En un principio está todo tranquilo. Entra la última luz de la tarde y la abeja cabecea desesperada por salir de la habitación. Està acostado medio dormido y piensa que debería darle la oportunidad de escapar a las flores. Una abeja no es lo que parece ser y vista al binocular es un ser maravilloso . Es tan simple como levantarse , entreabrir la ventana y dejar que la tenue luz la guíe hacia su mundo multicolor. Piensa que todo quedará escrito en el libro oscuro de la muerte, que nada es insignificante porque todo granito de arena suma para vencer finalmente la historia de sangre de los humanos. Pero, pese a todo, no hace nada. La pereza le puede tendido dejándose vencer por la placidez del cansancio entre la vigilia y el sueño. A sus oïdos le llega la lucha lejana a vida o muerte de la abeja , la vida misma. Se deja llevar por la fantasía. Piensa -o sueña ya -que los huesos de una mujer son demasiado rígidos como para permanecer encima de ellos. Más tarde ya monta sobre un elefante-esto ya es sueño- a las órdenes de Aníbal. No puede escapar porque es el destino, como el destino de la abeja. A la mañana siguiente se levanta y se viste. Se calza los zapatos , se asea y al salir a la calle nota un dolor agudo. Se descalza y tiene el pié como una morcilla . Dentro del zapato yace la abeja muerta.