La ninfa del bosque

Juan Roldán

Poeta recién llegado
Hace algún tiempo decidí pasar un fin de semana en soledad. Es algo que, a lo largo de mi vida, he hecho con cierta frecuencia: me permite liberarme de la monótona cotidianidad en la que me desenvuelvo. Elegí un lugar que, por razones que más adelante se harán evidentes, no precisaré. Se trataba de uno de los bosques intocados que aún quedan en la península, un bosque magnífico poblado de árboles centenarios.

En la localidad cercana donde tomé hospedaje apenas quedan ya unos pocos vecinos, todos ancianos, que solo esperan morir en paz en el lugar que los vio nacer. Es, pues, un pueblo austero y silencioso, muy propicio para la introspección —y esa era, evidentemente, la razón por la que lo había elegido para mi breve retiro.

La posada, la única del lugar, estaba regentada por una matrona de edad indefinible que me acogió con el entusiasmo de quien lleva tiempo huérfano de novedades, ávida de conversación y de noticias. Solo la radio, y la prensa con semanas de retraso, ponen a los lugareños en contacto con el mundo exterior.

Tras instalarme en la habitación que me asignó, bajé al salón común —comedor y bar a la vez— presidido por una enorme chimenea apagada por la estación. Mientras aguardaba la cena, la dueña me informó que yo era su primer huésped en al menos dos meses y que no debía extrañarme si, durante mi estancia, algún vecino me abordaba con ánimo de charlar. La posada era el único punto de encuentro del lugar.

Antes de que llegaran las viandas —abundantes y sabrosas, según me aseguró—, se me acercó un simpático vejete, arrugado como una pasa y tan liviano que parecía a punto de elevarse con la menor brisa. Tras el saludo de rigor, me preguntó si aceptaría compartir con él un vaso del recio tinto del lugar. Acepté encantado: a pesar de su aspecto frágil, irradiaba una vitalidad sorprendente.

Una vez despachada la cena y tras varios vasos de aquel vino aceptable, hablamos de lo que ocurría en el mundo. Entonces, el vejete sacó de una petaca un cigarro retorcido de olor pestilente y, con una mirada entre socarrona y divertida, pidió a la dueña sendas copitas de un licor espirituoso —orujo, creo— que me cortó la respiración al primer sorbo.

En ese momento, decidió contarme una historia. Juró que era verídica, aunque a mí me sonó a pura fantasía.
Aspiró el humo, tomó un trago del ardiente licor y, chasqueando la lengua, me preguntó sin preámbulos si creía en seres sobrenaturales. Le respondí de inmediato que no: aquello era superstición de gentes atrasadas. Yo, educado en la sociedad moderna, no daba crédito a lo inexplicable; todo tenía una explicación racional, y los cuentos de brujas eran solo mitos para campesinos crédulos.

Me miró con regocijo y me pidió que escuchara antes de juzgar.
—En lo más profundo del bosque —dijo—, donde se alza un roble varias veces centenario, en ciertas noches de plenilunio, el viejo Pan, huérfano de amor, toca su flauta. Y las ninfas acuden a bailar a sus sones.

Le contesté que aquello era mitología: Pan y las ninfas solo habían existido en la imaginación de hombres antiguos que no hallaban otra forma de explicar lo que veían.
¡Ya! —respondió—. Ya sé que los cultos de la ciudad no creen en esas cosas. Pero yo lo he visto. Hace mucho tiempo, sí, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. No puedo explicarlo con palabras —añadió—, porque solo soy un pobre labriego sin educación. Pero sé lo que vi.

Seguimos charlando hasta bien entrada la madrugada. Sin darme cuenta, bebí un par de copitas más —la dueña las traía sin que yo lo notara— y comencé a sentir esa ligereza que precede a la borrachera. Decidí retirarme antes de que la cosa fuera a más. Nos despedimos; al vejete no se le notaba el licor. Quedamos en seguir la plática otro día.

Acostado, pensando en su historia, decidí seguirla en serio. Al fin y al cabo, había venido en busca de soledad, y en la posada no la encontraría. A la mañana siguiente, tras un desayuno tan generoso como la cena, pregunté a la dueña dónde vivía el vejete. Me indicó su casa sin titubear.

Lo encontré sentado en la puerta, fresco como una lechuga recién cortada.
—¿Te gustó la historia? — me preguntó con una sonrisa ladina—. Tengo más para contarte mientras dure tu estancia.
Le dije que sí, que me había intrigado tanto que quería comprobarla en persona: las fechas coincidían con las que él mencionó. Le rogué que me indicara cómo llegar al lugar del bosque.

Me miró con una expresión indefinible —quizás asombro—, pero no opuso objeción y me dio las indicaciones precisas.

Preparé entonces lo necesario para pasar la noche al raso y abandoné el pueblo a pie. Me interné en el bosque. Era exactamente lo que buscaba: solo los sonidos de la naturaleza y el ritmo de mi propia respiración, algo agitada por la falta de costumbre. El crujido de una ramita, el roce de un insecto espantado, el murmullo del viento entre las hojas, el canto de un pájaro… y, al fondo, el rumor constante de un arroyo. Ese era mi guía: el vejete me había dicho que, siguiendo el primer curso de agua, llegaría al claro encantado.

Al borde del arroyo, calmando la sed con sus aguas prístinas, descansé recostado contra el tronco de un álamo. Me adormecí al susurro del viento entre las hojas, imaginando ya el lugar al que me dirigía. Tras reponer fuerzas con las viandas que la dueña me había preparado, y sin reloj que me guiara, calculé la hora por la posición del sol entre las copas. Sus rayos dibujaban en el suelo formas cambiantes, llenas de misterio —y, también, por el insistente rumor de mi estómago.

Saciado, me tendí sobre la mochila y caí en un sueño breve. Al despertar, recogí todo sin dejar rastro y proseguí mi camino. Llegué al claro cuando el anochecer ya teñía de largas sombras los árboles y la penumbra ganaba terreno al juego de luces.

Valía la pena haber venido.
El claro, de forma irregular y unos cien metros de radio, estaba tapizado de hierba y abrazado por un meandro del arroyo. En su centro, un roble majestuoso se alzaba a más de cuarenta metros, haciendo parecer enanos a los álamos circundantes. Su tronco, orgulloso y solitario, bien podría haber sido altar de druidas. De sus ramas colgaban ristras de musgo, meciéndose con la brisa como velos ancestrales.

Monté mi saco de dormir a la orilla del arroyo, a quince metros del árbol. Cené con lo que me había preparado la matrona, sin olvidar el postre que el vejete me recomendó como “reconstituyente” para quienes, como yo, nos lanzamos a la intemperie sin estar hechos a ella.

Tumbado boca arriba, contemplé un cielo imposible de ver desde la ciudad: las estrellas brillaban por miríadas, y la Vía Láctea desplegaba toda su magnificencia. El silencio era tan profundo que creí oír la sangre circular por mis venas. Hasta el arroyo parecía haber enmudecido.

Entre ensoñaciones —ese estado que no es sueño ni vigilia—, percibí un rumor en el extremo opuesto del claro. Al principio lo ignoré, pero persistía. Abrí los ojos.

El claro estaba bañado por una luz plateada, irreal. La luna, enorme, ocupaba todo el firmamento, y el roble se recortaba nítido contra su fulgor. Los árboles del perímetro permanecían sumidos en sombras densas.
Y allí, junto al tronco, vi figuras danzando.

Eran vaporosas, etéreas, casi sin peso, moviéndose al ritmo de una música que no lograba identificar: alegre, a veces pausada, a veces vertiginosa, con un compás asimétrico que marcaba cada giro. Me quedé boquiabierto.

Fijé la vista en una de ellas. Se resolvió en una silueta femenina, digna del califa Shahriyar. La veía de perfil; sus vestidos sugerían las curvas de la mujer más lujuriosa que jamás hubiera imaginado.
En un giro, su velo cayó, revelando una cabellera de azabache. La luz lunar corría por sus hebras como plata líquida.
Y entonces, sus ojos —verdes, rasgados, profundos— se cruzaron con los míos.

Sentí que el tiempo se detenía.
Su mirada era cálida, íntima, como si danzara solo para mí, prometiendo lo que habría de venir. Imaginé que las huríes del paraíso no eran nada comparadas con aquella criatura. Su sonrisa dejó ver dientes nacarados, labios carnosos del color de un melocotón maduro. Era una sonrisa de complicidad, que ofrecía saciar mi sed con labios de ambrosía.

Quise acercarme, tocarla, pero por más que intenté, siempre permanecía a la misma distancia, girando en torno al roble como si el espacio mismo se resistiera a mi avance. En ese instante, no supe si la odiaba por escapar o me odiaba a mí mismo por no alcanzarla.

No sé cuánto duró su danza. Solo sé que, al cerrar los ojos un instante, todo desapareció.
El claro volvió a la penumbra. El amanecer asomaba, y el arroyo murmuraba con claridad renovada. Recogí mis cosas aún bajo el hechizo, reteniendo en la retina su imagen y en la nariz un leve aroma a jazmín. Pensé en el vejete, en sus historias… y en que, sin saber qué había ocurrido, recordaba cada detalle con cristalina nitidez.

Al atardecer llegué a la posada. Subí directo a mi habitación y dejé dicho a la matrona que al día siguiente preparara la cuenta: había decidido acortar mi estancia y regresar a casa. No conté a nadie lo sucedido.

Al despedirme, pagada la cuenta, salí de la posada. Sentado en un banco frente a la puerta, el vejete me observaba con una sonrisa más socarrona que nunca. No le dije nada; me limité a saludarlo con una leve inclinación de cabeza.
Al girar para subir al coche, me pareció —tal vez por el cansancio— verlo en pie, tocando una flauta.
Su silueta se recortaba contra el cielo… con un extraño aire caprino.
Parpadeé. Ya no estaba allí.

Con el tiempo, el recuerdo se ha desvanecido… o eso me digo a mí mismo.
A veces, en la penumbra de la noche, juro sentir el eco de una flauta lejana.
Y desde aquella noche, ninguna mujer ha sido la misma para mí.
 
LectoraIA · Comentario generado por inteligencia artificial · Condiciones · ¿Eliminar? Usa «Reportar»

Juan Roldán,

Has creado una narración fascinante que navega magistralmente entre lo real y lo onírico. Lo que más me atrapa es cómo construyes la atmósfera de misterio desde el primer párrafo, estableciendo esa tensión entre el escepticismo racional del protagonista y lo inexplicable que está por venir.

Tu uso de la gradación es especialmente hábil: el pueblo austero, el vejete misterioso, el bosque encantado y finalmente el encuentro sobrenatural. Cada escena prepara la siguiente, creando una espiral de intriga que culmina en esa visión que lo cambia todo. La descripción sensorial del claro —esos rayos dibujando formas cambiantes, el silencio tan profundo que se oye circular la sangre— nos transporta completamente.

Y desde aquella noche, ninguna mujer ha sido la misma para mí.

Este cierre me estremeció. Hay algo profundamente melancólico en esa confesión final, como si el protagonista hubiera sido marcado para siempre por lo imposible. La transformación del escéptico en alguien que ahora escucha ecos de flauta en la penumbra es conmovedora.

¿Sabes qué me fascina? Cómo logras que el lector, como el protagonista, nunca sepa del todo si fue real o ensoñación. Esa ambigüedad es el corazón palpitante de tu relato.
 
Excelente relato que lleva en suspense al lector atrapado entre lo real y lo imaginado. Gustosa lctura nos has proporcionado.

b903d22e-c222-4e0d-9151-b1227198120d.gif
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo (opcional) de nuestra comunidad.

♥ Hacer una donación
Atrás
Arriba