jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
al principio yo no podía ver
otra cosa que no fueran sus ojos
sus ojos, dios mío
la magia que fluía de ellos
aquel suave resplandor que parecía
provenir de un mundo de cristal albergado en su interior
la tibieza que irradiaban
la generosidad, la inocencia de una niña
la luz interminable, la promesa
de un amor que sobreviviría a la muerte;
al principio yo vivía en sus ojos
como en una pradera donde tenía mi casa
y un bosque y un río y el viento del verano
y largas tardes envueltas en la piel de las espigas meciéndose
en el mar de un tiempo detenido;
al principio yo respiraba por sus ojos
y mis pulmones inhalaban sueños y amaneceres
donde el sol era una estrella de gelatina azul
fluctuando en la inmensidad de mi terrible equivocación;
al principio yo no veía más que sus ojos
nada más que ese par de pequeñas manchas de luz
destacando apenas sobre la lobreguez de la aciaga y larga
y asfixiante tiniebla de la noche circundante...
sólo después vi el resto
pero entonces ya era demasiado tarde
otra cosa que no fueran sus ojos
sus ojos, dios mío
la magia que fluía de ellos
aquel suave resplandor que parecía
provenir de un mundo de cristal albergado en su interior
la tibieza que irradiaban
la generosidad, la inocencia de una niña
la luz interminable, la promesa
de un amor que sobreviviría a la muerte;
al principio yo vivía en sus ojos
como en una pradera donde tenía mi casa
y un bosque y un río y el viento del verano
y largas tardes envueltas en la piel de las espigas meciéndose
en el mar de un tiempo detenido;
al principio yo respiraba por sus ojos
y mis pulmones inhalaban sueños y amaneceres
donde el sol era una estrella de gelatina azul
fluctuando en la inmensidad de mi terrible equivocación;
al principio yo no veía más que sus ojos
nada más que ese par de pequeñas manchas de luz
destacando apenas sobre la lobreguez de la aciaga y larga
y asfixiante tiniebla de la noche circundante...
sólo después vi el resto
pero entonces ya era demasiado tarde
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