La niña que sopló un diente de león y no pidió un deseo.

Ad Libitum

Poeta recién llegado
Llevo allá donde vaya, cuando marcho,
la tristeza de los sauces urbanos,
la desnudez violeta de las jacarandas,
las cosquillas al aire de un campo de lavanda,
el murmullo de grillos y el azahar temprano.

Viene siempre conmigo, cuando vengo,
el sabor amargo de las vinagreras,
la promesa agridulce de los campos de olivos
la simpleza casual de una amapola huérfana
en un monocultivo.

Nunca se me dio bien coleccionar recuerdos
en cajitas compactas,
ni escribir mis memorias en diarios fechados
que empiezan y que acaban.

Sólo supe esbozar algo que olía a lumbre
danzando entre mis dedos, del corazón
al mundo.

Sólo supe llenar de heridas mis rodillas,
sembrar de caracolas todo el mar de mi casa,
recoger del barro con extremo cuidado
mis hojas y mis pétalos caídos
y hacerlas marcapáginas,
para olvidarlas y así poder reencontrarme
cualquier día lejano
en quién sabe qué página
de quién sabe qué libro.

Sólo supe construir en el caos mi memoria.
Hacer de cada paso que mereció las ganas
un diente de león
suspendido a la distancia de un beso
de unos labios infantes semiabiertos.

Sólo supe erigir desde el caos mi historia.
Nacer de cada caída que mereció las alas
un diente de león.

Y echar cada paisaje que me alimentó un día
de un soplo a todas las direcciones del aire
y verlo proyectarse, como un deseo preñado de semillas,
hasta nutrir la tierra que pisaré mañana.
 
Llevo allá donde vaya...
la desnudez...
Viene siempre conmigo, cuando vengo...
nunca se me dio bien...
empieza y acaba al mundo...
en quién sabe que página...
de quién sabe qué libro...
sólo supe erigir desde el caos...
un diente de león.

Hermoso poema hermano poeta!!!. Un abrazo.!!!
 
Muy sentidas las cosas que llevas en tu equipaje, al leer tu bello poema se siente que todo lo que has guardado tristemente en tu corazón es solo para seguir la marcha hacia ese esperanzador mañana. Me ha encantado. Saludos cordiales.


Llevo allá donde vaya, cuando marcho,
la tristeza de los sauces urbanos,
la desnudez violeta de las jacarandas,
las cosquillas al aire de un campo de lavanda,
el murmullo de grillos y el azahar temprano.

Viene siempre conmigo, cuando vengo,
el sabor amargo de las vinagreras,
la promesa agridulce de los campos de olivos
la simpleza casual de una amapola huérfana
en un monocultivo.

Nunca se me dio bien coleccionar recuerdos
en cajitas compactas,
ni escribir mis memorias en diarios fechados
que empiezan y que acaban.

Sólo supe esbozar algo que olía a lumbre
danzando entre mis dedos, del corazón
al mundo.

Sólo supe llenar de heridas mis rodillas,
sembrar de caracolas todo el mar de mi casa,
recoger del barro con extremo cuidado
mis hojas y mis pétalos caídos
y hacerlas marcapáginas,
para olvidarlas y así poder reencontrarme
cualquier día lejano
en quién sabe qué página
de quién sabe qué libro.

Sólo supe construir en el caos mi memoria.
Hacer de cada paso que mereció las ganas
un diente de león
suspendido a la distancia de un beso
de unos labios infantes semiabiertos.

Sólo supe erigir desde el caos mi historia.
Nacer de cada caída que mereció las alas
un diente de león.

Y echar cada paisaje que me alimentó un día
de un soplo a todas las direcciones del aire
y verlo proyectarse, como un deseo preñado de semillas,
hasta nutrir la tierra que pisaré mañana.
 

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