Finé
La eterna novata
La noche de las luciérnagas
Efervescente la noche en el poblado en la que las adolescentes de la tribu que habían cumplido los 14 años, perdían su virginidad.
Vi a Mali, colocándose las escamas reflectantes de aquel pez que había casi amputado, una vez muerto y abierto en canal, el brazo derecho de su padre. Un acto reflejo del animal tan curioso como vengativo.
Escamas grandes, brillantes, con la capacidad de absorber la luz y fosforescer en la noche. Mali las adhería alrededor de sus pechos en perfecto círculo. Luego, con ayuda de su madre, dibujaría la silueta de sus nalgas con las divinas láminas del dichoso pez alquimista.
Al anochecer, Mali se dirigió con el resto de chiquillas a la frondosa selva, donde debían perderse artificialmente y, adornando la rama de algún árbol, esperar la llegada de los impacientes muchachos. En la oscuridad, solo guiados por la luz que emanaba de ellas y el sonido de sus risas musicales, iban al encuentro ágiles y ansiosos, deseando urgentemente llegar a uno de los cuerpos iluminados.
Las ya mujeres que habían sido tomadas en el dulce rito, volvían a la maloca. Ellos tenían que quedarse hasta que ni una sola luciérnaga humana se viera resplandecer.
Amanece, y ahora Mali no podría volver a sus juegos de pequeña. Tampoco tenía ganas: su padre empeoraba y la muerte era inminente. Tres días después de que el pez mordiera su brazo, expiraba sin remedio.
A la orilla del Nanay, el cuerpo del padre descansa sobre la base de una embarcación, muy lamida ya por el río negro, y el duro sol penetra en sus carnes muertas. En el suelo, unos cuencos de madera situados alrededor de la barca, recogen el líquido resultante de su putrefacción, que la viuda bebería después entre cánticos plañideros.
Mali recordó el resto del ritual funerario; se alejó río arriba para no presenciarlo. Lo había visto otras veces, pero aquellas mujeres no eran su madre.
Pasan los meses y Mali, al igual que otras muchachas que compartieron con ella la noche de las luciérnagas de este año, se percata del abultamiento de su vientre. Acompañadas de sus madres acuden al árbol deforme que usan para terminar con las vidas de estos no nacidos. Suben una y otra vez a la primera rama del triste árbol, desde donde saltan al vacío, procurando mantener una postura como de estar sentadas durante la caída. Unas antes, y otras después, terminan expulsando al feto.
Encuentro a la chica con sus entrañas en las manos. Me cuenta, mientras hace un agujero en la tierra, que debe plantar un árbol que se alimente de estos restos, dedicarle un nombre propio y cuidarlo durante toda su vida.
Sonríe amorosamente cuando ve su obra terminada.
Efervescente la noche en el poblado en la que las adolescentes de la tribu que habían cumplido los 14 años, perdían su virginidad.
Vi a Mali, colocándose las escamas reflectantes de aquel pez que había casi amputado, una vez muerto y abierto en canal, el brazo derecho de su padre. Un acto reflejo del animal tan curioso como vengativo.
Escamas grandes, brillantes, con la capacidad de absorber la luz y fosforescer en la noche. Mali las adhería alrededor de sus pechos en perfecto círculo. Luego, con ayuda de su madre, dibujaría la silueta de sus nalgas con las divinas láminas del dichoso pez alquimista.
Al anochecer, Mali se dirigió con el resto de chiquillas a la frondosa selva, donde debían perderse artificialmente y, adornando la rama de algún árbol, esperar la llegada de los impacientes muchachos. En la oscuridad, solo guiados por la luz que emanaba de ellas y el sonido de sus risas musicales, iban al encuentro ágiles y ansiosos, deseando urgentemente llegar a uno de los cuerpos iluminados.
Las ya mujeres que habían sido tomadas en el dulce rito, volvían a la maloca. Ellos tenían que quedarse hasta que ni una sola luciérnaga humana se viera resplandecer.
Amanece, y ahora Mali no podría volver a sus juegos de pequeña. Tampoco tenía ganas: su padre empeoraba y la muerte era inminente. Tres días después de que el pez mordiera su brazo, expiraba sin remedio.
A la orilla del Nanay, el cuerpo del padre descansa sobre la base de una embarcación, muy lamida ya por el río negro, y el duro sol penetra en sus carnes muertas. En el suelo, unos cuencos de madera situados alrededor de la barca, recogen el líquido resultante de su putrefacción, que la viuda bebería después entre cánticos plañideros.
Mali recordó el resto del ritual funerario; se alejó río arriba para no presenciarlo. Lo había visto otras veces, pero aquellas mujeres no eran su madre.
Pasan los meses y Mali, al igual que otras muchachas que compartieron con ella la noche de las luciérnagas de este año, se percata del abultamiento de su vientre. Acompañadas de sus madres acuden al árbol deforme que usan para terminar con las vidas de estos no nacidos. Suben una y otra vez a la primera rama del triste árbol, desde donde saltan al vacío, procurando mantener una postura como de estar sentadas durante la caída. Unas antes, y otras después, terminan expulsando al feto.
Encuentro a la chica con sus entrañas en las manos. Me cuenta, mientras hace un agujero en la tierra, que debe plantar un árbol que se alimente de estos restos, dedicarle un nombre propio y cuidarlo durante toda su vida.
Sonríe amorosamente cuando ve su obra terminada.