La mujer del bosque

dulcinista

Poeta veterano en el Portal
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado en el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011
 
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011




uffffffff que intenso y que final durisimo ,pero me atrapo leerte
besos y rp
 
Ay siempre me atrapas esta si que me gusto mucho tu originalidad me encanta soy tu fan numero 1 un deleite siempre leerte,abrazos
 
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eustaquio ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: Un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: No lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: En un ataque de celos había matado a la hija de gabino oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que gabino oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

eladio parreño elías

20-septiembre-2011



guauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu mi querido dulci ...otro relato de esos que erizan los pelos de la piel!!! Creo que tendrÉ que imprimir algunos me estoy volviendo tu fans jijiji.
Excelente insisto no son para leer una sola vez , al menos yo debo leerlos mas de una me encantan!!
Te felicito grandiosa pluma la tuya...
CariÑos isleÑos
un abrazo del porte de mi corazÓn
naty
 
Otra vez te felicito por tu fantástico relato...y por mantener siempre en suspense al lector,yo creo que eso es algo difícil de conseguir,y tu lo consigues,un abrazo.
 
Siempre es un gusto leerte.
Este, podria leerlo en tres partes. Proponen las letras ideas distintas dentro de estas tres partes; Perdona el atrevimiento, es que lo he disfrutado se despiertan imagenes.

Bueno, mejor silencio...Es muy grato leerte, poeta.
 
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011

Eladio, tengo que ir al cardiologo, y tu me vas a pagar la consulta ok???? mira que por poco y me voy al pozo, junto con la difunta, de donde sacas todos estos cuentos macabros y terrorificos???? bueno ya me invitaras algun dia a que hagamos una pelicula de terror, (no mas no vayas a querer que yo sea la protagonista) prefiero ser la administradora ok??? un beso y mis carinos por siempre jamas
http://www.mundopoesia.com/foros/foro-para-duetos/384026-nuestro-amor-sera-siempre-dueto-alicia-salvador.html
 
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011


Hola,
Me dejas paralizadaaaaaaaaaaa
no logro articular palabra,
iche, que espantosa narración.
Un susto pasar por aquí.
Saludos sin estrellas,
porque salgo huyendoooo.
¡No SONRIAS!
 
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011



Jajajaja. Que me parto lo que me queda por partir, jejejeje. Eres tremendo. Desde luego esto de leerte el principio del fin de semana va a ser una terapia para reflexionar que los que nos apesadumbra a diario no es nada comparado con tus sueños, jajajaja. Gracias Eladio por tu tenebroso paseo por las nubes en letras...
Esto va a ser del riego, como decía el humorista J.Mota...
Estrellas perversas quedan impresas...
Vidal
 
Me ha dejado helado en esta noche qque bordea los 2 grados, Te felicito es un tema bien llevado donde la muerte ha congelado un recuerdo en el tiempo como un poltergeist. El talon de aquiles de tu poema exceso de puntos que me distraen de una lectura que pudo ser mucho mas dinamica con la correcta acentuacion de pausas y tiempos . Sin embargo reputacion y calificacion para tu tema.
 
Dulcinista esta vez casi termino con una parálisis, por esa imagen que pusiste. Me asustó. Buen relato, me gustó... Me haces recordar a Alfred Hitchcock.
Mucho suspenso. Gracias por invitarme a leerte. Abrazos. Te dejo estrellas.
 
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Eustaquio Ezeiza vivía en una cabaña rodeada por un frondoso bosque. Una noche, al volver del pueblo, extravió el rumbo. No creía lo que le estaba pasando. Conocía aquel bosque como la palma de su mano. Le echó la culpa de su extravío a la espesa niebla que se había levantado. No reconocía el lugar; hasta los árboles eran distintos. Era otoño. El viento arrastraba las amarillentas hojas de los árboles. Le pareció ver pasar junto a él una sombra. Oyó un grito a su espalda. Vio un resplandor a lo lejos. Se acercó a él. Llegó hasta un pozo. Un perro dormía junto al brocal. Una mujer surgió de entre los árboles. Era hermosa y esbelta. Le pidió que la siguiera. Lo hizo. Llegaron a una explanada sin árboles. Entraron en una cabaña. Le asombró lo que vio en ella: un hombre y una mujer forcejeaban entre sí; la mujer era la aparición del bosque y el hombre era él mismo. Miró a su acompañante. Había desaparecido. Seguía viéndose a sí mismo peleando con la mujer. Vio cómo la aparición, que era él sin serlo realmente, la mataba. Vio el cuchillo clavado el el corazón de la mujer. Huyó despavorido. Le pareció que algo o alguien lo perseguía. Vio al perro que dormía junto al pozo siguiendo sus pasos; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero; lo perseguía con una insistencia de fiera. Oyó gritos en la profundidad del bosque.
Cuando abrió los ojos lo primero que vio fueron las relucientes estrellas. Se había quedado dormido bajo un árbol. Pensó en lo extraños que son algunas veces los sueños. Pensó en lo agradable que era reconocer nuevamente el bosque por el que tantas veces había transitado. Se sintió a salvo de todo. Se alegró de poder volver a casa. Oyó ladridos de perros y gritos de personas. Supuso que lo estarían buscando al haberse perdido. Se alegró de que todo volviera a la normalidad. A lo lejos, divisó a los hombres y a los perros. Como un relámpago, cruzó por su mente la verdad: no lo buscaban, sino que lo perseguían. Recordó lo sucedido la noche pasada: en un ataque de celos había matado a la hija de Gabino Oquendo, el que fuera médico del pueblo, ya fallecido. Cada vez estaban más cerca los perseguidores. Se dio la vuelta pensando en huir. Frente a él había un hombre; sus ojos, de un penetrante color rojo, desprendían un brillo flamígero. Eustaquio se quedó paralizado por el terror. El hombre tenía el mismo rostro que Gabino Oquendo. Lo agarró de un brazo y lo arrastró hasta un pozo escondido en la espesura del bosque. Lo arrojó dentro. No gritó ni opuso resistencia porque antes de ser arrojado al pozo ya estaba muerto. Como la muchacha que yacía dentro y que él había asesinado la noche anterior. Muerto el cuerpo en el pozo y el alma sufriendo en el infierno.

Eladio Parreño Elías

20-Septiembre-2011




Dulcinista
¡¡Santas Virgenes!! ¡¡Qué cosas!!
Osea que fue a parar junto al cuerpo de quien asesino, qué imaginación tienes amigo
logras que el cuerpo del lector se paralice.
Mis estrellas, no puedo dejar repuntuación pero te lo mereces
Cariños grandes
Ana
 
Querido Amigo Eladio.Bueno mientras, no escribas poemas, de amor como te pedí,
sigo leyendo, tus,tétricas letras relato. Pero siempre reconociendo, la ductilidad que,
tenés pa ir llevándonos, con el corazñon en la boca. Felicitaciones. Te mando
Etrellas Besos y Abrazos Blanca
 
Estados alterados, sueños, realidades... el crimen, la culpa, el castigo.
Y ese aire que le das a tus relatos, entre pantanoso y rápido como la corriente de un río.
me encantó. Besos.
 

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