La necesidad satisfecha

Hola dulcinista. Muchas gracias por compartir esta narración tuya. Ciertamente, una vez más reafirmo lo que ya he venido viendo en otros muchos relatos tuyos... sabes crear el ambiente propicio y darle un giro inesperado a la situación... no te negaré que me ha asombrado un poco el uso del patrón: historia con final en estructura "todo fue un sueño"... porque siempre lo encontré un poco "típico"... pero eso no quiere decir nada, porque aunque todo haya sido un sueño, el final no desdibuja para nada la gran tarea que realizas de narración y evolución, tanto ambiental como sobre los personajes. El ser humano es complejo y en tus líneas lo dejas entrever perfectamente... moldeas vanidades, envidias, necesidades que surgen no se sabe muy bien de donde y acciones cuyas razones no son del todo racionales... todo ello me da mucho que pensar, y por eso me agrada tu relato... y en nada le resta valor el hecho de que para mi el final podrías haberlo esbozado con más ingenio, porque sé que de eso no te falta. Y no te me vayas a enfadar conmigo, tan sólo te ofrezco mi más humilde impresión. Sea como fuere, creo que, de la gente que he leído por aquí, y no he leído a muchos (que nadie se me alborote), eres uno de los mejores narradores que he podido leer. Tu dominio salta a la vista. Un saludo desde Barcelona :)
Me alegra mucho que te gusten mis cuentos, como también me alegra que des tu opinión sobre lo que lees. Ya sabes cómo son las musas cuando uno escribe, mi musa en ese momento lo convirtió todo en un sueño y así quedó plasmado en el papel. Pienso que quizás tengas razón, y el final podría haber sido más elaborado. Siempre puedo cambiarlo. Gracias amigo por tu amabilidad. Un fuerte abrazo.
 
Un cuento sórdido, oscuro, y muy imaginativo...tamaño susto me dí...nunca pensé que erea un sueño! jajaja logras el objetivo de atraer la atención y esperar algo al final.
Me gusta tu escribir querido amigo
abrazos desde estos lugares
Alzahara
Me siento muy halagado de que te haya gustado mi cuento. Fue para mí un placer tenerte por la senda de mis escritos, como muy bien dices tú, sórdidos y oscuros. Gracias. Un beso.
 
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Lo había hecho ya innumerables veces, pero volovió a hacerlo una vez más: miró nuevamente las estrellas. El cansancio o el hastío lo condujeron a la cafetería. Una estufa de leña caldeaba la pieza, decorada de una forma vulgar. Algo propendía en él a la mansedumbre; la torpeza de sus gestos denotaba que no se sentía a gusto ante la gente. Se calentó en la estufa; después muchos whiskys nublaron su mente y lo convirtieron en un ser nuevo, cuyos gestos y palabras indicaban decisión y seguridad. Nunca fue consciente de la metamorfosis que en estos casos se producía en él, por lo tanto, quizás tampoco fue culpable de lo que sucedió sobre la medianoche. Cierta intranquilidad o aburrimiento lo llevaron a fijarse en la mesa donde se jugaba a los dados. Se acercó. Vió que un gigantón de cara cuadrada ganaba siempre. Los seis lo perseguían como a otros el infortunio o la tristeza. Odió a aquel hombre cuya buena suerte parecía no acabar nunca. Su mano buscó nerviosamente algo en los bolsillos de su chaqueta; quizás no esperase encontrar nada, tal vez tan solo fingió buscar algo. Posiblemente se sorprendió al encontrar la navaja de afeitar, introducida en el bolsillo por descuido. La navaja le sirvió para cumplr una necesidad. Una idea cruzó por su mente como un relámpago. - ¡ Ya no ganarás más !-, gritó. Demostró una frialdad de la que no se creía capáz al ver ante sus ojos la afilada hoja llena de sangre. No lo dejaron huír, tampoco se le había ocurrido. Los compañeros del muerto se abalanzaron sobre él. Una de las manos dejó sobre su blanca camisa una mancha de sangre. Nadie llamó a la policía. Lo introdujeron brutalmente en un coche de caballos. Dejaron atrás una plaza con un fauno de marmol en el centro. No llovía, pero una espesa niebla producía una sensación de irrealidad. Dejaron atrás la ciudad; se adentraron en un camino, o eso supuso debido a los saltos de las ruedas. Sintió un picor por todo el cuerpo, como si se le hubiese alborotado la sangre. Siempre se había tomado por un cobarde, pero no sentía miedo. Cuando se paró el coche y lo bajaron a empujones, lo comprendió todo: para él no habría camino de regreso, ya que a unos metros de donde se encontraba había un enorme precipicio. Sus verdugos, callados hasta entonces, comenzaron a gritarle que saltara. Eran como monstruos riéndose de él. No encomendó su alma a Dios cuando saltó. Salvó su vida porque antes de golpear el suelo con su cuerpo, se despertó.

Eladio Parreño Elías

1-Marzo-1991
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Final apoteosico poeta, menuda narración hasta yo misma estaba sudando como si fueran a instarme a saltar por el precipicio
Buenisimo de verdad amigo, estas hecho un narrador casi de oficio, ya lo eres de hecho, estas malgastando tu habilidad.
Todas mis estrellas Eladio sigue brillando, besos de mar

Mi querida amiga Conxa, tus palabras halagan a mi alma algunas veces necesitada de estímulos como el tuyo para seguir escribiendo. Besos, mi querida poetisa.
 
Facinante relato, muy bien llevado hasta el final. Respiro en el último momento después de la angustia de encontrarse en un callejón sin salida. Un placer pasar. Abrazos y estrellas.
 
Eladio,

Me puedes explicar cómo es que me atrapas
nuevamente en tus relatos?
a veces siento que
soy un personaje de tus cuentos y me asusta el final que
me darás, o quien sabe a lo mejor me salvas y me despiertas.:::blush:::

Eladio me encantó la forma en que manejaste el momento mismo de la muerte, pues aunque toda la historia gira alrededor del homicidio llegas a ella con delicadeza y pasas sin hacerlo notar. Y la necesidad queda satisfecha así sea en sueños..... dicen que lo que se sueña se desea. . . a quien querría matar este hombre? mmm no se... jeje.
Besitos a tu corazón amigo. Osa. :::blush:::
 
Mi querida Osa, como siempre muy acertada y genial en tus comentarios. Pienso que el protagonista lo que realmente quería era matar algo que había en él, quizás una forma de ser propia que no lo dejaba ser realmente feliz, aunque quién sabe lo que pasaba por la cabeza de ese hombre cuando hizo lo que hizo. Un beso para ti, mi querida amiga.
 
Muchas veces he soñado y al despertar encuentro que mi cuerpo fue presa de mi sueño o pesadilla...pero más asombrada cuando en pocos días se cumplen o se hacen realidad...hermoso relato
 
Tremenda narración amigo Eladio!! Me atrapó desde el inicio y me fué envolviendo hasta el inesperado final. Un sueño, una pesadilla mejor dicho!!n¡ Nunca lo sospeché.... Un fuerte y cariñoso abrazo amigo querido con mi admiración por tu genio creativo.
 
... que atenta me mantuvo hasta un final de puro duelo... Muy bueno Dulcinista... Es usted todo un artista del desconcierto... Le felicito. Muchas gracias

Un fuerte abrazo
 
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Lo había hecho ya innumerables veces, pero volovió a hacerlo una vez más: miró nuevamente las estrellas. El cansancio o el hastío lo condujeron a la cafetería. Una estufa de leña caldeaba la pieza, decorada de una forma vulgar. Algo propendía en él a la mansedumbre; la torpeza de sus gestos denotaba que no se sentía a gusto ante la gente. Se calentó en la estufa; después muchos whiskys nublaron su mente y lo convirtieron en un ser nuevo, cuyos gestos y palabras indicaban decisión y seguridad. Nunca fue consciente de la metamorfosis que en estos casos se producía en él, por lo tanto, quizás tampoco fue culpable de lo que sucedió sobre la medianoche. Cierta intranquilidad o aburrimiento lo llevaron a fijarse en la mesa donde se jugaba a los dados. Se acercó. Vió que un gigantón de cara cuadrada ganaba siempre. Los seis lo perseguían como a otros el infortunio o la tristeza. Odió a aquel hombre cuya buena suerte parecía no acabar nunca. Su mano buscó nerviosamente algo en los bolsillos de su chaqueta; quizás no esperase encontrar nada, tal vez tan solo fingió buscar algo. Posiblemente se sorprendió al encontrar la navaja de afeitar, introducida en el bolsillo por descuido. La navaja le sirvió para cumplr una necesidad. Una idea cruzó por su mente como un relámpago. - ¡ Ya no ganarás más !-, gritó. Demostró una frialdad de la que no se creía capáz al ver ante sus ojos la afilada hoja llena de sangre. No lo dejaron huír, tampoco se le había ocurrido. Los compañeros del muerto se abalanzaron sobre él. Una de las manos dejó sobre su blanca camisa una mancha de sangre. Nadie llamó a la policía. Lo introdujeron brutalmente en un coche de caballos. Dejaron atrás una plaza con un fauno de marmol en el centro. No llovía, pero una espesa niebla producía una sensación de irrealidad. Dejaron atrás la ciudad; se adentraron en un camino, o eso supuso debido a los saltos de las ruedas. Sintió un picor por todo el cuerpo, como si se le hubiese alborotado la sangre. Siempre se había tomado por un cobarde, pero no sentía miedo. Cuando se paró el coche y lo bajaron a empujones, lo comprendió todo: para él no habría camino de regreso, ya que a unos metros de donde se encontraba había un enorme precipicio. Sus verdugos, callados hasta entonces, comenzaron a gritarle que saltara. Eran como monstruos riéndose de él. No encomendó su alma a Dios cuando saltó. Salvó su vida porque antes de golpear el suelo con su cuerpo, se despertó.

Eladio Parreño Elías

1-Marzo-1991


Que susto¡¡...cada letra que leía me provocaba escalofríos....ufff...que narración¡¡¡....mantiene al lector con los cabellos erizados de principio a fin.........mil estrellas y reputación......un abrazo cálido
 
este, es completamente suculento.
perdona...es que este, me ha encantado.

lo tiene todo, imagenes burdas, elegancia, oscuridad, contrariedad, el tiempo tan individual y desfasado en el que el personaje vive el instante...un final perturbador...y mejor me silencio, todo un agasajo de letras.
 
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Lo había hecho ya innumerables veces, pero volovió a hacerlo una vez más: miró nuevamente las estrellas. El cansancio o el hastío lo condujeron a la cafetería. Una estufa de leña caldeaba la pieza, decorada de una forma vulgar. Algo propendía en él a la mansedumbre; la torpeza de sus gestos denotaba que no se sentía a gusto ante la gente. Se calentó en la estufa; después muchos whiskys nublaron su mente y lo convirtieron en un ser nuevo, cuyos gestos y palabras indicaban decisión y seguridad. Nunca fue consciente de la metamorfosis que en estos casos se producía en él, por lo tanto, quizás tampoco fue culpable de lo que sucedió sobre la medianoche. Cierta intranquilidad o aburrimiento lo llevaron a fijarse en la mesa donde se jugaba a los dados. Se acercó. Vio que un gigantón de cara cuadrada ganaba siempre. Los seis lo perseguían como a otros el infortunio o la tristeza. Odió a aquel hombre cuya buena suerte parecía no acabar nunca. Su mano buscó nerviosamente algo en los bolsillos de su chaqueta; quizás no esperase encontrar nada, tal vez tan solo fingió buscar algo. Posiblemente se sorprendió al encontrar la navaja de afeitar, introducida en el bolsillo por descuido. La navaja le sirvió para cumplr una necesidad. Una idea cruzó por su mente como un relámpago. - ¡ Ya no ganarás más !-, gritó. Demostró una frialdad de la que no se creía capaz al ver ante sus ojos la afilada hoja llena de sangre. No lo dejaron huir, tampoco se le había ocurrido. Los compañeros del muerto se abalanzaron sobre él. Una de las manos dejó sobre su blanca camisa una mancha de sangre. Nadie llamó a la policía. Lo introdujeron brutalmente en un coche de caballos. Dejaron atrás una plaza con un fauno de marmol en el centro. No llovía, pero una espesa niebla producía una sensación de irrealidad. Dejaron atrás la ciudad; se adentraron en un camino, o eso supuso debido a los saltos de las ruedas. Sintió un picor por todo el cuerpo, como si se le hubiese alborotado la sangre. Siempre se había tomado por un cobarde, pero no sentía miedo. Cuando se paró el coche y lo bajaron a empujones, lo comprendió todo: para él no habría camino de regreso, ya que a unos metros de donde se encontraba había un enorme precipicio. Sus verdugos, callados hasta entonces, comenzaron a gritarle que saltara. Eran como monstruos riéndose de él. No encomendó su alma a Dios cuando saltó. Salvó su vida porque antes de golpear el suelo con su cuerpo, se despertó.

Eladio Parreño Elías

1-Marzo-1991

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Que chévere amigo tus relatos...me gustan, yo esperaba otro final ya sabes..
al menos cumplió sus deseos..
a ver si me adentro en mis sueños y mato a mas de un@.jajaa
como siempre asombras con cada final.....:::banana:::
 

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