abcd
Poeta adicto al portal
Con los pies agachados. Yo esperaba el ruido que callese como exhalación del silencio. Ahí, dos sombras de sombras en cuerpos hermosos saboreaban el caminar perdidos en vacío unísono. Lentos, se movían hacia mi. Yo esperaba como espera un camarero sin ganas de atenderse a si mismo. La música, suave amalgama para el desorden mental, tiritaba desde un rincón sin frío.
Algo los detiene a mitad de mi asco visual. Al cruzar la calle un objeto tirado, un resto de cuerpo, no lo distingo a la distancia, tampoco al acercarme. Ella pregunto: ¿Qué será? Es horrible. Metido y difuso como muy pocas veces en mi vida recuerdo la mano ahuecada y llena de hormigas en la película de Buñuel. Y eso es lo que respondo. Él, ausente de todo lirismo, ríe sin entender. Está claro que desconoce el hecho. Ella sin embargo me mira. Sabes, me recuerda más a Blue velvet. ¿Sabes por qué?. Sonrío, sé y entiendo porque lo dice. Somos desagradables. Se van. Entran a mi lugar de trabajo. Yo los sigo con la mirada, con el cuerpo, con la opaca luz que me rodea y me alivia.
Los pocos misterios que uno abre en su cenicienta inspiración, suelen traer aforismos de pan al conflicto de interpretar la realidad posterior. Ella, distante y algo díscola de mi ceremonia al acercarme y él, atento a no ser tocado por mi aire. Huelo a hambre, y a decir verdad sus ojos me pesan en las manos. Tiemblo un poco y tras acercar la carta vuelvo a mi nido, a empollar ese satírico trauma emocional que es encontrar belleza en detalles tantas veces ignorados.
Los observo, entre líneas, no puedo dejar que se enteren de mi astral colocación en su urbe de azúcar, mimos y asociación hormonal. Me llaman, pienso en caracoles. Si, una constelación de caracoles en sus mejillas. Así, de ese modo, logro captar su pedido. Al darle la espalda, ella pregunta: ¿Conoces a Laura Palmer?
La odio, ya ha leído mi mente. Al llevarles el pedido, me remito a responderle. No, pero si. Un poco más cerca del si por las noches, un poco más cerca del no por las mañanas. En las tardes, sin embargo, nunca existió. Estás roto, replica. Y calla, y calló.
Un semáforo interior juega en la semántica impura de mis ideas. He llegado a tocar el fondo en esto de imaginar un salvavidas emocional. Han pasado ya dos horas desde que tres o cuatro palabras me han definido como ser. Estoy realmente más vivo que nunca, y sin embargo luego de cobrarles, luego de ver como se alejaban sin tiempo ni dirección comprendo que de eso se trata morir. Ya tengo una respuesta cuando la vuelva a encontrar.
Algo los detiene a mitad de mi asco visual. Al cruzar la calle un objeto tirado, un resto de cuerpo, no lo distingo a la distancia, tampoco al acercarme. Ella pregunto: ¿Qué será? Es horrible. Metido y difuso como muy pocas veces en mi vida recuerdo la mano ahuecada y llena de hormigas en la película de Buñuel. Y eso es lo que respondo. Él, ausente de todo lirismo, ríe sin entender. Está claro que desconoce el hecho. Ella sin embargo me mira. Sabes, me recuerda más a Blue velvet. ¿Sabes por qué?. Sonrío, sé y entiendo porque lo dice. Somos desagradables. Se van. Entran a mi lugar de trabajo. Yo los sigo con la mirada, con el cuerpo, con la opaca luz que me rodea y me alivia.
Los pocos misterios que uno abre en su cenicienta inspiración, suelen traer aforismos de pan al conflicto de interpretar la realidad posterior. Ella, distante y algo díscola de mi ceremonia al acercarme y él, atento a no ser tocado por mi aire. Huelo a hambre, y a decir verdad sus ojos me pesan en las manos. Tiemblo un poco y tras acercar la carta vuelvo a mi nido, a empollar ese satírico trauma emocional que es encontrar belleza en detalles tantas veces ignorados.
Los observo, entre líneas, no puedo dejar que se enteren de mi astral colocación en su urbe de azúcar, mimos y asociación hormonal. Me llaman, pienso en caracoles. Si, una constelación de caracoles en sus mejillas. Así, de ese modo, logro captar su pedido. Al darle la espalda, ella pregunta: ¿Conoces a Laura Palmer?
La odio, ya ha leído mi mente. Al llevarles el pedido, me remito a responderle. No, pero si. Un poco más cerca del si por las noches, un poco más cerca del no por las mañanas. En las tardes, sin embargo, nunca existió. Estás roto, replica. Y calla, y calló.
Un semáforo interior juega en la semántica impura de mis ideas. He llegado a tocar el fondo en esto de imaginar un salvavidas emocional. Han pasado ya dos horas desde que tres o cuatro palabras me han definido como ser. Estoy realmente más vivo que nunca, y sin embargo luego de cobrarles, luego de ver como se alejaban sin tiempo ni dirección comprendo que de eso se trata morir. Ya tengo una respuesta cuando la vuelva a encontrar.