atos
Poeta recién llegado
Levanto vuelo liviano,
entre las penumbras de mis cuadros,
y, oí sus pasos avanzando,
sin llegar, solo avanzando, avanzando
no quise escucharlos,
y, le quite espacio a la imaginación,
pero, sentí un suave roce de manos,
deslizarse en el espaldar de mi viejo sillón.
Decidí por fin acostarme,
la noche asechaba mis campos,
pero, el miedo se me hizo carne,
y, me mantuve quieto, mirando solo mirando
continuaron los minutos,
en eternas horas,
y, con ellos mi miedo
mi miedo a las sombras.
El antiquísimo reloj de madera,
dejo de machacar mis oídos,
y, el silencio se desparramo de tal manera,
que solo escuche susurrar mis latidos.
Y, los pasos frenaron apenas,
pero sentí sobre mi nuca,
una fuerte mirada perversa,
amenazante, amenazante y profunda.
La primer vela murió serena,
se fue tranquila llevando mi paz,
sembrando tinieblas en la única puerta,
llenando mi salida de sombras, sombras nada mas...
Cuan arrepentido me sentí,
de pasar la tarde en la biblioteca,
hubiese podido huir
pero, permanecí sentado mirando hacia fuera.
Y, esta vez los pasos se hicieron fuertes,
el llanto del piso me atormento mas,
y, creí sentir roces que dejaron pendiente,
el ultimo toque un toque final
intente escapar,
pero, me abandono la fuerza,
y, aumento el deambular,
de los pasos en mi puerta.
El segundo ángel se marcho deprisa,
la segunda luz que moría y, me dejaba,
tan solo dos guardianes me acompañaban,
uno en el escritorio, y el otro en la pequeña mesa.
De pronto mis temores se burlaron,
con la penumbra y sus tétricos repertorios,
y, en la oscuridad asesinaron
a mi tercer guardián, que vigilaba mi escritorio.
Con el mismo acorde, perfumo mi nariz la esperanza,
junto a la luz de mi ultimo guardián,
y, fue el dulce olor de un vino añejo,
que me daría el coraje, el valor para escapar
unos sorbos encenderían mi fuego,
un fuego para vencer el mal,
y, vería mis temores,
como sombras, sombras en la oscuridad...
Traicionado por mi ansiedad, golpee la vasija,
que rodó por la mesa cayendo muy lejos,
y, derramando cada gota de mi vino añejo,
derramo mi momento, mi momento de escapar
entonces los pasos,
se rieron del fallido intento,
y, utilizaron el fracaso,
para atormentarme mas, cada vez mas
inmóvil y asustado,
permanecí en el viejo sillón,
cuando de pronto a mi lado,
callo mi ángel, mi ultimo salvador.
entre las penumbras de mis cuadros,
y, oí sus pasos avanzando,
sin llegar, solo avanzando, avanzando
no quise escucharlos,
y, le quite espacio a la imaginación,
pero, sentí un suave roce de manos,
deslizarse en el espaldar de mi viejo sillón.
Decidí por fin acostarme,
la noche asechaba mis campos,
pero, el miedo se me hizo carne,
y, me mantuve quieto, mirando solo mirando
continuaron los minutos,
en eternas horas,
y, con ellos mi miedo
mi miedo a las sombras.
El antiquísimo reloj de madera,
dejo de machacar mis oídos,
y, el silencio se desparramo de tal manera,
que solo escuche susurrar mis latidos.
Y, los pasos frenaron apenas,
pero sentí sobre mi nuca,
una fuerte mirada perversa,
amenazante, amenazante y profunda.
La primer vela murió serena,
se fue tranquila llevando mi paz,
sembrando tinieblas en la única puerta,
llenando mi salida de sombras, sombras nada mas...
Cuan arrepentido me sentí,
de pasar la tarde en la biblioteca,
hubiese podido huir
pero, permanecí sentado mirando hacia fuera.
Y, esta vez los pasos se hicieron fuertes,
el llanto del piso me atormento mas,
y, creí sentir roces que dejaron pendiente,
el ultimo toque un toque final
intente escapar,
pero, me abandono la fuerza,
y, aumento el deambular,
de los pasos en mi puerta.
El segundo ángel se marcho deprisa,
la segunda luz que moría y, me dejaba,
tan solo dos guardianes me acompañaban,
uno en el escritorio, y el otro en la pequeña mesa.
De pronto mis temores se burlaron,
con la penumbra y sus tétricos repertorios,
y, en la oscuridad asesinaron
a mi tercer guardián, que vigilaba mi escritorio.
Con el mismo acorde, perfumo mi nariz la esperanza,
junto a la luz de mi ultimo guardián,
y, fue el dulce olor de un vino añejo,
que me daría el coraje, el valor para escapar
unos sorbos encenderían mi fuego,
un fuego para vencer el mal,
y, vería mis temores,
como sombras, sombras en la oscuridad...
Traicionado por mi ansiedad, golpee la vasija,
que rodó por la mesa cayendo muy lejos,
y, derramando cada gota de mi vino añejo,
derramo mi momento, mi momento de escapar
entonces los pasos,
se rieron del fallido intento,
y, utilizaron el fracaso,
para atormentarme mas, cada vez mas
inmóvil y asustado,
permanecí en el viejo sillón,
cuando de pronto a mi lado,
callo mi ángel, mi ultimo salvador.
"ATOS"...