Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
1
Frágil, la palabra
se abre
como flor nueva.
Acude a ti
desnuda y pura
regalándote luz,
música, verdad,
Poeta, no la mancilles.
2
El río es
verdad práctica
que se funde
en abrazo fraterno
con el mar.
Si cambias su curso
tornará
al camino natural
arrasando
todo artificio.
Como el río,
así es la palabra:
trigo limpio
dorado al sol,
agua de manantial,
bella
desde sus orígenes.
Poeta,
no la disfraces.
3
Sin nacer aún,
soy pálpito,
pasión de cacumen,
balbuciente
palabra que,
sin raíz,
gatea
por un blanco desierto.
Soy la fiebre
del poeta
que busca la verdad.
4
Siendo el poeta
pasto
de sanguinarios delirios,
le fueron arrebatados
los ojos, la boca
y el corazón.
Su palabra
se hizo
cuerpo inane,
uno más
de entre los muertos.
5
Hoy, la noche
y mi uña blanca
indagando
en su infinitud,
demorando
palabras
para no quebrar
su silencio:
adornarán la tierra
como lágrimas
de aire,
cuando alegre
cante el alba.
6
Escribe mi boca
en la seda blanca
que te cubre
el húmedo diccionario
del deseo.
El deseo
que exigen tus ojos
puerta es
al dulce delirio
de mi mano,
y mi mano al roce,
el roce a tu centro,
tu centro a mi espada,
mi espada a tu sangre,
tu sangre a mi beso,
mi beso a tu aliento,
tu aliento a mi muerte y la tuya
en un último abrazo de fuego.
7
Hay ojitos cerrados
que no duermen y,
aunque de leche,
dientes son
clavándose
en pupilas anegadas
de espanto,
mandíbulas
que estallan
en lluvias de clamores,
imágenes dolientes,
no turbias y monstruosas
como esos retratos
de altos dignatarios
en sus tronos
deshaciéndose en detritos.
Y el mundo,
cada día que pasa,
se parece
a una pintura negra.
¿Acaso no sirve
la palabra que,
inocente como un niño,
se desangra?
8
¡Cuán manchada está la historia!
¿Quién limpiará tanta afrenta?
¿Los nuestros,
sin nombre ni rostro,
cuya sangre levantó pedestales?
¿Nosotros, herederos
de su palabra enterrada?
¿Quién?
¿El futuro consumido
ya hace tiempo?
Decidme, ¿quién?,
porque la noche
es cada vez más fría
y en los derrumbados cobijos
los niños aún
no saben curar su llanto.
9
De mármol es hoy
el papel sobre el que escribo
el doloroso parto
de un poema.
Las palabras, muertas,
caen de mis manos
como lágrimas nocturnas
a la blanca frialdad
de la piedra,
maculando su lecho de soledades,
tal vez de tristes sombras.
10
Te quiso la palabra,
sortilegio virginal
en tu voz sonriente.
Te quiso un hombre
y casto fue por ti, virgen
de proporciones áureas.
Te quiso la vida
para ponerte trampas.
Nunca quebró
tu virginal sonrisa.
Te quiso la muerte
mucho antes de la arruga
y virgen te llevo a la nada.
Te quise yo,
cálida virgen,
palabra añorada.
11
Zafiro inscrito en el entorno,
no cabe en ti el silencio
desolado, pues tu mirada
es quien lo ahuyenta
hacia el olvido.
De tu presencia emana,
transparente, la calma
transformada en verbo,
que envuelve de sonrisa
los paisajes de quienes
anhelan tu contacto.
Alientas lunas llenas a la noche,
farolas naturales compitiendo
con soles de verano.
Y cuando estás muy cerca
tu sombra protectora
despliega aroma de azahares.
Frágil, la palabra
se abre
como flor nueva.
Acude a ti
desnuda y pura
regalándote luz,
música, verdad,
Poeta, no la mancilles.
2
El río es
verdad práctica
que se funde
en abrazo fraterno
con el mar.
Si cambias su curso
tornará
al camino natural
arrasando
todo artificio.
Como el río,
así es la palabra:
trigo limpio
dorado al sol,
agua de manantial,
bella
desde sus orígenes.
Poeta,
no la disfraces.
3
Sin nacer aún,
soy pálpito,
pasión de cacumen,
balbuciente
palabra que,
sin raíz,
gatea
por un blanco desierto.
Soy la fiebre
del poeta
que busca la verdad.
4
Siendo el poeta
pasto
de sanguinarios delirios,
le fueron arrebatados
los ojos, la boca
y el corazón.
Su palabra
se hizo
cuerpo inane,
uno más
de entre los muertos.
5
Hoy, la noche
y mi uña blanca
indagando
en su infinitud,
demorando
palabras
para no quebrar
su silencio:
adornarán la tierra
como lágrimas
de aire,
cuando alegre
cante el alba.
6
Escribe mi boca
en la seda blanca
que te cubre
el húmedo diccionario
del deseo.
El deseo
que exigen tus ojos
puerta es
al dulce delirio
de mi mano,
y mi mano al roce,
el roce a tu centro,
tu centro a mi espada,
mi espada a tu sangre,
tu sangre a mi beso,
mi beso a tu aliento,
tu aliento a mi muerte y la tuya
en un último abrazo de fuego.
7
Hay ojitos cerrados
que no duermen y,
aunque de leche,
dientes son
clavándose
en pupilas anegadas
de espanto,
mandíbulas
que estallan
en lluvias de clamores,
imágenes dolientes,
no turbias y monstruosas
como esos retratos
de altos dignatarios
en sus tronos
deshaciéndose en detritos.
Y el mundo,
cada día que pasa,
se parece
a una pintura negra.
¿Acaso no sirve
la palabra que,
inocente como un niño,
se desangra?
8
¡Cuán manchada está la historia!
¿Quién limpiará tanta afrenta?
¿Los nuestros,
sin nombre ni rostro,
cuya sangre levantó pedestales?
¿Nosotros, herederos
de su palabra enterrada?
¿Quién?
¿El futuro consumido
ya hace tiempo?
Decidme, ¿quién?,
porque la noche
es cada vez más fría
y en los derrumbados cobijos
los niños aún
no saben curar su llanto.
9
De mármol es hoy
el papel sobre el que escribo
el doloroso parto
de un poema.
Las palabras, muertas,
caen de mis manos
como lágrimas nocturnas
a la blanca frialdad
de la piedra,
maculando su lecho de soledades,
tal vez de tristes sombras.
10
Te quiso la palabra,
sortilegio virginal
en tu voz sonriente.
Te quiso un hombre
y casto fue por ti, virgen
de proporciones áureas.
Te quiso la vida
para ponerte trampas.
Nunca quebró
tu virginal sonrisa.
Te quiso la muerte
mucho antes de la arruga
y virgen te llevo a la nada.
Te quise yo,
cálida virgen,
palabra añorada.
11
Zafiro inscrito en el entorno,
no cabe en ti el silencio
desolado, pues tu mirada
es quien lo ahuyenta
hacia el olvido.
De tu presencia emana,
transparente, la calma
transformada en verbo,
que envuelve de sonrisa
los paisajes de quienes
anhelan tu contacto.
Alientas lunas llenas a la noche,
farolas naturales compitiendo
con soles de verano.
Y cuando estás muy cerca
tu sombra protectora
despliega aroma de azahares.
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