomprobable que acaba.
No existe más la caravana fantástica
para reconocer lo imaginario.
Poco a poco soy arrebatado,
arrastrado impunemente hacia tu mundo de perdiciones,
de frutos podridos, áridos corazones
desmoronándose en tus manos,
no soy el primero,
tampoco seré el último.
Yo pretendo dejar una huella en tu mente,
arrancarnos a ambos del sueño.
¿Cómo traer a la tierra todo aquello que descubro en ti?
No voy a negar tu rostro en la luna creciente,
quiero dibujarlo en el amanecer.
No encontrarás en estos versos
el cuerpo vacío de las flores,
ni sus pétalos bailando, ni la brisa veraniega.
Hallarás
mis poros abiertos tratando de respirar
tu tacto imaginado en un escalofrío.
“Eres la imagen soñada de la cual despertó un ciego;
el vaso donde morimos,
la luz refractada en un prisma,
la oscuridad donde nos unimos
y el abismo a donde descendemos.”
Llegamos a ser el lienzo de una pintura surrealista,
la realidad despojada de su prisión banal.
Una pincelada en el cielo
nos pinta durante el beso que explota en la atmósfera.
¿Donde han quedado tus ojos varados,
aquel espacio en que duermen, flotando,
las fantasías de tu pupila?
¿Se ha caído de tu mano,
aquel deseo enardecido de una espiga solitaria
buscando un sol inefable?
Tus soñolientas pestañas
se hunden bajo el antaño placer venusino.
Un ojo pardo va guiando al universo,
devorando cientos de años
contenidos en nefandos sueños imaginados.
¡Oh¡ ¡Imaginados y entretejidos!
Envueltos sobre sí mismos.
Escribo ahora, y soy otro:
Un hacedor haciéndose irreconocible.
Soy otro, porque yo soy la hoja que cae.
La tinta esculpe sobre mi pecho
una figura retórica distinta a mí;
es la escritura blanda de las notas musicales.
Vuelve al yugo manifiesto
el sabor de la caligrafía
escapando de la boca otrora de mi persona anterior:
Quien fui soy ahora,
seré quien mira detrás de la puerta.
La construcción de una realidad inventada
será la pluma que escriba mis pasos.
No quiero,
no quiero salir del abrazo eterno que irradia tu vientre,
no hay más a donde ir, a donde caminar.
Se ha borrado el sendero avistado una vez,
solo una vez contemplado
por miradas de ensoñaciones perfectas.
El paisaje mana de tu sexo
como un río de piedras filosas
solo una vez admirado,
solo una vez advertido.
Eres la muerte pequeña,
la eterna llanura perecedera,
eres la niña que ríe,
la hórridamente despierta.
La sábana intangible de tu tacto
lo cubre todo,
abarca el sueño evanescente.
Ya nada más importa,
la última gota ha caído
para absorberse a sí misma
sobre la tierra de nadie.
La arena
me ha desvanecido en este silencio inerte,
me he transformado en una quietud inamovible,
echando raíces en el barro endurecido,
buscando con mi apéndice las sobras
que algún poeta descuidado
haya dejado caer en el suelo arisco;
las migajas de su pan imaginario.
Sobre las dunas pintadas de hiel
tu templo movedizo se erige frente a mí,
me ahoga en su insomne presencia
estrujando mi garganta de papel.
El sol reza en una sala obelisca
donde tu voz se ofrece desnuda.
Observo tu rostro
cual mirada cóncava en un espejo.
Una curva en la crítica lógica, y vuelve,
vuelve a reflejarse entre tus piernas,
como una visión idílica,
aquella porción
de una llamarada ascendente.
La vida se funde con una realidad incomprobable que acaba.
No existe más la caravana fantástica
para reconocer lo imaginario.
Poco a poco soy arrebatado,
arrastrado impunemente hacia tu mundo de perdiciones,
de frutos podridos, áridos corazones
desmoronándose en tus manos,
no soy el primero,
tampoco seré el último.
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