danie
solo un pensamiento...
El vaho de la noche se ensimisma en los huesos
en las estructuras rudimentarias
en los edificios viejos
en las marquesinas de la lumbre deslucida
en la carencia de los suburbios añejos
las pesadas cortinas de la noche
caen sobre las huellas del cemento
dejando estatuas de sordinas melodías
/ estrépitos de lázaros que deambulan a tientas
nadie le tiende una mano
a los adoquines y al asfalto
ellos defienden solos los azares de la contienda
los vestigios de una ciudad mermada
en la bruma de las sombras
que con pasos transeúntes se avecina
los sueños debajo de las almohadas
braman sus ubérrimos alaridos de libertad
mientras que el tifón noctívago acecha
a los muros desolados
a los focos encendidos
a las autopistas vacantes
y sus insomnios de horas baldías
paulatinamente el vigía de turno
va cabeceando
la madrugada empieza a adormecer
con su hechizo
las calles se tiñen de opacidades anónimas
y de aletargados movimientos
de algún que otro espectro
de algún trozo de papel
escapándose de la boca del subte
allá a lo lejos se oye el eco del viento
traspasando las puertas y ventanales y arropando
con sus tropeles vestidos de ángelus
vienen como heraldos de los astros y de la luna
trayendo consigo el sigiloso beso del silente
ya no queda nada
sólo tiempo muerto
tiempo detenido dentro de un mausoleo de cristal
que espera paciente por el innato rostro de la alborada
y su nuevo edén de despertar
por esa sudada luz de la aurora
que traiga las primitivas huellas del Adán urbano
y su amotinada rutina una vez más
en las estructuras rudimentarias
en los edificios viejos
en las marquesinas de la lumbre deslucida
en la carencia de los suburbios añejos
las pesadas cortinas de la noche
caen sobre las huellas del cemento
dejando estatuas de sordinas melodías
/ estrépitos de lázaros que deambulan a tientas
nadie le tiende una mano
a los adoquines y al asfalto
ellos defienden solos los azares de la contienda
los vestigios de una ciudad mermada
en la bruma de las sombras
que con pasos transeúntes se avecina
los sueños debajo de las almohadas
braman sus ubérrimos alaridos de libertad
mientras que el tifón noctívago acecha
a los muros desolados
a los focos encendidos
a las autopistas vacantes
y sus insomnios de horas baldías
paulatinamente el vigía de turno
va cabeceando
la madrugada empieza a adormecer
con su hechizo
las calles se tiñen de opacidades anónimas
y de aletargados movimientos
de algún que otro espectro
de algún trozo de papel
escapándose de la boca del subte
allá a lo lejos se oye el eco del viento
traspasando las puertas y ventanales y arropando
con sus tropeles vestidos de ángelus
vienen como heraldos de los astros y de la luna
trayendo consigo el sigiloso beso del silente
ya no queda nada
sólo tiempo muerto
tiempo detenido dentro de un mausoleo de cristal
que espera paciente por el innato rostro de la alborada
y su nuevo edén de despertar
por esa sudada luz de la aurora
que traiga las primitivas huellas del Adán urbano
y su amotinada rutina una vez más
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