wilson yupanqui
Poeta asiduo al portal
La quería
Y yo la quería...
Por todo lo que representaba ella en mi vida,
por todos los sueños dibujados
en la perspectiva de nuestras fantasías,
escritas en el corazón con letras del alma
que afloran cuando se ama de a deberas, bonito y con ternura,
bajo el encanto tibio del atardecer
y otras tantas de verano.
La brisa juguetona me recordaba su reír y el mar su intensidad,
me envolvían sus caricias con el arrullo de las olas,
en el poniente, el sol se ocultaba tras el crepúsculo ,
que de a pocos iba perdiendo su belleza.
Y yo la quería...
Como la noche a las estrellas del cielo infinito,
mientras la luna invitaba a recorrer
los caminos de su piel de terciopelo, a media luz,
con labios sedientos de pasión,
mientras el fuego del deseo
despertaba a los instintos más profundos y febriles,
con embriagadores besos fermentados de lujuria.
Y yo la quería...
De a deberas, bonito y con ternura
y aprendí a vivir para que ella me quiera,
son testigos los días y las tardes
y las noches
de aquel verano, lejano ya
que se niega a morir en el tiempo,
pero que nunca volverá.
Y yo la quería...
Por todo lo que representaba ella en mi vida,
por todos los sueños dibujados
en la perspectiva de nuestras fantasías,
escritas en el corazón con letras del alma
que afloran cuando se ama de a deberas, bonito y con ternura,
bajo el encanto tibio del atardecer
y otras tantas de verano.
La brisa juguetona me recordaba su reír y el mar su intensidad,
me envolvían sus caricias con el arrullo de las olas,
en el poniente, el sol se ocultaba tras el crepúsculo ,
que de a pocos iba perdiendo su belleza.
Y yo la quería...
Como la noche a las estrellas del cielo infinito,
mientras la luna invitaba a recorrer
los caminos de su piel de terciopelo, a media luz,
con labios sedientos de pasión,
mientras el fuego del deseo
despertaba a los instintos más profundos y febriles,
con embriagadores besos fermentados de lujuria.
Y yo la quería...
De a deberas, bonito y con ternura
y aprendí a vivir para que ella me quiera,
son testigos los días y las tardes
y las noches
de aquel verano, lejano ya
que se niega a morir en el tiempo,
pero que nunca volverá.
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