La noche ciudad

danie

solo un pensamiento...
Decantar en el fondo de la noche,
en ese abismo que alberga a los más febriles seres:
murciélagos insomnes del sueño
y su silencio consagrado,
luciérnagas fervientes del recuerdo,
vírgenes en reconciliación con la fricción de la piel,
ronquidos y bostezos de deseos de astros
y garbosas lunas que duermen en la laguna
nocherniega,
en la humedad de las sábanas del placer.

Bajo un manto de pureza y absolución
se descifra el código de ese oscuro hoyo infinito;
sus ojos de relentes tálamos
se filtran con la melodía noctámbula
del plenilunio y su ángelus de luz,
ojos perspicaces que espían con sigilo
los tormentosos rocíos de los cuerpos
que filtran gota a gota su elixir
por las rendijas de la persiana del oscurecido albor.

Luz y sombras unidas en un ciclo perdurable,
en una composición de ángeles y demonios,
de ofrendas y recepciones,
de mares para calmar la sed de las gargantas del desierto
hacen la obra terminada del Stradivarius
y su plausible función
de notas súbitas, ardientes, misteriosas…

Así se cierra el telón
mientras aplauden los párpados hasta desfallecer
en las utópicas rutas que conducen a la ciudad
de las algarabías de una pasión.

La noche es esa ciudad,
y dichoso soy
de que esa ciudad es la capital de mi alcoba.
 
Decantar en el fondo de la noche,
en ese abismo que alberga a los más febriles seres:
murciélagos insomnes del sueño
y su silencio consagrado,
luciérnagas fervientes del recuerdo,
vírgenes en reconciliación con la fricción de la piel,
ronquidos y bostezos de deseos de astros
y garbosas lunas que duermen en la laguna
nocherniega,
en la humedad de las sábanas del placer.

Bajo un manto de pureza y absolución
se descifra el código de ese oscuro hoyo infinito;
sus ojos de relentes tálamos
se filtran con la melodía noctámbula
del plenilunio y su ángelus de luz,
ojos perspicaces que espían con sigilo
los tormentosos rocíos de los cuerpos
que filtran gota a gota su elixir
por las rendijas de la persiana del oscurecido albor.

Luz y sombras unidas en un ciclo perdurable,
en una composición de ángeles y demonios,
de ofrendas y recepciones,
de mares para calmar la sed de las gargantas del desierto
hacen la obra terminada del Stradivarius
y su plausible función
de notas súbitas, ardientes, misteriosas…

Así se cierra el telón
mientras aplauden los párpados hasta desfallecer
en las utópicas rutas que conducen a la ciudad
de las algarabías de una pasión.

La noche es esa ciudad,
y dichoso soy
de que esa ciudad es la capital de mi alcoba.
De la excelencia de tu pluma Danie, un verdadero goce literio de principio a fin. Abrabesos Poeta.
 

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