yomboki
Poeta que considera el portal su segunda casa
La musa del supermercado
colecciona miradas en su escote
y fertiliza la emoción de los tratantes
con el dislate de su risa de vidriera.
La diosa cotidiana que en la caja
hace de premio a los maridos regañados
y es la recompensa a los estudiantes obligados,
a hacer las compras en la rutina de los sábados.
La musa del supermercado,
que dulcifica el alto precio de los bienes adquiridos
y fomenta pájaros en la cabeza de los poetas desahuciados,
cuando la vista de sus piernas generosas
pone en olvido los jamones y jabones
y facilita las transacciones con licores de ilusiones.
La musa del supermercado es la propina
y el gancho a aumentar el consumismo
por embarrarse, no mas de dos minutos,
en la cornisa de sus ojos narcóticos,
mientras la fila de esposas envidiosas
crece en tamaño y en insultos reprimidos.
La musa del supermercado
augura besos en sus labios suculentos
y aumenta el flujo de brebajes ansiolíticos
cuando el párroco tropieza sus miradas
en los edenes de su falda diminuta,
mientras el medico del barrio le agradece
el incremento de la taquicardia en los abuelos.
La musa del supermercado vende promesas no pronunciadas
cada día, de nueve a cuatro,
y el resto de su tiempo cotidiano lo desgasta
en mi cabeza,
dándole forma a mis poemas delirantes.
colecciona miradas en su escote
y fertiliza la emoción de los tratantes
con el dislate de su risa de vidriera.
La diosa cotidiana que en la caja
hace de premio a los maridos regañados
y es la recompensa a los estudiantes obligados,
a hacer las compras en la rutina de los sábados.
La musa del supermercado,
que dulcifica el alto precio de los bienes adquiridos
y fomenta pájaros en la cabeza de los poetas desahuciados,
cuando la vista de sus piernas generosas
pone en olvido los jamones y jabones
y facilita las transacciones con licores de ilusiones.
La musa del supermercado es la propina
y el gancho a aumentar el consumismo
por embarrarse, no mas de dos minutos,
en la cornisa de sus ojos narcóticos,
mientras la fila de esposas envidiosas
crece en tamaño y en insultos reprimidos.
La musa del supermercado
augura besos en sus labios suculentos
y aumenta el flujo de brebajes ansiolíticos
cuando el párroco tropieza sus miradas
en los edenes de su falda diminuta,
mientras el medico del barrio le agradece
el incremento de la taquicardia en los abuelos.
La musa del supermercado vende promesas no pronunciadas
cada día, de nueve a cuatro,
y el resto de su tiempo cotidiano lo desgasta
en mi cabeza,
dándole forma a mis poemas delirantes.
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