La plegaria

Enrique Quiroz Castro

Poeta que considera el portal su segunda casa



LA PLEGARIA








Sucedió en un pueblito solitario



ante un bosque de cruces de madera,



un suceso real y extraordinario



que voló como alondra pregonera.





Fue en un viernes de abril, < talvez de mayo >,



el silencio bordaba una canción,



y al senil camposanto como un rayo



un soldado llegó de su misión.





Lo miraron llegar como un fantasma,



con un ramo de bellas azucenas,



muy delgado, < tosiendo por el asma >,



demacrado y lloroso por sus penas.





Al sepulcro llegó el viejo soldado



derramando sus nubes de tristeza,



con un fuerte punzar en su costado,



ante el nicho sin luz, de su princesa.





De rodillas clamó, sin darse cuenta



< concentrado en sus sombras solitarias >



que una joven hermosa y muy atenta



escuchaba sus ayes y plegarias.





La magnífica joven sensitiva



palmeteó sus omóplatos cansados



y con una sonrisa compasiva



preguntóle a sus ojos enturbiados:





-¿Qué tenéis buen señor?, -¿la pena y furia,



sin piedad invadieron su existir?.



-Pena tenga de sí, que la penuria,



os podría enfermarlo hasta morir.





-Decid noble señor, ¿qué os atormenta?



es que acaso os negáis&#8230; a más vivir?;



el dolor en su rostro se lamenta



de su aciago y sombrío porvenir.





El pobre hombre miró maravillado



a la joven mujer que lo afrontó



y en sollozo creciente y desbordado



con voz baja y temblando respondió:





-A esta vieja osamenta caminante



no perdono y jamás perdonaría,



pues no estuvo presente en el instante



que mi amor me esperaba en su agonía.





Me enteré que mi nombre lo invocaba



con el llanto surfeando sus mejillas



y su voz en silencio me llamaba



con el alma postrada de rodillas.





-He salido corriendo como un galgo



al saber que de pena se moría,



-linda joven, sin ella nada valgo-



y he penado trayéndole alegría.





-Mas llegué con atraso. ¡Ya descansa!



Ella ansiaba ferviente mi regreso,



y era nuestro ritual de eterna alianza



despedirnos, ¡unidos por un beso!.





Ya que tarde llegué para estampar



dulce beso en su boca de manzana,



con mi sangre le quiero dedicar



mi plegaria de amor esta mañana.





-Ante el cielo, la tierra, y ante Dios,



-que se lleva la flor que siempre amé-,



os prometo con firme y franca voz



que esta noche de luna la veré.





-El amor es la planta celestial



que palpita en la luz del corazón,



nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,



como el sol infinito del perdón.





-Por lo tanto, mi vida aquí la entrego,



-¡OH mi amor! hacia el cielo voy a verte,



-¡Dame paz OH Señor! Piedad os ruego.



-Tú me diste la vida ¡Dame muerte!.





-Han podido matarme casi a diario;



de la guerra retorno sorprendido;



hoy que me hallo penando solitario,



-¡Dame muerte Señor!, ¡Yo te lo pido!.





-El vivir sin su amor: ¡Es el infierno!



-Nada puede alegrarme. -¿No lo véis?



-Todo es frío, me quema el cruel invierno



de estar lejos de mi alma. -¿Comprendéis?





La mujer, conmovida ante la audacia,



vio sonriendo al soldado en su dolor;



que aceptando el infarto como gracia,



dióle gracias a Dios por el favor.





Una lágrima clara discurrió



por el rostro sonriente de emoción;



la mujer en sus brazos lo acunó



al dejar de latirle el corazón.





Quiso el Rey de la Vida y de la Muerte



atender el llamado del dolor,



y en glorioso final su cuerpo inerte



fue enterrado en la tumba con su amor.





Y esa noche, las almas de dos muertos;



se enlazaron allá en la eternidad.



La mujer, < que era un ángel encubierto >,



ordenó que esculpieran la verdad.





¡&#8220;Aquí yacen los restos del soldado



que murió de la pena y la tristeza,



al haber a la muerte reclutado



para unirse por siempre a su princesa&#8221;!.





Desde entonces dos águilas doradas



hacen guardia en la tumba sobre el suelo



en respeto al soldado y a su amada



que juntaron sus vidas en el cielo.








AUTOR:



ENRIQUE QUIROZ CASTRO






24 de Diciembre del 2010



PIURA-PERÚ















 
Última edición:
Conmovedora esta grandiosa Oda en serventesios que homenajea al amor hasta sus últimas consecuencias...:::banana:::
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LA PLEGARIA




Sucedió en un pueblito solitario



ante un bosque de cruces de madera,



un suceso real y extraordinario



que voló como alondra pregonera.





Fue en un viernes de abril, < talvez de mayo >,



el silencio bordaba una canción,



y al senil camposanto como un rayo



un soldado llegó de su misión.





Lo miraron llegar como un fantasma,



con un ramo de bellas azucenas,



muy delgado, < tosiendo por el asma >,



demacrado y lloroso por sus penas.





Al sepulcro llegó el viejo soldado



derramando sus nubes de tristeza,



con un fuerte punzar en su costado,



ante el nicho sin luz, de su princesa.





De rodillas clamó, sin darse cuenta



< concentrado en sus sombras solitarias >



que una joven hermosa y muy atenta



escuchaba sus ayes y plegarias.





La magnífica joven sensitiva



palmeteó sus omóplatos cansados



y con una sonrisa compasiva



preguntóle a sus ojos enturbiados:





-¿Qué tenéis buen señor?, -¿la pena y furia,



sin piedad invadieron su existir?.



-Pena tenga de sí, que la penuria,



os podría enfermarlo hasta morir.





-Decid noble señor, ¿qué os atormenta?



es que acaso os negáis&#8230; a más vivir?;



el dolor en su rostro se lamenta



de su aciago y sombrío porvenir.





El pobre hombre miró maravillado



a la joven mujer que lo afrontó



y en sollozo creciente y desbordado



con voz baja y temblando respondió:





-A esta vieja osamenta caminante



no perdono y jamás perdonaría,



pues no estuvo presente en el instante



que mi amor me esperaba en su agonía.





Me enteré que mi nombre lo invocaba



con el llanto surfeando sus mejillas



y su voz en silencio me llamaba



con el alma postrada de rodillas.





-He salido corriendo como un galgo



al saber que de pena se moría,



-linda joven, sin ella nada valgo-



y he penado trayéndole alegría.





-Mas llegué con atraso. ¡Ya descansa!



Ella ansiaba ferviente mi regreso,



y era nuestro ritual de eterna alianza



despedirnos, ¡unidos por un beso!.





Ya que tarde llegué para estampar



dulce beso en su boca de manzana,



con mi sangre le quiero dedicar



mi plegaria de amor esta mañana.





-Ante el cielo, la tierra, y ante Dios,



-que se lleva la flor que siempre amé-,



os prometo con firme y franca voz



que esta noche de luna la veré.





-El amor es la planta celestial



que palpita en la luz del corazón,



nunca deja ser, ¡ es inmortal !, (9+1=10 síl)


como el sol infinito del perdón.





-Por lo tanto, mi vida aquí la entrego,



-¡OH mi amor! hacia el cielo voy a verte,



-¡Dame paz OH Señor! Piedad os ruego.



-Tú me diste la vida ¡Dame muerte!.





-Han podido matarme casi a diario;



de la guerra retorno sorprendido;



hoy que me hallo penando solitario,



-¡Dame muerte Señor!, ¡Yo te lo pido!.





-El vivir sin su amor: ¡Es el infierno!



-Nada puede alegrarme. -¿No lo véis?



-Todo es frío, me quema el cruel invierno



de estar lejos de mi alma. -¿Comprendéis?





La mujer, conmovida ante la audacia,



vio sonriendo al soldado en su dolor;



que aceptando el infarto como gracia,



dióle gracias a Dios por el favor.





Una lágrima clara discurrió



por el rostro sonriente de emoción;



la mujer en sus brazos lo acunó



al dejar de latirle el corazón.





Quiso el Rey de la Vida y de la Muerte



atender el llamado del dolor,



y en glorioso final su cuerpo inerte



fue enterrado en la tumba con su amor.





Y esa noche, las almas de dos muertos;



se enlazaron allá en la eternidad.



La mujer, < que era un ángel encubierto >,



ordenó que esculpieran la verdad.





¡&#8220;Aquí yacen los restos del soldado



que murió de la pena y la tristeza,



al haber a la muerte reclutado



para unirse por siempre a su princesa&#8221;!.





Desde entonces dos águilas doradas



hacen guardia en la tumba sobre el suelo



en respeto al soldado y a su amada



que juntaron sus vidas en el cielo.








AUTOR:



ENRIQUE QUIROZ CASTRO






24 de Diciembre del 2010



PIURA-PERÚ




Excelente este doloroso poema en serventesios, estimado Enrique,
digno de tu caballerosa pluma,
encuentro que has logrado el clima exacto
para esta especie de romantico y sentido relato;
pero encuentro que en el verso:
nunca deja ser, ¡ es inmortal !,
quizás quisiste poner:
nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,
espero tu corrección;
un saludo cordial,
edelabarra
 
Última edición:
Excelente este doloroso poema en serventesios, estimado Enrique,
digno de tu caballerosa pluma,
encuentro que has logrado el clima exacto
para esta especie de romantico y sentido relato;
pero encuentro que en el verso:
nunca deja ser, ¡ es inmortal !,
quizás quisiste poner:
nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,
espero tu corrección;
un saludo cordial,
edelabarra


Muchas gracias mi querido amigo Edelabarra, por tu oportuna y acertada observación, verdaderamente es así como dices, no podría ser de otra manera, me comí el de, y como tengo la visión del párrafo muy clara en mi mente, pasé de largo pensando que ya estaba todo correcto...bueno...una vez mas, muchas gracias...cuando lo publique ...ya estará, gracias a ti, sin ninguna falla...
Mis saludos con un fuerte abrazo...
Enrique
 
LA PLEGARIA




Sucedió en un pueblito solitario



ante un bosque de cruces de madera,



un suceso real y extraordinario



que voló como alondra pregonera.





Fue en un viernes de abril, < talvez de mayo >,



el silencio bordaba una canción,



y al senil camposanto como un rayo



un soldado llegó de su misión.





Lo miraron llegar como un fantasma,



con un ramo de bellas azucenas,



muy delgado, < tosiendo por el asma >,



demacrado y lloroso por sus penas.





Al sepulcro llegó el viejo soldado



derramando sus nubes de tristeza,



con un fuerte punzar en su costado,



ante el nicho sin luz, de su princesa.





De rodillas clamó, sin darse cuenta



< concentrado en sus sombras solitarias >



que una joven hermosa y muy atenta



escuchaba sus ayes y plegarias.





La magnífica joven sensitiva



palmeteó sus omóplatos cansados



y con una sonrisa compasiva



preguntóle a sus ojos enturbiados:





-¿Qué tenéis buen señor?, -¿la pena y furia,



sin piedad invadieron su existir?.



-Pena tenga de sí, que la penuria,



os podría enfermarlo hasta morir.





-Decid noble señor, ¿qué os atormenta?



es que acaso os negáis&#8230; a más vivir?;



el dolor en su rostro se lamenta



de su aciago y sombrío porvenir.





El pobre hombre miró maravillado



a la joven mujer que lo afrontó



y en sollozo creciente y desbordado



con voz baja y temblando respondió:





-A esta vieja osamenta caminante



no perdono y jamás perdonaría,



pues no estuvo presente en el instante



que mi amor me esperaba en su agonía.





Me enteré que mi nombre lo invocaba



con el llanto surfeando sus mejillas



y su voz en silencio me llamaba



con el alma postrada de rodillas.





-He salido corriendo como un galgo



al saber que de pena se moría,



-linda joven, sin ella nada valgo-



y he penado trayéndole alegría.





-Mas llegué con atraso. ¡Ya descansa!



Ella ansiaba ferviente mi regreso,



y era nuestro ritual de eterna alianza



despedirnos, ¡unidos por un beso!.





Ya que tarde llegué para estampar



dulce beso en su boca de manzana,



con mi sangre le quiero dedicar



mi plegaria de amor esta mañana.





-Ante el cielo, la tierra, y ante Dios,



-que se lleva la flor que siempre amé-,



os prometo con firme y franca voz



que esta noche de luna la veré.





-El amor es la planta celestial



que palpita en la luz del corazón,



nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,



como el sol infinito del perdón.





-Por lo tanto, mi vida aquí la entrego,



-¡OH mi amor! hacia el cielo voy a verte,



-¡Dame paz OH Señor! Piedad os ruego.



-Tú me diste la vida ¡Dame muerte!.





-Han podido matarme casi a diario;



de la guerra retorno sorprendido;



hoy que me hallo penando solitario,



-¡Dame muerte Señor!, ¡Yo te lo pido!.





-El vivir sin su amor: ¡Es el infierno!



-Nada puede alegrarme. -¿No lo véis?



-Todo es frío, me quema el cruel invierno



de estar lejos de mi alma. -¿Comprendéis?





La mujer, conmovida ante la audacia,



vio sonriendo al soldado en su dolor;



que aceptando el infarto como gracia,



dióle gracias a Dios por el favor.





Una lágrima clara discurrió



por el rostro sonriente de emoción;



la mujer en sus brazos lo acunó



al dejar de latirle el corazón.





Quiso el Rey de la Vida y de la Muerte



atender el llamado del dolor,



y en glorioso final su cuerpo inerte



fue enterrado en la tumba con su amor.





Y esa noche, las almas de dos muertos;



se enlazaron allá en la eternidad.



La mujer, < que era un ángel encubierto >,



ordenó que esculpieran la verdad.





¡&#8220;Aquí yacen los restos del soldado



que murió de la pena y la tristeza,



al haber a la muerte reclutado



para unirse por siempre a su princesa&#8221;!.





Desde entonces dos águilas doradas



hacen guardia en la tumba sobre el suelo



en respeto al soldado y a su amada



que juntaron sus vidas en el cielo.








AUTOR:



ENRIQUE QUIROZ CASTRO






24 de Diciembre del 2010



PIURA-PERÚ




Estimado Enrique, con mi APTO;
lo paso a la siguiente etapa;
un saludo cordial,
edelabarra
 
RECONOCIMIENTO DESTACADO
POÉTICA CLÁSICA
Poema seleccionado
por el Jurado de Mundopoesia.com



FELICIDADES



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CON TODO EL CARIÑO DE MUNDOPOESIA.COM
 
RECONOCIMIENTO DESTACADO

POÉTICA CLÁSICA
Poema seleccionado
por el Jurado de Mundopoesia.com



FELICIDADES




tintero.jpeg






CON TODO EL CARIÑO DE MUNDOPOESIA.COM




Mucha gracias mi querida Julia, por participarme la decisión del jurado del portal Mundo Poesía, de destacar mi poema LA PLEGARIA....hazles llegar mi complacencia y agradecimiento por tal distinción....Un fuerte abrazo, desde el Perú...
 
Señor Queiroz, no siempre me gusta lo que premian, hoy, sin embargo, estoy completamente de acuerdo.
 
LA PLEGARIA








Sucedió en un pueblito solitario



ante un bosque de cruces de madera,



un suceso real y extraordinario



que voló como alondra pregonera.





Fue en un viernes de abril, < talvez de mayo >,



el silencio bordaba una canción,



y al senil camposanto como un rayo



un soldado llegó de su misión.





Lo miraron llegar como un fantasma,



con un ramo de bellas azucenas,



muy delgado, < tosiendo por el asma >,



demacrado y lloroso por sus penas.





Al sepulcro llegó el viejo soldado



derramando sus nubes de tristeza,



con un fuerte punzar en su costado,



ante el nicho sin luz, de su princesa.





De rodillas clamó, sin darse cuenta



< concentrado en sus sombras solitarias >



que una joven hermosa y muy atenta



escuchaba sus ayes y plegarias.





La magnífica joven sensitiva



palmeteó sus omóplatos cansados



y con una sonrisa compasiva



preguntóle a sus ojos enturbiados:





-¿Qué tenéis buen señor?, -¿la pena y furia,



sin piedad invadieron su existir?.



-Pena tenga de sí, que la penuria,



os podría enfermarlo hasta morir.





-Decid noble señor, ¿qué os atormenta?



es que acaso os negáis&#8230; a más vivir?;



el dolor en su rostro se lamenta



de su aciago y sombrío porvenir.





El pobre hombre miró maravillado



a la joven mujer que lo afrontó



y en sollozo creciente y desbordado



con voz baja y temblando respondió:





-A esta vieja osamenta caminante



no perdono y jamás perdonaría,



pues no estuvo presente en el instante



que mi amor me esperaba en su agonía.





Me enteré que mi nombre lo invocaba



con el llanto surfeando sus mejillas



y su voz en silencio me llamaba



con el alma postrada de rodillas.





-He salido corriendo como un galgo



al saber que de pena se moría,



-linda joven, sin ella nada valgo-



y he penado trayéndole alegría.





-Mas llegué con atraso. ¡Ya descansa!



Ella ansiaba ferviente mi regreso,



y era nuestro ritual de eterna alianza



despedirnos, ¡unidos por un beso!.





Ya que tarde llegué para estampar



dulce beso en su boca de manzana,



con mi sangre le quiero dedicar



mi plegaria de amor esta mañana.





-Ante el cielo, la tierra, y ante Dios,



-que se lleva la flor que siempre amé-,



os prometo con firme y franca voz



que esta noche de luna la veré.





-El amor es la planta celestial



que palpita en la luz del corazón,



nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,



como el sol infinito del perdón.





-Por lo tanto, mi vida aquí la entrego,



-¡OH mi amor! hacia el cielo voy a verte,



-¡Dame paz OH Señor! Piedad os ruego.



-Tú me diste la vida ¡Dame muerte!.





-Han podido matarme casi a diario;



de la guerra retorno sorprendido;



hoy que me hallo penando solitario,



-¡Dame muerte Señor!, ¡Yo te lo pido!.





-El vivir sin su amor: ¡Es el infierno!



-Nada puede alegrarme. -¿No lo véis?



-Todo es frío, me quema el cruel invierno



de estar lejos de mi alma. -¿Comprendéis?





La mujer, conmovida ante la audacia,



vio sonriendo al soldado en su dolor;



que aceptando el infarto como gracia,



dióle gracias a Dios por el favor.





Una lágrima clara discurrió



por el rostro sonriente de emoción;



la mujer en sus brazos lo acunó



al dejar de latirle el corazón.





Quiso el Rey de la Vida y de la Muerte



atender el llamado del dolor,



y en glorioso final su cuerpo inerte



fue enterrado en la tumba con su amor.





Y esa noche, las almas de dos muertos;



se enlazaron allá en la eternidad.



La mujer, < que era un ángel encubierto >,



ordenó que esculpieran la verdad.





¡&#8220;Aquí yacen los restos del soldado



que murió de la pena y la tristeza,



al haber a la muerte reclutado



para unirse por siempre a su princesa&#8221;!.





Desde entonces dos águilas doradas



hacen guardia en la tumba sobre el suelo



en respeto al soldado y a su amada



que juntaron sus vidas en el cielo.








AUTOR:



ENRIQUE QUIROZ CASTRO






24 de Diciembre del 2010



PIURA-PERÚ
















Estimado ENRIQUE que magnífico poema nos has dejado toda una leyenda de grandes sentimientos claro que se merece ese tan bien ganado trofeo y creo que es poco recibe un abrazo muy fuerte y mis más sinceras felicitaciones de tu amigo de México.
Felipe.
 
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LA PLEGARIA







Sucedió en un pueblito solitario


ante un bosque de cruces de madera,


un suceso real y extraordinario


que voló como alondra pregonera.




Fue en un viernes de abril, < talvez de mayo >,


el silencio bordaba una canción,


y al senil camposanto como un rayo


un soldado llegó de su misión.




Lo miraron llegar como un fantasma,


con un ramo de bellas azucenas,


muy delgado, < tosiendo por el asma >,


demacrado y lloroso por sus penas.




Al sepulcro llegó el viejo soldado


derramando sus nubes de tristeza,


con un fuerte punzar en su costado,


ante el nicho sin luz, de su princesa.




De rodillas clamó, sin darse cuenta


< concentrado en sus sombras solitarias >


que una joven hermosa y muy atenta


escuchaba sus ayes y plegarias.




La magnífica joven sensitiva


palmeteó sus omóplatos cansados


y con una sonrisa compasiva


preguntóle a sus ojos enturbiados:




-¿Qué tenéis buen señor?, -¿la pena y furia,


sin piedad invadieron su existir?.


-Pena tenga de sí, que la penuria,


os podría enfermarlo hasta morir.




-Decid noble señor, ¿qué os atormenta?


es que acaso os negáis… a más vivir?;


el dolor en su rostro se lamenta


de su aciago y sombrío porvenir.




El pobre hombre miró maravillado


a la joven mujer que lo afrontó


y en sollozo creciente y desbordado


con voz baja y temblando respondió:




-A esta vieja osamenta caminante


no perdono y jamás perdonaría,


pues no estuvo presente en el instante


que mi amor me esperaba en su agonía.




Me enteré que mi nombre lo invocaba


con el llanto surfeando sus mejillas


y su voz en silencio me llamaba


con el alma postrada de rodillas.




-He salido corriendo como un galgo


al saber que de pena se moría,


-linda joven, sin ella nada valgo-


y he penado trayéndole alegría.




-Mas llegué con atraso. ¡Ya descansa!


Ella ansiaba ferviente mi regreso,


y era nuestro ritual de eterna alianza


despedirnos, ¡unidos por un beso!.




Ya que tarde llegué para estampar


dulce beso en su boca de manzana,


con mi sangre le quiero dedicar


mi plegaria de amor esta mañana.




-Ante el cielo, la tierra, y ante Dios,


-que se lleva la flor que siempre amé-,


os prometo con firme y franca voz


que esta noche de luna la veré.




-El amor es la planta celestial


que palpita en la luz del corazón,


nunca deja de ser, ¡ es inmortal !,


como el sol infinito del perdón.




-Por lo tanto, mi vida aquí la entrego,


-¡OH mi amor! hacia el cielo voy a verte,


-¡Dame paz OH Señor! Piedad os ruego.


-Tú me diste la vida ¡Dame muerte!.




-Han podido matarme casi a diario;


de la guerra retorno sorprendido;


hoy que me hallo penando solitario,


-¡Dame muerte Señor!, ¡Yo te lo pido!.




-El vivir sin su amor: ¡Es el infierno!


-Nada puede alegrarme. -¿No lo véis?


-Todo es frío, me quema el cruel invierno


de estar lejos de mi alma. -¿Comprendéis?




La mujer, conmovida ante la audacia,


vio sonriendo al soldado en su dolor;


que aceptando el infarto como gracia,


dióle gracias a Dios por el favor.




Una lágrima clara discurrió


por el rostro sonriente de emoción;


la mujer en sus brazos lo acunó


al dejar de latirle el corazón.




Quiso el Rey de la Vida y de la Muerte


atender el llamado del dolor,


y en glorioso final su cuerpo inerte


fue enterrado en la tumba con su amor.




Y esa noche, las almas de dos muertos;


se enlazaron allá en la eternidad.


La mujer, < que era un ángel encubierto >,


ordenó que esculpieran la verdad.




¡“Aquí yacen los restos del soldado


que murió de la pena y la tristeza,


al haber a la muerte reclutado


para unirse por siempre a su princesa”!.




Desde entonces dos águilas doradas


hacen guardia en la tumba sobre el suelo


en respeto al soldado y a su amada


que juntaron sus vidas en el cielo.







AUTOR:


ENRIQUE QUIROZ CASTRO


abelenqc@hotmail.com


24 de Diciembre del 2010


PIURA-PERÚ






















Saludos, compatriota,
me ha agradado en alto grado tu poema,
tiene un ritmo particular
y describe su historia con alto detalle.



Me recuerda el poema que hace mucho recitaba
un hermano mío, sobre un hombre
que va al cementerio a desenterrar
el cadáver de su amada para llevarla al lecho.


El tuyo tiene su conversación especial
con la Parca, que todo lo entiende
en la última hora.



Todo un placer haber pasado
por tus versos...



__________________________________________________ LEO

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