AntonioG
Poeta recién llegado
Eran días soleados, inmensamente calurosos. Como si la estrella diurna bostezara profundamente sobre nuestras cabezas, sembrándonos la piel cobriza (autóctona o bronceada) de semillas malignas, extraños lunares.
Solíamos caminar con una prenda envuelta en la cabeza por la orilla del mar buscando para nosotros una ensenada solitaria,
Mi compañera pronto me abandonó, subió dos mil metros en la tierra para vivir en el mismo infierno: la ciudad UV.
Mis caminatas de verano fueron entonces realmente solitarias, y la ensenada desierta que tanto buscáramos, la encontré finalmente, no muy lejos, no muy cerca
Allí pasé incontables horas tratando de encontrar algo en la arena, tal vez la concha de algún extinto molusco, tal vez un objeto que el mar arrastrara en tiempos remotos desde lugares tan fantásticos como la Antártida o Japón, ¿quién podría asegurar que no eran realmente, aquellas plumas enanas abandonadas en las rocas, las de algún, ahora desnudo, pingüino descarriado, o que esos pedazos de red agonizantes de la arena fueran las de un buque pesquero nipón?
Aunque lo más probable era que las plumas fuesen de algún gaviotín, y la red de algún pescador artesanal de la caleta local, sucedía que mejores son los sueños a la realidad.
Una tarde encontré una botella de limonada enterrada en la arena húmeda de mi ensenada, bañada a intervalos por las olas más osadas, por aquellas que te dicen ¡retrocede! Me extrañó ese hallazgo, signo de vida humana y temí que este reducto de virgen orilla de mar moribundo, fuese a convertirse en un balneario más y que con el tiempo aquella arena suave y amiga, se convirtiera por el ir y venir de artefactos y personas, en hostigante y empalagosa, arena ferruginosa.
Me estremecí al imaginar que la cándida contaminación reinante, se convirtiera realmente en escoria de la civilización, que fueran reemplazados los restos de insignificancias degradables de la humanad y restos orgánicos de seres marinos, esparcidos por la orilla y combinados casi artísticamente, por petróleo procesado.
Busqué con miradas panorámicas a éstos primeros invasores, no con ánimo de desalojarlos, si no con la intención de grabar sus caras en mi mente y así en el futuro culparlos de la horda colonizadora que los seguiría.
Solíamos caminar con una prenda envuelta en la cabeza por la orilla del mar buscando para nosotros una ensenada solitaria,
Mi compañera pronto me abandonó, subió dos mil metros en la tierra para vivir en el mismo infierno: la ciudad UV.
Mis caminatas de verano fueron entonces realmente solitarias, y la ensenada desierta que tanto buscáramos, la encontré finalmente, no muy lejos, no muy cerca
Allí pasé incontables horas tratando de encontrar algo en la arena, tal vez la concha de algún extinto molusco, tal vez un objeto que el mar arrastrara en tiempos remotos desde lugares tan fantásticos como la Antártida o Japón, ¿quién podría asegurar que no eran realmente, aquellas plumas enanas abandonadas en las rocas, las de algún, ahora desnudo, pingüino descarriado, o que esos pedazos de red agonizantes de la arena fueran las de un buque pesquero nipón?
Aunque lo más probable era que las plumas fuesen de algún gaviotín, y la red de algún pescador artesanal de la caleta local, sucedía que mejores son los sueños a la realidad.
Una tarde encontré una botella de limonada enterrada en la arena húmeda de mi ensenada, bañada a intervalos por las olas más osadas, por aquellas que te dicen ¡retrocede! Me extrañó ese hallazgo, signo de vida humana y temí que este reducto de virgen orilla de mar moribundo, fuese a convertirse en un balneario más y que con el tiempo aquella arena suave y amiga, se convirtiera por el ir y venir de artefactos y personas, en hostigante y empalagosa, arena ferruginosa.
Me estremecí al imaginar que la cándida contaminación reinante, se convirtiera realmente en escoria de la civilización, que fueran reemplazados los restos de insignificancias degradables de la humanad y restos orgánicos de seres marinos, esparcidos por la orilla y combinados casi artísticamente, por petróleo procesado.
Busqué con miradas panorámicas a éstos primeros invasores, no con ánimo de desalojarlos, si no con la intención de grabar sus caras en mi mente y así en el futuro culparlos de la horda colonizadora que los seguiría.