dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Lo había hecho ya innumerables veces, pero volovió a hacerlo una vez más: miró nuevamente las estrellas. El cansancio o el hastío lo condujeron a la cafetería. Una estufa de leña caldeaba la pieza, decorada de una forma vulgar. Algo propendía en él a la mansedumbre; la torpeza de sus gestos denotaba que no se sentía a gusto ante la gente. Se calentó en la estufa; después muchos whiskys nublaron su mente y lo convirtieron en un ser nuevo, cuyos gestos y palabras indicaban decisión y seguridad. Nunca fue consciente de la metamorfosis que en estos casos se producía en él, por lo tanto, quizás tampoco fue culpable de lo que sucedió sobre la medianoche. Cierta intranquilidad o aburrimiento lo llevaron a fijarse en la mesa donde se jugaba a los dados. Se acercó. Vio que un gigantón de cara cuadrada ganaba siempre. Los seis lo perseguían como a otros el infortunio o la tristeza. Odió a aquel hombre cuya buena suerte parecía no acabar nunca. Su mano buscó nerviosamente algo en los bolsillos de su chaqueta; quizás no esperase encontrar nada, tal vez tan solo fingió buscar algo. Posiblemente se sorprendió al encontrar la navaja de afeitar, introducida en el bolsillo por descuido. La navaja le sirvió para cumplr una necesidad. Una idea cruzó por su mente como un relámpago. - ¡ Ya no ganarás más !-, gritó. Demostró una frialdad de la que no se creía capaz al ver ante sus ojos la afilada hoja llena de sangre. No lo dejaron huir, tampoco se le había ocurrido. Los compañeros del muerto se abalanzaron sobre él. Una de las manos dejó sobre su blanca camisa una mancha de sangre. Nadie llamó a la policía. Lo introdujeron brutalmente en un coche de caballos. Dejaron atrás una plaza con un fauno de marmol en el centro. No llovía, pero una espesa niebla producía una sensación de irrealidad. Dejaron atrás la ciudad; se adentraron en un camino, o eso supuso debido a los saltos de las ruedas. Sintió un picor por todo el cuerpo, como si se le hubiese alborotado la sangre. Siempre se había tomado por un cobarde, pero no sentía miedo. Cuando se paró el coche y lo bajaron a empujones, lo comprendió todo: para él no habría camino de regreso, ya que a unos metros de donde se encontraba había un enorme precipicio. Sus verdugos, callados hasta entonces, comenzaron a gritarle que saltara. Eran como monstruos riéndose de él. No encomendó su alma a Dios cuando saltó. Salvó su vida porque antes de golpear el suelo con su cuerpo, se despertó.
Eladio Parreño Elías
1-Marzo-1991
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