La Noche

Kwisatz

Poeta asiduo al portal
LA NOCHE

Me gusta la noche, cuando el pulso de las ciudades se ralentiza y caen las máscaras y las armaduras. Por agotamiento o tal vez por creerse a salvo del escrutinio del prójimo al verse envuelto en la oscuridad, el ser humano se vuelve más auténtico.

Camino por calles desiertas y diseminadas en el bosque de edificios veo luz en las ventanas a las tantas de la madrugada. Estampas de individuos inmersos en su soledad con sus preocupaciones y miedos, sus remordimientos y sus anhelos, se aparecen en mi imaginación. Pero algo demasiado íntimo y personal para admitir testigos. Y aun así yo quisiera ser capaz de verlos.

La mole de la ciudad se alza imponente, oscura, impersonal, implacable. Un monumento a los logros tecnológicos del ser humano coronado por brillantes estandartes de neón de vivos colores loando a los dueños del milagro.

Yo me adentro en sus entrañas, sin rumbo fijo. Unas veces por zonas de ocio, llenas de algarabía y zozobra, sensualidad empapada en alcohol, evasión y sonrisas huecas que se perderán en las nieblas de la mañana.

Otras por hospitales, los purgatorios en la tierra. Noches eternas llenas de tristeza y recuerdos. Presos de una pesadilla de la que ansían escapar para ver de nuevo la luz de la mañana. Deseosos de recuperar el ficticio control de sus vidas, de que el mal se deshaga y tener una nueva oportunidad para acercarse a la felicidad. La esperanza los acuna en sus camas mientras la misericordia y la paciencia les dan fuerzas para resistir.

Oigo las sirenas de las ambulancias perderse en las calles con su funesto lamento y yo hago lo mismo.

Camino por calles secundarias poco transitadas entre parias olvidados, desheredados de la gloria de la sociedad. Hombres y mujeres invisibles deseando que alguien repare en ellos y les dirija la palabra para sentirse seres humanos de nuevo. Nadie quiere verlos. Dan demasiada pena y miedo pues constituyen una velada amenaza al resto de mortales sobre las consecuencias del fracaso al no encajar en el esquema.

Si tienen suerte, cuando lleguen las gélidas noches de invierno, algún ángel nocturno se acordará de ellos y vendrá a visitarlos para cobijarlos entre mantas y alimentarles cuerpo y espíritu.

Dejo atrás a esas pobres almas y me adentro en uno de los escasos bares abiertos a esas horas intempestivas. Un refugio para las criaturas de la noche como yo.

Taxistas, conductores de autobús, trabajadores urbanos de la limpieza, prostitutas o simples paseantes anónimos y taciturnos son sus invitados. Me acomodo en una banqueta y pido un trago al barman. Alzo mi bebida saludando al resto de parroquianos. Alguno de ellos me corresponde y bebemos en silenciosa comunión.

Suelo acabar mi peregrinaje en alguno de los polígonos industriales del cinturón urbano, donde espero que rompa el alba junto a silenciosas naves. No creo que haya lugar más adecuado para esperar el día, pues aunque prosaicos y desprovistos de encanto, son estos lugares y no otros donde se forja el mundo de lo cotidiano. Observo llegar a los trabajadores y el aumento del tráfico de camiones. Renovados sueños de prosperidad, un nuevo ciclo, otra vuelta a la rueda.

De nuevo me retiro a mi agujero a esperar que la noche llegue de nuevo y volvamos a ser personas.
 

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